La derecha, una encrucijada

Lo interesante de las primarias, además de su función pública al momento de seleccionar al candidato que un partido (o coalición) presentará en una elección pública, es que podemos revisar con mayor evidencia las diferentes corrientes que convergen y divergen en su seno. Es cierto que un partido o coalición existe porque diferentes personas e ideas se aúnan primando más sus semejanzas que diferencias y con ello concordando en objetivos comunes que se consuman en la creación de un programa con ideas concretas, pero también es cierto que es utópico considerar que en estos (como en cualquier tipo de colectividad) no hay diferencias internas, las mismas diferencias que inicialmente se dejaron de lado, persisten y subyacen en toda su dinámica política, claro está, no es algo que se transparente públicamente pues ante todo el partido político debe mostrar un orden y estabilidad de cara a sus electores y a toda la sociedad, sin embargo, estas diferencias siempre terminan aflorando y manifestándose en diferentes formas, las elecciones primarias viene a manifestar un momento en el que diferentes corrientes lo suficientemente fuertes (por entre otras cosas estar apoyadas por otras corrientes minoritarias) buscan imponerse frente a otras mediante la garantía de las elecciones.

La derecha chilena nos ha dado una muestra de sus principales corrientes: Joaquín Lavín, candidato de la Unión Demócrata Independiente (UDI), Ignacio Briones candidato por Evópoli, Sebastián Sichel candidato independiente dentro de la derecha, y Mario Desbordes candidato por Renovación Nacional (RN). Desde el retorno a la democracia, la UDI ha representado el ala más derechizada de la coalición, originalmente fundada por Jaime Guzmán, el gran ideólogo político de la dictadura y artífice de la Constitución de 1980, reúne en su seno las ideas del gremialismo, el pinochetismo, el conservadurismo e incluso la misma doctrina social de la iglesia, siempre muy conservadora, sin olvidar también las ideas liberales en materia económica provenientes de la escuela de Chicago. RN por su parte, también contiene en su seno las ideas económico liberales de la escuela de Chicago, pinochetistas y conservadores, así como también contiene corrientes liberales, pero una importante diferencia la marca el gremialismo; es curioso cómo inicialmente en las postrimerías del gobierno de Pinochet, todas las corrientes y facciones de la derecha buscaban agruparse en una misma formación, así, en abril de 1987 el Movimiento de Unión Nacional encabezado por Allamand y el Frente Nacional del Trabajo encabezado por Sergio Onofre Jarpa se fusionaron con la UDI formando Renovación Nacional, pero tras las discrepancias entre Guzmán y el resto de la directiva, prontamente èste sería expulsado del partido, lo que terminó con la salida de sus partidarios y la refundación del gremialismo en UDI por el Sí. Desde entonces, y con el pasar de los años, la relación de ambos partidos estaría marcada principalmente por su carácter de oposición, pero siempre manteniendo una sutil distancia por lo que podríamos definir que con el tiempo, RN marcaría la centro derecha (un liberalismo conservador) y la UDI una derecha (conservadurismo liberal), diferencias que se sellarían en diferentes pugnas. Evópoli, por su parte, es un partido fundado el año 2012 por Felipe Kast, y que a diferencia de los otros dos partidos, marca una tendencia claramente más cercana al liberalismo y que no ha dudado en imprimir sus diferencias con el pinochetismo. Sebastián Sichel, finalmente, es el independiente dentro de la coalición, abanderado a su vez por miembros de RN y la UDI, formó parte de la Democracia Cristiana entre 1990 y 2015, y luego de Ciudadanos (un partido de centro) entre 2015 y 2018, su historial político se puede definir como un tardío independiente, lo que hasta el momento le ha jugado buenos y malos resultados, pero que como norma general la balanza es positiva, sobre todo desde 2018, año en que Piñera lo nombra como presidente de Corfo luego de que Sichel distanciándose de Velasco, apoyara públicamente la candidatura del actual presidente, entre junio de 2019 y 2020 se desempeñó como ministro del MINDES, y desde entonces hasta diciembre del mismo año sería nombrado presidente del Banco del Estado, su candidatura juega este papel de independiente que desde su renuncia a la DC ha llamado la atención de muchos antiguos animales políticos como Velasco y Piñera.

Tenemos, por tanto, la confrontación de corrientes claramente delineadas. Unas corrientes que durante años  supieron mantener sus diferencias lo suficientemente controladas para erigirse en dos gobiernos, y cuando no, capitalizar el descontento ciudadano como fuerza opositora (que explica la segunda elección de Piñera), pero tras el último debate sin embargo, lo que se plasmó fueron diferencias puntuales frente a un proyecto político concreto, lo cual en principio es correcto, pero este proyecto político dista mucho del sostenido tanto por la Alianza como por Chile Vamos hasta el 2019. Independiente de las diferencias, en concreto existió un consenso en la necesidad de recaudar más dinero para el Estado, Lavín habló de un rol “más fuerte del Estado, más relevante al estilo de algunas socialdemocracias europeas”, coinciden en la creación de un plan universal de salud y en un sueldo mínimo que alcance los 500 mil pesos, en el fondo de la cuestión, lo que tenemos es una derecha que promete cambios, pero moderados, ¿moderados en relación a qué? A los cambios que promete la izquierda. Sin embargo, el problema central es que en este momento, la crisis en Chile no aguanta discursos moderados, lo que quiere son cambios sustanciales. De allí a que la crítica hacia los precandidatos oficialistas desde la misma derecha esté centrada en su condición extremadamente blanda.

Todas las corrientes que hoy conforman el liderazgo de Chile Vamos entienden que deben desmarcarse de la figura de Piñera, actualmente un presidente casi únicamente de jure, pero también entienden que sus ideas esenciales (liberalismo económico, conservadurismo social y autoritarismo político) están completamente desacreditadas. Esto no es simple discurso ni relato, es evidencia cuantitativa. El Plebiscito, las elecciones a Constituyente y Gobernadores demuestra que el proyecto político de Chile Vamos no tiene cabida en la sociedad, y aunque es cierto que la abstención ha sido elevada, esta abstención los impacta también a ellos, y a la vez al Partido Republicano. Inocentemente (no tengo mejores palabras para calificarlo), Patricio Navia habla de “enarbolar las banderas de derecha sin temor ni complejos” para “dar vuelta un escenario que ahora se ve particularmente complejo”, lo que olvida en sus análisis siempre tan abstractos casi a un punto irresistiblemente ideográfico, es que en Chile Vamos esto lo tienen más que claro, pero a la vez saben que están entre la espada y la pared.

¿Qué opciones les queda a Chile Vamos?

Las voces más derechizada hablan de formar un bloque común con el Partido Republicano retomando las ideas de la derecha, pero ¿qué sentido tiene hacer esto cuando el mismo Partido Republicano con suerte sacó poco más del 1% de las votaciones a Constituyentes? ¿Y qué sentido tiene unirse a José Antonio Kast cuando su programa es de los más impopulares y su figura brilla por su falta de popularidad?

La opción que queda es mostrarse como una opción moderada, y aparentemente ese será el enfoque. La elección de Orrego como gobernador en la Región Metropolitana sienta precedente en este sentido, si bien estaban abanderados en diferentes coaliciones, es sabido que los votos de la derecha terminaron en el candidato DC.

Evidentemente esta opción es altamente impopular entre las personas que mantienen un pensamiento vigorosamente derechizado, el 22% que marcó el Rechazo, pero no olvidemos que la política no va de moralidad, la política es la lucha del poder por el poder, y aquí muchas veces el juego sucio, el secretismo, las volteretas discursivas, las mentiras y promesas incumplidas son herramientas tan o más valiosas que la honestidad y transparencia. El país gira hacia la izquierda, como un péndulo, si entre 1990 y 2014 la política había girado hacia la derecha (se hablaba de la gran victoria de Pinochet al lograr que sus opositores administraran el modelo creado en dictadura), ahora estamos girando hacia la izquierda y la derecha no puede hacer otra cosa más que sumarse a esta tendencia manteniendo -por obviedad- sus distancias y discrepancias. Esto es ley, pero no jurídica, es una ley social – objetiva, que la política finalmente sea la expresión superestructural de relaciones sociales profundas no es solo relato, es evidencia empírica contrastable en números: si hasta 1950 el debate político sobre la redistribución de las propiedades agraria no era tema, la década de los 60 sí que marcó esa diferencia, y la derecha tuvo que escribir en su programa su propia manera de reformar el campo, en aquel entonces poco pudieron hacer porque las condiciones sociales no estaban a su favor, hoy ocurre lo mismo.

Es curioso como los diferentes analistas políticos no observan en los hechos, más que simples hechos, no ven una recta, solo constatan puntos sin entender la trayectoria que hay, de donde viene y por supuesto, las posibles consecuencias en el marco de leyes sociales. Si analizamos la historia política chilena, observaremos que las diferentes crisis institucionales mantuvieron comportamientos comunes, y es que sin discriminar sus particularidades, los grandes cambios (ya sea a nivel constitucional y en el hecho, como solo en el hecho) estuvieron precedidos por cambios materiales inherentes al comportamiento siempre caótico del sistema capitalista, estos cambios conllevaron transformaciones sociales y con ello el surgimiento de nuevas corrientes y facciones políticas las cuales, luego de un tiempo de relativa paz terminaron chocando, con más o menos dureza. Hoy estamos observando el fin de un ciclo que se inicio tras el golpe de Estado de 1973, el cual con todos sus logros, sencillamente ha sido superado por la marea social del cambio. La derecha chilena no está encaminada a su muerte, pero sí que vivirá muchas derrotas políticas partiendo por -muy probablemente- las elecciones parlamentarias y presidenciales, así como la redacción de esta nueva Constitución. Ante esto, la encrucijada no es puntual, no es local, ni es solo política, se trata de una encrucijada histórico-coyuntural de la cual no podrá emerger más que una derecha diferente, siempre encaminada hacia su posición de clase, pero muy diferente en las formas y métodos, y posiblemente lo tienen asumido.

Quizás (y aquí solo especulo), esta sea la estrategia de José Antonio Kast. Mientras el resto de la derecha está buscando sumarse a esta marea social desde un planteamiento políticamente oportunista, Kast entendiendo esta coyuntura prevé resultados desfavorables a nivel nacional en el corto plazo, esperará el momento idóneo para en ese entonces, vender el programa político de su partido como la única alternativa de derecha en un contexto izquierdizado, es desde luego una táctica arriesgada, pero es una posibilidad. A RN, la UDI y Evópoli por su parte lo que les queda en menos de 6 meses es buscar la forma más digna de perder no solo las presidenciales y parlamentarias, sino todo el marco jurídico legal que tanto defendieron y que tanto les sirvió, es probable que veamos nuevas configuraciones políticas, todo dependerá de los resultados electorales, pero desde luego no es objetivo creer que la derecha solo debe enarbolar su condición de derecha, eso solo le servirá frente al 22%, pero un 22% no es suficiente.



Categorías:Chile, Política

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