Análisis de las implicancias políticas, sociales, culturales y económicas del proceso de constitución del califato y expansión del Islam, y sus impactos en el espacio mediterráneo.

La acción de Mahoma trajo al mundo una serie de cambios políticos, económicos y sociales, los cuales se reflejaron en primer lugar dentro del espacio geográfico de Arabia, Tierra de origen del profeta. Con el pasar del primer siglo el cambio cobra una connotación mucho mayor pues impactaría directamente a todo el espacio del Mediterráneo. En este sentido, cabe en primer lugar referirnos al proceso que vivió el mismo Mahoma durante las primeras décadas, esto es, el espacio temporal de lo acontecido inmediatamente luego de la revelación, acto seguido nos referiremos al proceso de reordenamiento interno y expansión dada durante la formación de los califatos hasta la llegada de los Omeyas al poder, y por último, analizaremos el impacto económico que todo este cambio expresa en el espacio del Mediterráneo.

Desde que Mahoma vive su revelación se establece en la zona de Arabia un primer momento caracterizado por la intensa acción del considerado profeta, este proceso es de corta duración y se divide en dos pequeñas etapas. La primera va desde la revelación el año 610 d.C. hasta el 622 d.C., momento en que se desata la Égira, y la segunda va desde el 622 hasta su muerte el año 632. Aquel período lo podemos definir como una primera organización interna de los pueblos de la península de Arabia, etapa en que, el profeta Mahoma debe establecer el dominio de esta novedosa religión para así poder consolidar un nuevo orden en la zona. A su muerte, se produjo la primera gran crisis dentro de la comunidad musulmana –Umma-, y esto fue ocasionado porque Mahoma  no había dejado un sucesor,  ante ello, sus principales seguidores se decantan por Abu Bakr.

Él recibe el título de Califa, quién, como vicario de la Ley debe vigilar por su cumplimiento, naciendo así, la institución del Califato. El califa es quien custodia la fe, tiene amplios poderes burocráticos relacionados con el tenue Estado que se iba formando, lo cual se traduce en la administración y nombramiento de gobernadores y jueces. Abu Bakr, se enfrentó al intento de secesión por parte de las tribus de Arabia, las cuales, luego de la muerte de Mahoma se sentían libres de cualquier vínculo con la comunidad, aquel movimiento es sofocado y se impone el orden musulmán en toda la península. Desde entonces la expansión desde la península de Arabia fue constante, los factores son múltiples: el ímpetu de la fe, las condiciones climáticas y económicas, la reivindicación semítica frente al helenismo e iranismo, mas sin embargo la principal de todas es el proceso de “Idea fuerza”, esto es, una idea de que el Islam fue adoptado por las diferentes poblaciones por gusto y opción hacia una religión que se mostraba más justa y útil que el cristianismo y todas las creencias paganas. En cierto sentido, estimo que este factor se vinculó fuertemente con la necesidad por un nuevo orden geopolítico en los terrenos que fueron parte del caído imperio romano, especialmente todas las zonas del Magreb y Mashrek.

A la muerte de Abu Bakr, le sucede Omar el año 634, durante su gobierno la expansión continúa constantemente integrando al imperio en ciernes los territorios de Egipto, Mesopotamia, Persia, entre otros. Durante su mandato, se fue formando el imperio árabe y con ello, los gobernadores se fueron designando a partir del mismo jefe militar que iba ganando esos territorios; a su vez, prohibió el reparto de las tierras recién conquistadas respetando a los lugareños. Luego de la muerte de Omar, Utman es elegido como sucesor en el año 644 d.C. Se caracterizó por ser una persona débil, cuya victoria es compartida con la antigua aristocracia. Este califa, manifestó una imagen bastante decadente en comparación a sus antecesores, y para efectos prácticos, su presencia se tradujo en un malestar generalizado dentro de los árabes, y, a su muerte, asume como califa, Ali Ibn Abu-Talib.

Como Ali no fue unánimemente reconocido, se da la conocida fitna o ruptura dentro de la comunidad, y a causa de esta se desata un conflicto armado del cual emergen tres grupos diferentes, la Shía, partidarios de Ali, la Sunna, partidarios de Mu’Awiya, y los Jawariy. Del conflicto Ali perdería y Mu’Awiya se impondrían iniciando el período conocido como Califato Omeya el año 661.

Este período trae consigo una serie de cambios: en primer lugar, el imperio ya establecido adquiere una nueva forma en relación a la Umma, sobre esta se establece un gobierno dominado por la dinastía Omeya, por lo cual el califato se vuelve una institución de carácter hereditario. Los antiguos terratenientes se terminan consolidando y la capital cambia a Damasco. Esto demuestra una nueva configuración en torno al poder regional, ya que, en la medida que Damasco se impone, la Meca y Medina pierden poder político, y la oligarquía Mequí pierde poder económico. Además, en este periodo, el imperio adquiere una mayor cohesión interna toda vez que la centralización burocrática es fundamental dentro de la visión geopolítica de sus líderes. El objetivo primordial en este momento es la creación de un pilar lo realmente sólido para hacer del imperio sustentable a lo largo del tiempo.

Este ordenamiento imperial implicó tres grandes consecuencias. En primer lugar, se establece un poder burocrático y centralizado mediante el cual el Califa adquiría más influencia y poder a partir de argumentos políticos y religiosos, y por supuesto, de una entramada red de poder con los gobernadores provinciales, con esto, se buscó asegurar el poder califal y la lealtad de los gobernadores provinciales. En segundo lugar, se termina de consolidar un sistema fiscal –durante el gobierno de Hisham- a través de una serie de impuestos que gravaban la Tierra y que cobraban a los dimmi una captación extra. Y en tercer lugar, se logró ordenar al imperio interno a través de una serie de agrupaciones gubernamentales, cuestión que data de inicios del siglo VIII.

Este avance cualitativo se refleja en una serie de logros que se dan a nivel exterior, como la mayor expansión que el imperio viviría en su historia, lo cual incluye territorios desde el Atlántico hasta Turquestán. A su vez, hablamos de un imperio que mantiene su carácter árabe, citando a Robert Mantran, “si se ha podido calificar al Imperio omeya de Imperio árabe, es no sólo porque extendió la supremacía árabe sobre considerables territorios, sino, sobre todo, porque mantuvo el carácter árabe del gobierno y continuó las tradiciones literarias de la Arabia pre y protoislámica[1].

Todo lo anterior implicó el mayor alcance durante la época medieval para instaurar un gran imperio-mundo[2] en el contexto mediterráneo, lo cual implicó una lengua franca –el árabe- y por supuesto, la gestación de un espacio geográfico cuyo interior era testigo de una gran interacción social y económica. En este sentido, cabe aclarar que la consolidación del califato e imperio árabe, no implica una ruptura del Mediterráneo, sino que su valor como mar de intercambio comercial se mantiene. Para ilustrar mejor este punto, me parece menester hacer alusión a dos artículos, el primero es de S. D. Goitein[3], y el segundo es de Roberto S. López[4], ambos, hacen hincapié en que la formación del imperio árabe no eliminó ni en el peor momento de tensión, las relaciones entre el mundo “europeo-cristiano” y musulmán, si bien, como señala López, durante la primera fase luego de la Égira (622-719) las relaciones comerciales disminuyeron bastante, estas continuaron existiendo, y dentro de este intercambio serían los griegos, sirios y hebreos los grandes intermediarios entre el mundo árabe-musulmán, y la Europa cristiana occidental más Bizancio. Esto nos deja en claro que más allá de existir un odio mutuo entre ambas regiones culturales, los roces nunca impidieron el intercambio y la relación, y tal cual lo menciona López, con el pasar del tiempo esta relación se haría más fuerte a la luz de las fuentes propias de los siglos posteriores. Por otro lado, Goitein nos habla del Mediterráneo como una unidad espacial que, a pesar de todas las mutaciones políticas que había vivido durante un par de siglos, la unidad persistía y el espacio ahí presente servía para la movilidad de muchos actores. El viaje era constante y con entera libertad, entonces ¿a qué se debía esta gran libertad dada dentro del espacio del Mediterráneo? Nuestro autor nos da a entender tres factores, el primero de ellos es el concepto de ley personal no territorial, por lo que el individuo era juzgado de acuerdo a su comunidad; el segundo era el ascenso de un poderoso estrato comercial durante los siglos VIII-IX, el cual, dominando el Mediterráneo requería de mayor libertad en sus movimientos; y por último, todos los reinos pertenecientes a dicho espacio poseían una tradición común de larga data; a modo de ejemplo los judíos aprovechan bastante bien este nuevo contexto pues pueden navegar por todo el Mediterráneo de forma libre y más o menos segura.

A partir de lo dicho, podemos terminar diciendo que la expansión musulmana y paralela configuración del califato no significó una ruptura geopolítica y geoeconómica entre las relaciones del mundo “oriental” y la Europa cristiana, sino que más bien debemos comprender que se establecen nuevas redes de intercambio, espacios y polos de poder que a la larga perpetúan una tendencia muy anterior en la que el Mediterráneo representa un espacio que conecta a los diferentes reinos que se ubican en su entorno.

[1]  Mantran, La expansión Musulmana,  Editorial Labor, Barcelona 1982, P. 77

[2]  Acá nos ceñimos a los que Immanuel Wallerstein define como Imperio mundo. Es decir, un sistema histórico en el que se configura una suerte de red burocrática, económica y en cierta medida cultural, cuya principal característica es la existencia de un poder político unificado.

[3] S.D. Goitein, La Unidad del mundo Mediterráneo a <<mediados>> de la Edad Media.

[4]  López, La importancia del mundo islámico en la vida económica europea.



Categorías:Historia

Deja un comentario

A %d blogueros les gusta esto: