¿No existe la lucha de clases?

Hasta hace no muchos años, hablar de lucha de clases en diferentes países era sinónimo de dogmatismo intelectual, comunismo o el sostenimiento de un discurso arcaico basado en realidades ya caducas, pareciera que incluso se podía llegar a una conclusión, desde las diferentes escuelas de pensamiento que analizaban la compleja ingeniería social de la que todos somos parte, que las clases sociales ya no existían y era más propio, entonces, por no decir aconsejable, hablar de estratos (o segmentos) socioeconómicos, unas categorías complejas por su pobre definición y cuyas fronteras estaban débilmente delimitadas a razón del continuo ascenso social y de la posibilidad de ensanchar la clase media. De un momento a otro, en Chile todos éramos parte de la anhelada clase (o estrato) media. Según Libertad y Desarrollo, en un artículo publicado en mayo de 2019 (5 meses antes del estallido social), un 65% de la población chilena podría ser considerada clase media, sin embargo, y como ya todos en el país saben, este discurso se desmoronó rápidamente tras el (para algunos nefasto y para otros glorioso) 18 de octubre.

El discurso está muy bien construido, se busca idear una concepción de ascenso social en el marco de unas condiciones macroeconómicas estables y propicias para el buen desenvolvimiento económico, el análisis socioeconómico es muy ilustrativo. El problema es que este tipo de análisis, por más que sean certeros en algunos de sus puntos, no dejan de ser poco efectivos cuando en general no hacen más que contar solo una parte de la realidad social. Esto es, por más que se promulgue y difunda una idea, por más que se repita, la idea no deja de ser solo una dimensión nominal en la vida de las personas, puede ser efectiva en el corto plazo, pero en el mediano y largo plazo si la realidad es diferente a la manifestada siempre hay contradicciones que en alguna forma se expresan.

La medición de clase media de Libertad y Desarrollo era la siguiente (SIC): los hogares cuyos ingresos totales se ubican entre 1,5 y hasta 6 veces la línea de la pobreza de cada año, lo que, para un hogar de 4 personas, equivale en 2017 a un ingreso total mensual de entre $ 626.021 y $ 2.504.083. El concepto nos lleva, por fuerza y obligación, a la definición de pobreza de la cual depende, en el caso chileno la medición de la pobreza tiene una diferencia sustancial al método utilizado por los países de la Unión Europea, en este caso, la medición tiene que ver con un concepto más relativo mientras que en el caso chileno el concepto es más absoluto, “la medida de pobreza oficial vigente en nuestro país se construye a partir del ingreso por persona equivalente o ingreso equivalente del hogar” (LYD, 17 de mayo de 2019). Es importante esto, pues mientras en la UE la pobreza se calcula tomando en consideración el ingreso medio de una sociedad, en Chile este cálculo viene dado de una canasta básica, en otras palabras, mientras en la UE la pobreza (por ejemplo) se calcula en función a un ingreso inferior al 60% de la mediana de ingresos, en Chile se calcula como un ingreso superior a un monto fijo que va variando, dependiendo del costo monetario necesario para su consumo. En este sentido, en un país determinado, con un continuo crecimiento económico, puede darse una reducción de la pobreza medida con una variable fija (ingreso sobre una canasta básica) pero sostenerse en el tiempo si la misma variable se mide en términos relativos (porcentaje de ingresos de una media o mediana salarial). El Banco Mundial mide la pobreza sobre una cantidad de dólares percibidos al día, es decir, mide la pobreza absoluta.

Lo anterior tiene implicancias trascendentales en este asunto, porque se puede mantener un continuo crecimiento con altas tasas de desigualdad y una pobreza absoluta en disminución, pero relativa intacta, como se puede sostener un crecimiento económico con una tasa de pobreza absoluta en reducción con una tasa relativa en aumento, o también un crecimiento económico con una tasa de pobreza relativa y absoluta en caída. Son escenarios posibles que se han manifestado en el historial reciente (hablo de los últimos 50 años) de los países de la OCDE. Lo que quiero decir, es que no es falso el argumento liberal cuando se observa que la pobreza absoluta ha caído, esto es lo mismo a decir que el ingreso promedio absoluto ha aumentado, pero tampoco es falso decir que cuando el estrato más pobre aumentó su ingreso 5 veces y el más favorecido lo hizo 10 veces hay un incremento de la desigualdad, y ello degenera en un incremento de la pobreza relativa. El error entonces de la visión liberal es concluir que ha aumentado la clase media solo haciendo eco del primer concepto de pobreza (y por tanto, clase baja o pobre), y no del segundo.

Marx fue claro en este sentido, “Una casa puede ser grande o pequeña, y en tanto las casas circundantes sean igualmente pequeñas, la misma satisface todos los requisitos sociales que se plantea una vivienda. Pero si se levanta un palacio junto a la casita, ésta se reduce hasta convertirse en una choza” (Trabajo asalariado y capital), la teoría económica liberal (desde la austriaca, pasando por la monetarista hasta la versión neoclásica-keynesiana) apuesta que es preferible crecer con desigualdad que no crecer, reforzando su creencia en la teoría del chorreo, y es cierto si tenemos claro que sin inversión no hay ni trabajo, ni salarios, ni impuestos, esto también lo creía Marx, de hecho él fue un férreo creyente en el capitalismo como un sistema revolucionario en su génesis al momento de modernizar los medios de producción, ¿cuál es entonces la diferencia entre la teoría liberal económica y Marx? Entre otras, y en lo que nos convoca en este artículo, en el conflicto subyacente a nivel social provocado por las relaciones sociales. Marx veía al sistema capitalista como volátil y tendiente a la concentración, mientras que el mainstream económico niega esta crítica o cuanto mucho, la considera exagerada.

A este ejercicio se suma la sociología burguesa que en más de 100 años ha buscado idear diferentes marcos teóricos para negar la lucha de clases (como mínimo), o la misma existencia de las clases (en el mejor de los casos). Lo primero se logró a medias, las diferentes corrientes sociológicas modernas y científicas, desde Durkheim y Weber en adelante, plantearon críticas a la lectura marxiana de la sociedad esbozando una dilución entre la rígida clase social vinculada a una infraestructura y estructura económica, con una clase más permeable a otros factores, sin embargo, ya sea hablemos de clases, estratos, segmentos, el hecho es que sociológicamente el concepto de clase ha persistido e incluso se ha reforzado en su entendimiento como una categoría concreta que tiene un vínculo con las condiciones económicas determinadas, Jorrat 2012 estudia el caso argentino comparándolo con diferentes países mediante encuestas (dato subjetivo) y posiciones en el mercado laboral (dato objetivo), encontrando una relación entre ambos así como entre la clase social y el tipo de sociedad en el que vivían (desde desigual hasta la más equitativa), para los países en conjunto al escalar en clases sociales aumenta la percepción de la sociedad como igualitaria y no elitista, Andersen y otros 2015, analizando evidencia a partir de encuestas de 24 países democráticos, encuentran una correlación entre la clase social y las preferencias de un sector público activo o limitado y austero. Existe entonces, una abundada bibliografía que da cuenta de que la clase social, como categoría taxonómica, explica con bastante rigurosidad asuntos sociales de importancia pública.

Bien, si la clase social existe, y está vinculada principalmente (pero no únicamente) a aspectos técnicos y económicos, ¿necesariamente existe un conflicto entre estas? Aquí la sociología se divide, incluso la burguesa. Algunas corrientes (por ejemplo la funcionalista) consideran que el conflicto social perturba el desarrollo y la natural evolución de una sociedad, otras como la corriente del conflicto postulan lo contrario aunque desde un punto de partida distanciado del marxismo, de todas formas la evidencia empírica también destaca que la desigualdad tiene una correlación con el conflicto. Pablo Fajnzylber y otros (1998) en un trabajo realizado para el Banco Mundial analizando datos de 39 países entre 1965 y 1995 encuentran que la desigualdad social se correlaciona con el incremento de los delitos y atentados contra la vida, también Goda y Torres García (2019) utilizando una muestra de 59 países desarrollados y en vía de desarrollo ven una correlación entre la desigualdad absoluta y la pérdida involuntaria de la vida.

Lo que viene a demostrar el estudio científico de la realidad social, es que la desigualdad conlleva violencia y otros atentados contra la propiedad, las recomendaciones de organismos internacionales como el Banco Mundial o el FMI en búsqueda de su atenuación tienen un mensaje implícito, eviten que volvamos a un contexto de lucha de clases.

Podríamos decir que cuando la desigualdad se atenúa, lo que ocurre a nivel social es que una parte no menor de las unidades domésticas pobres han pasado a segmentos intermedios generando, en el camino, una expectativa de ascenso social, y este fue el principal efecto que se dio tras 1945, una expectativa para alcanzar la anhelada clase media refutando la idea de lucha de clases marxiana. El capitalismo, entre 1945 y 1970 había refutado a Marx… pero solo momentáneamente. Tras ese período, nuevamente la lógica del capital se instala en la palestra, el Estado de bienestar se comienza a desmantelar y la clase media se convierte en una ilusión con el pasar de las décadas, el relato y discurso de ascenso social se difumina. No podemos entender la polarización política que vivimos en este hemisferio sin entender la polarización social expresada en una caída paulatina de salarios reales, una reducción del ingreso en comparación a la productividad, o en un sostenimiento estructuralmente elevado del paro y subempleo (como en España).

El quid del asunto es que el conflicto entre clases, la lucha de clases, es una oposición sin solución aparente, no hay un punto de conciliación en el mediano y largo plazo, porque mientras los liberales (representantes intelectuales de la clase capitalista) dicen una verdad, su verdad, es en definitiva una parte de la verdad resumida en la necesidad de generar condiciones para el crecimiento y el desarrollo del país, la izquierda dice otra verdad, su verdad, y al igual que su contraparte, una parte de la verdad resumida en que la desigualdad es un problema y que se debe solucionar. Este asunto no tiene solución porque el capitalismo es un sistema que requiere de condiciones para su desarrollo: seguridad jurídica y una tasa de beneficios adecuada, y como es un sistema que se rige sobre un marco político interestatal, la competencia económica se traduce en una competencia política donde los diferentes gobiernos apuestan por ser más atractivos para el ingreso de capitales. Si un país impone tasas impositivas más elevadas pierde competitividad frente su vecino, y eso puede ser muy perjudicial. No obstante, este modelo al ser tendiente a la concentración conlleva sus propias consecuencias y la desigualdad es una de ellas.

En Chile el estallido social fue, sin lugar a duda, la expresión máxima de esta situación. Previo a 2019 ya se habían dado otros síntomas poco atendidos por la clase dirigente: un incremento de la abstención electoral, una fragmentación en la intención del voto, una tendencia cíclica a la mayor movilización, y con ello, una izquierda más radical para posteriormente, ver el nacimiento de una derecha que tampoco temía de mostrar su orgullo como derecha.

El estallido social dejó claro cuán relevante es el análisis de clases opuestas entre sí. La derecha dijo “no es la forma”, sin embargo, y curiosamente, la clase política reaccionó ante la violencia y cedió una parte del poder político ante un posible cambio constitucional, la derecha más radical del país se sorprendió y desilusionó de su clase política, la consideró cobarde, mas sin embargo, es un hecho empírico y contrastable que cuando la lucha de clases se intensifica la política reacciona concediendo espacios. El discurso político se radicalizó, y en igual proporción los discursos centristas perdieron vigencia y legitimidad, Kast, Marinovic o Melnick ganaron popularidad dentro de su sector, la derecha perdió el miedo de tener un presidente de derecha y no un ex demócrata cristiano, la izquierda y centroizquierda se volvió más a la izquierda, se ha hablado incluso de expropiación, las AFP parece que tienen sus días contados, y como nunca un candidato del partido comunista obtuvo más votos que los candidatos de la derecha (por separado) en las primarias. La radicalización es un hecho que todos conocen pero que a la vez todos intentan canalizar a su favor, dentro de la Convención Constituyente (fruto de un acuerdo político entre la derecha e izquierda en el poder) hay individuos de las más variadas condiciones socioeconómicas, orígenes geográficos y variedad étnica, pero incluso sus integrantes más propios de la clase popular no han estado a salvo de la misma reacción radical y violenta de los manifestantes.

Son, en definitiva, posiciones irreconciliables porque nadie puede asegurar a todos que sus demandas serán satisfechas. Boric no puede satisfacer a los sectores más conservadores de la sociedad crecimiento con un programa de gobierno que incluye un incremento sustancial de impuestos en medio de un escenario económico sumamente delicado, tampoco puede asegurar protección a su propiedad si ello implica zanjar asuntos tan espinosos para su posición como el mapuche o las tomas de terreno, Kast no puede asegurar al sector más progresista mayor igualdad si con ello pervierte su propio objetivo de crecimiento económico, ni tampoco puede asegurar una agenda más progresista en asuntos valóricos si su fuerte está en los sectores más conservadores. Hubo otro momento en Chile, cuando la derecha podía ceder un poco a cambio de que la izquierda también lo hiciera, pero ahora la polarización ha llegado a niveles no conocidos desde el retorno a la democracia.

Que la sociedad esté polarizada no es algo que se pueda negar, ni es algo que la misma clase política desmienta, es un hecho. Un hecho que a su vez confirma la máxima de lucha de clases, siempre latente, siempre llevando al límite del riesgo una orgánica social y política pero que se detiene con éxito durante años en la medida de las posibilidades.

Si la solución a la polarización es la disminución de la desigualdad, ¿cómo se puede lograr sin peligrar el crecimiento chileno? No es posible; si la solución a la delincuencia es (entre otros motivos) reforzar la misma estructura policial, ¿cómo se puede lograr esto si una parte de la sociedad no valora el trabajo de las fuerzas de seguridad? No es posible. La conciliación no será posible en Chile, la única solución será la imposición de una visión sobre otra. Desde luego, esto no significará que la lucha de clases sea borrada sino solo ocultada o atenuada.

Por supuesto, el país no puede permitirse continuar así durante mucho más tiempo.



Categorías:Chile, Sociología

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