¿Hacia dónde va Chile?

Una de las interrogantes que actualmente investigan los cientistas políticos alrededor de este espacio siempre difuso y confuso en definición como lo es Occidente, es por qué tras siglos de crecimiento y desarrollo, en muchos países actualmente respetados por la comunidad internacional debido a su elevado nivel de riqueza per cápita y desarrollo social, están tendiendo hacia extremismos políticamente alejados del eje tradicionalmente centrista que los caracterizó (Estados Unidos con el fenómeno de Trump, Francia con Le Pen, Alemania con Alternativa Para Alemania, entre varios otros sin olvidar el caso español con VOX). Hasta hace no mucho, existía un consenso en que el grado de desarrollo económico tenía una directa vinculación con el orden institucional expresado en una política claramente centrista y bipartidista con dos ejes, uno socioliberal y otro socialdemócrata, y tras la caída de la Unión Soviética no fueron pocos (de hecho, era casi un dogma en la politología del mainstream) los que opinaban que la historia había llegado a su fin y el único camino era tender hacia la democracia liberal. Esta ilusión, como sabemos, se acabó a los pocos años, y análisis como los de Immanuel Wallerstein hoy en día parecen encajar mucho más con esa visión (como lo es también en el caso del declive estadounidense y en su momento el mismo declive soviético).

El concepto iliberalismo da cuenta de estas conclusiones. Un concepto que (originalmente acuñado por Fareed Zakaria) define aquellos regímenes los cuales aun cuando se basan en el sufragio universal, se materializan en gobiernos que avanzan sistemáticas sobre procedimientos y límites presidenciales, presidentes que evaden la división de poderes, o líderes y partidos que justifican lo que sea solo por haber ganado las elecciones, esto es, un régimen híbrido donde el autoritarismo se legitima por el uso de rituales democráticos. Zakaria pensaba que el factor clave de una democracia consolidada es la prosperidad y el PIB per cápita, por lo cual en China se estarían sentando las bases para una transición a un sistema más libre. Niall Ferguson en cambio tiene una perspectiva mucho más pesimista frente a esta cuestión. El politólogo Yascha Mounk, en su libro “El pueblo contra la democracia: Por qué nuestra libertad está en peligro y cómo salvarla”, indica que contrario a lo pensado y proyectado, a pesar del crecimiento de la economía, cada vez son más personas que se identifican con opciones autoritarias y militares, los mismos jóvenes en países como Suecia tienden a alejarse del centro político mientras se identifican con posiciones de extremismo de derecha o izquierda. Entre las causas identifica que la opinión de los ciudadanos comunes y corrientes prácticamente no tiene impacto en las políticas públicas, los cuales responden a élites económicas y a lobbies cuya influencia es mucho mayor de cara a la clase política. Además, indica el autor, es que el estancamiento económico y el incremento de la desigualdad ha significado un estancamiento del nivel de vida para “grandes partes de la población”.

Ciertamente el auge iliberal es un asunto de preocupación dentro de las ciencias sociales, especialmente la ciencia política, los diferentes diagnósticos apuntan a la veracidad de los ensayos y trabajos de Wallerstein, esto es, si el centro político mantuvo un auge y predominancia durante el siglo XX, esto se debió a una serie de factores político, sociales y culturales que en última instancia descansaron en el comportamiento económico. La clave entonces es la economía, ya que de excluir este factor, sería imposible entender por qué es ahora cuando se polariza la sociedad, ¿recién ahora existe un entendimiento sobre mecanismos políticos que ignoran sus demandas? ¿O es que estos mecanismos no existían hasta antes de los años 80? Sería absurdo pretender que la élite política es ahora un grupúsculo de personas poco preocupadas por sus ciudadanos y antes no, verlo desde esa óptica implicaría creer que todo se soluciona cambiándola y arrasando con este sistema, y ese es el peligro al que los mismos politólogos se muestran tan preocupados. La economía, reitero, es clave.

Dentro del capitalismo cobijamos dos modelos de gestión económica que compiten políticamente. Por una parte, tenemos un modelo altamente privatizado, y por otra tenemos un modelo con una preponderancia bastante mayor del sector público. Ambos han existido durante toda la historia de este sistema en una relación en la que el primero mantiene una prioridad mayor en las regiones más atrasadas y el segundo en las zonas más avanzadas, aunque, con el tiempo ha habido regiones subdesarrolladas que han luchado contra esto imponiendo un modelo «sui generis» que intenta emular la experiencia de las zonas más ricas, pero el problema se sostienen pues en general las BOP siempre son superavitarias para unos y deficitarias para otros, por lo que los países que buscan cambiar las reglas del juego (como los latinoamericanos hasta antes de la época neoliberal) terminan fracasando. Los países pobres podrían intentar tener una BOP en positivo, pero ello significa inversión a largo plazo más una competencia con los entonces ganadores, y alcanzar el objetivo es un esfuerzo muy difícil de lograr, por lo que para sus élites políticas y económicas es preferible mantener el Status quo. Por este motivo es que es en los países más pobres donde tienden a darse más protestas, rebeliones y revoluciones que decantan en caos civil y político. Entonces nos quedan los países ricos, en ellos, el nivel de productividad por trabajador es muy superior y sus empresas mantienen un valor añadido igualmente superior, a raíz de lo anterior se pueden dar el lujo de mantener altos impuestos y gasto social para el uso y construcción de complejos sistemas de ayuda social que hoy conocemos como Estado de bienestar, lo cual permite que la clase obrera pueda mantener un nivel de vida muy cercano a la clase media, y la clase media un nivel de vida no muy alejado al de la clase media-alta, en consecuencia la desigualdad social está muy menguada; se instala entonces un escenario en el que la escala de ascenso social aparentemente es posible, no obstante con el tiempo sus poblaciones tienden al envejecimiento lo cual conlleva a un gasto social incrementándose en términos absolutos y relativos, y además la misma necesidad por mantener esta escala social requiere que cada vez haya un mayor gasto social, ergo este modelo tiende a su insostenibilidad en el mediano-largo plazo. Así, los países ricos han comenzado a transitar de manera lenta a sistemas de gestión más privatizados.

Tenemos dos axiomas. Por una parte, los países pobres/subdesarrollados no pueden mantener un modelo como el de los países ricos/desarrollados, y por otra los países ricos no pueden perpetuar ese modelo en el largo plazo. ¿Entonces la única opción es la privatización de todo con el fin de rentabilizar la economía? Podría ser, pero conforme vamos profundizando este modelo, se vuelve evidente una economía caracterizada por la polarización y por la inexistente escalera y ascenso social, durante un tiempo esto se puede sostener desde diferentes aristas, pero con el pasar de las décadas el conflicto social que ya desde el siglo XIX se venía estudiando vuelve a estallar. ¿Podrían ser todos los países igual que Suiza o Dinamarca? No, porque significaría que todos mantienen una BOP positiva. Y eso no es posible en un sistema cuya materialización es un mercado volátil y separado en diferentes espacios nacionales cuyo principal objetivo es la maximización de la ganancia.

La principal conclusión que podemos sacar entonces es que este sistema completo mantiene un problema irresoluble en el marco de sus propias leyes.

Cuando en los países ricos (como sucede aquí en Europa) se plantea la insostenibilidad del sistema de salud o de pensiones, lo que se está diciendo es que no se puede seguir costeando públicamente un derecho social supuestamente adquirido, y como propuesta se presentan sistemas privados que operan segmentando a los ciudadanos entre diferentes clientes según su poder adquisitivo. Lo que debemos leer de todos esos discursos políticos es el fracaso de un modelo económico-político que supuestamente había superado todas las visiones clasistas de la realidad social, un fracaso que nos dice «sí, el capitalismo está destinado a la polarización y a la lucha de clases, si bien hubo un tiempo en que una burbuja demográfica mantuvo esos conflictos a raya, hoy ni siquiera esta burbuja es capaz de evadir este comportamiento inmanente».

Que los países pobres terminen estallando ha sido tónica común, por algo son pobres. Pero no ocurre como se ha explicado continuamente, esto es «son tan desordenados y por eso su economía está atrasada», sino que «su economía es tan deficitaria que deriva en continuos estallidos debido a su incapacidad de ofrecer alternativas sociales al estallido mismo». Lo novedoso en 100 años es que en los países ricos sus derechos tradicionales y adquiridos luego de décadas de lucha y gobiernos socialdemócratas o liberales, se estén menguando.

El liberalismo durante el siglo XIX tuvo poderosos enemigos. El conservadurismo más reaccionario fue el primero de ellos, aquel que no quería bajo ningún motivo ver cómo las antiguas bases que formaban su orden y orgánica social fueran perdiendo vigencia a causa de la democracia, pero sería derrotado y sus miembros absorbidos hasta converger en la corriente conservadora-liberal. El socialismo fue otro gran rival, especialmente bajo el liderazgo de Marx y Engels, pero no tuvo que esperar muchas décadas (ni siquiera a la muerte de estos) para ver cómo poco a poco sectores del socialismo comenzaron a hablar de reformismo y democracia, convergiendo en la conocida socialdemocracia. Estaba determinada su victoria pues, el liberalismo era la ideología que por antonomasia podía administrar de mejor forma el capitalismo decimonónico industrializado. A cambio, el liberalismo cedió su antigua reticencia con el Estado, prontamente los liberales más pragmáticos se dieron cuenta que para tener cabida debían ofrecer una alternativa sostenible y llamativa ante conservadores y socialistas, la mezcla de sufragio y concesiones sociales con el fin de crear una identidad nacional fue el programa que encantaría a unos y otros con diferentes matices, y también con reticencias, pero que llevaría al liberalismo al victorioso centro de gravedad, atrayendo a conservadores y socialistas hasta el establecimiento de dos corrientes, una conservadora-liberal, y una social-liberal.

Durante el siglo XX esta hegemonía se vio en riesgos tras la victoria de la revolución rusa y el auge de los fascismos en Italia y Alemania. Ahora nuevos líderes políticos de importante peso internacional mantenían un discurso claramente opuesto al liberal. 1914 marcó un retroceso, los conservadores volvieron a su posición anterior a 1848, el gobierno imperial en la tierra de otros era considerado como benéfico para sus nativos. Con el socialismo pasó lo mismo tras el auge del leninismo en Rusia, en el corazón del marxismo-leninismo estaba la denuncia a la socialdemocracia por haberse convertido en liberal-socialistas, y por consiguiente, no ser antisistémicos.

Nuevamente el liberalismo aplicó su receta de sufragio y Estado de bienestar, pero a nivel mundial bajo sus adalides Wilson y luego Franklin Roosevelt. El primero habló de autodeterminación de las naciones como equivalente a sufragio mundial, y, para sorpresa de muchos, el leninismo triunfante se asemejó más al liberalismo que a cualquier proyecto comunista que esbozara Marx, en lugar de ser una ideología opuesta al 100%, parecía más uno de sus tantos avatares, especialmente tras la mano tendida al wilsonismo en su coincidencia con la liberación y desarrollo nacional. Roosevelt por su parte habló del “desarrollo económico de los países subdesarrollados” impulsado con la ayuda técnica y económica como paralelo del Estado de bienestar. Y, como había ocurrido el siglo anterior, fueron los conservadores y socialistas los que terminaron aplicando el programa liberal ahora a nivel internacional.

El período denominado como “los años dorados del capitalismo” significó un auge en las tasas de crecimiento en prácticamente todo el mundo, lo que ayudó que el proyecto liberal de desarrollo democrático y económico se afianzara. En los países del centro económico, los desarrollados, la pugna entre el socioliberalismo y la socialdemocracia era insignificante en comparación a las pugnas entre liberales y conservadores un siglo antes, ya no estaba en juego la disyuntiva democracia – monarquía, sino solo asuntos de administración pública con un nivel de estabilidad social que aparentemente eliminaban de lleno el conflicto de clases y volvían obsoleto el análisis del Materialismo Histórico, es decir, si el ascenso social es un hecho (o dicho de otro modo, si familia pobre pasa con relativa facilidad a la clase media), cualquier idea de una oposición entre explotados y explotadores era espuria. Esto, no obstante, se mantuvo mientras el auge económico siguió su ritmo, ritmo que irremediablemente terminó a inicios de la década de los 70.

Ciertamente, luego del fin de los años dorados el crecimiento económico se mantuvo (aunque de manera más modesta), pero los costos de mantenerlo fueron política, social y culturalmente enormes. Poco a poco los antiguos pilares del liberalismo (un incremento del sufragio y del Estado de bienestar) se estaban minando. Uno concatenado al otro. Si las condiciones sociales se estancaban, el votar como acción política comenzó a perder sentido, las protestas del 69 manifestaron una ruptura cultural en occidente con el ideario político de un modo similar que la Primavera de Praga lo hiciera en el «segundo mundo». La decisión de maximizar las ganancias reduciendo los costos sociales vinculados a salarios y otros beneficios impactó de lleno en el incremento de las desigualdades y la polarización. Este nuevo escenario planteaba interrogantes que el liberalismo no supo contestar, y es que hasta entonces su programa tuvo sentido en un contexto social que tendía hacia el centro en la misma medida que la sociedad tendía a un proyecto nacional de desarrollo económico ecuánime, mas, en un contexto de polarización las condiciones cambiaban, el centro político paulatinamente perdió adeptos y fuerza, y nuevamente, poco a poco los conservadores han retomado posiciones  que nunca olvidaron pero que ahora adquirían más peso cuantitativo (neoconservadores, paleoconservadores, libertarios, autoritarismo). Los socialistas han tendido a un camino similar (nueva izquierda, izquierda postmoderna tribal, movimientos verdes, etnicistas, LGTBI, feministas). El centro se vacía lenta y -aparentemente- de manera inexorable.

En síntesis, el problema para el liberalismo es que ya no le van quedando herramientas para mantener su preeminencia, las opciones que el sistema entrega en las condiciones actuales son solo asumir que el continuo desarrollo nacional era ilusorio, y que en realidad el capitalismo se parece más a lo que concluyó Marx que lo que concluyeron sus rivales apologistas.

En política, las tendencias internacionales tienden a cuajar con cierto tiempo en los espacios nacionales, esto no nos debe llevar a la confusión, 30 años en escala histórica es un período insignificante de tiempo (por poner un ejemplo, es sabido que la ilustración fue un antecedente clave para la revolución francesa, y entre ambos hay una separación de décadas), en Chile, el sistema político que se impuso tras el régimen de Pinochet estuvo inspirado en los modelos liberales, pero contra viento y marea no se puede resistir permanentemente la ola del cambio, en este caso, del cambio de un mundo dominado políticamente por el eje liberal a un mundo que tiende hacia los extremos. Entre 1990 y 2010 Chile era un ejemplo para el mundo en materia de crecimiento económico y desarrollo social, los indicadores así lo demuestran, pero como sabemos, este crecimiento se basó en un modelo que tendió a veces más y otras mucho más, hacia la polarización social, era un modelo que aseguraba crecimiento (incluso en los sectores más precarizados de la sociedad), pero un crecimiento basado en la desigualdad no es sostenible, un crecimiento basado en la desigualdad inevitablemente recrea las condiciones para que la lucha de clases vuelva a emerger. Esto es lo que ha ocurrido a nivel mundial en los países desarrollados, África, Asia y América Latina, en Chile era cuestión de tiempo. La década del 2010 marcó la primera grieta que con los años se fue profundizando, el primer gobierno de Piñera no se consumó por la búsqueda social de más neoliberalismo, realmente Piñera alcanzó la Moneda porque la gente estaba harta de los gobiernos de la Concertación, gobiernos que en este mismo momento son recordados por la derecha más extrema como lo mejor que tuvo la izquierda desde el retorno a la democracia, pero que la mayoría de los votantes rechazó el 13 de diciembre de 2009.

Y esto es de fácil cuantificación. Si en diciembre de 2009 la izquierda en su conjunto (Concertación, Nueva Mayoría para Chile y el Partido comunista, cada uno con candidaturas separadas) sumó el 55,9% de los votos, el hecho es que la mayoría de los votantes no quería a la derecha, pero en segunda vuelta ganó Piñera. ¿Por qué? Porque como es un sistema presidencial con segunda vuelta, los candidatos a disputarse la victoria eran Piñera o Frei, y este último era el máximo representante de esta izquierda que había gobernado durante 20 años y que nunca cumplió con lo que prometió (la alegría nunca llegó); si en la primera vuelta, Frei obtuvo 2.065.061 votos, en la segunda vuelta alcanzó los 3.367.790, mientras que Piñera pasó de 3.074.164 de votos a 3.591.182, si consideramos que la participación se mantuvo casi intacta (hubo una reducción de solo un 0,7%), los votos de Marco Enríquez-Ominami y Jorge Arrate se repartieron entre ambos candidatos, estos sumaban 1.838.319, Piñera obtuvo poco más de 500 mil votos mientras que Frei poco más de 1.3 millones, es decir, votos que fueron a la izquierda se decantaron por la derecha en la segunda vuelta, para estos votantes (un significativo 28%) era preferible Piñera que Frei, ¿por qué? Es materia de estudio, pero de seguro algo debe importar que Frei era una cara vieja en la política y Piñera no, Frei ya había ostentado del poder y no cumplió con las expectativas, por lo tanto a ese 28% Piñera les pareció más atractivo.

Claro está, sabemos que tampoco convenció. La popularidad de Piñera mantuvo un auge durante la crisis de los mineros, pero luego tendió a la baja. Bachelet volvería a la presidencia ganando las elecciones con un holgado margen a su rival Evelyn Matthei. Aunque vale la pena aclarar que entre ambas solo sumaron el 70% de los votos, el 30% restante se repartió principalmente entre Marco Enríquez-Ominami y Franco Parisi, marcando una nueva inflexión del quiebre de este bipartidismo liberal. Pero el gobierno volvió a decepcionar, y ya hacia 2017 Piñera se perfilaba como el candidato de la derecha.

El 19 de noviembre de 2017 nuevamente el panorama político se vio fragmentado, la fragmentación de la izquierda se transfirió a la derecha, ahora teníamos a un candidato de la derecha constituida clásicamente, Piñera, y un candidato de una extrema derecha naciente, José Antonjo Kast. Por su parte, la izquierda tuvo al menos 4 candidatos importantes, Alejandro Guillier abanderado por la “Fuerza de la Mayoría” (ex Concertación, ex Nueva Mayoría), Beatriz Sánchez representante del Frente Amplio (un conglomerado diverso cuyos dirigentes en buena medida emanaron del movimiento estudiantil de 2011), Carolina Goic representó la candidatura independiente de la Democracia Cristiana, y nuevamente Marco Enríquez-Ominami se presentaría como candidato de su partido Progresista. En la primera contienda, Piñera obtuvo el primer lugar con un 36% de los votos, Guillier obtuvo 22%, Sánchez 20,2%, JAK 7,9%, Goic 5,8% y MEO 5,7%. Volvemos a repetir el escenario, la izquierda alcanzó una mayoría, pero durante la segunda vuelta (entre Piñera y Guillier), de los 2.102.692 de votos que sumaron Sánchez, Goic y MEO, solo 1.661.862 fueron hacia el candidato de centroizquierda, si sumamos los 440.830 de la izquierda que no votaron por Guillier más los 523 375 que votaron por JAK tenemos un total de 964.205 votos, si tenemos en cuenta que 1.378.039 adicionales obtuvo Piñera en la segunda vuelta, y consideramos que cerca de 400 mil personas adicionales votaron en esta, podemos concluir que un cercano 21% de los votos de la izquierda (Sánchez, MEO y Goic) se fueron a la derecha. Otra vez, pareciera que preferían a Piñera que al candidato de la centroizquierda.

Piñera regresó al poder, pero volvió en el peor momento, para la derecha hubiera sido mejor haber perdido las elecciones. A pesar del crecimiento económico de 2018, la economía mundial estaba estancándose, y Chile no es un país que se pueda abastecer de su propio mercado (¿realmente hay algún país que lo haga?), pero más importante, era un hecho que Piñera igual que durante su primer mandato, estaba gobernando con los votos de una izquierda desencantada o desconfiada, y todavía peor, estaba gobernando sobre la base de una aprobación general hacia la clase política (partidos políticos de izquierda y derecha y Congreso) que tendía peligrosamente a la baja, y todavía más relevante, sobre una base electoral minoritaria con solo un 26,4% de los votos potenciales (contando las abstenciones, nulos y blancos), similar al 25% de Bachelet, y muy por debajo del 29% que tuvo en 2009, mucho más atrás del  32,6% de Bachelet en 2006 (la tendencia es clara). El descrédito político ya era un hecho, pero nadie en la clase política (ni los más connotados cientistas políticos lo vio venir), de hecho, Piñera creía estar en un oasis (pero lo que no pensó es que en un proceso de desertificación agudizado, los oasis también son afectados).

Ahora Chile está en crisis, se debate un nuevo modelo político. La población de derecha que votó en contra de cambiar la Constitución se ha atrincherado aún más a la derecha, y la población de izquierda más extremizada habla instaurar un modelo progresista emulando a los países europeos. El problema con este planteamiento es el mismo que le ocurrió a la clase política en 1990, no mirar en el largo plazo, y es que son muy pocos los que ven que incrementar el gasto público social para tender hacia un Estado de bienestar requiere incrementar la productividad, lo que a su vez implica aumentar el valor agregado de la economía, y esto significa de una y otra forma, dar vuelta a la BOP chilena tan deficitaria y dependiente del crédito, como no veo que esto sea materia de preocupación, preveo que en el mediano plazo los desequilibrios macroeconómicos no tardarán en manifestarse, el déficit público y privado y el endeudamiento podrían poner en jaque cualquier reforma, ¿de dónde obtendrá dinero el Estado para proveer tal cantidad de servicios públicos? Endeudarse no puede ser una salida perpetua, ni siquiera puede valer en el mediano plazo, se habla de subir los impuestos pero… ¿cuál será el límite? Desde luego, ese límite lo marcará la clase empresarial, el burgués que frente a una caída de sus tasas de ganancia podría optar por paralizar las inversiones, ¿y entonces qué hacer frente a un problema de paro que afecta tanto a la sociedad? La clase política podría debatir si volver a restar gastos, pero allí tendremos un problema si la Constitución lo impide (pues quizás consagra salud y educación pública, un sistema de reparto y otras garantías), ¿qué opciones quedan? ¿Echar a andar la máquina para crear dinero? Esta opción dependerá también si la Constitución respeta o no la libertad del Banco Central, si no es el caso, ¿cuánto tardaremos en experimentar una hiperinflación? Y si la única salida es la deuda, ¿cuánto tardaremos en caer en crisis como la griega o española, pero sin un BCE que respalde a la Moneda?  Quizás sea tentador aplicar expropiaciones bajo la premisa de que los empresarios no invierten porque son unos ladrones, y así aceleramos la crisis…

Todas estas son elucubraciones, pero lo cierto es que como en el mundo, Chile se está polarizando, y que muy probablemente el nuevo Chile sea un país más extremista y con un modelo más desequilibrado, por tanto, si asumimos que la crisis del liberalismo viene dado por una crisis mayor a nivel económico-social, ¿cuál será la respuesta social frente a una profundización de la crisis? Todavía confío en los constituyentes, pero confío porque no he visto los hechos, solo tengo fe, y la fe no mueve montañas.



Categorías:Chile, Política

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