La enajenación y la sociología burguesa

Un asunto que atañe significativamente a la sociología es una aparente contradicción que se está manifestando en la sociedad del siglo XXI, y es que por una parte vivimos en un momento de mayor nivel de riqueza y desarrollo humano (entendido como el Índice de desarrollo Humano del PNUD), pero por otra el conflicto social no se ha disminuido, todo lo contrario, o se ha incrementado con el pasar de las décadas, o como mínimo no se ha reducido. Esta aparente contradicción ha llevado a los diferentes sociólogos del mainstream a emprender en diferentes diagnósticos; en términos generales lo que observamos es la típica disputa entre quienes ven a la sociedad como un organismo ordenado, y en consecuencia el conflicto es esporádico y menor, y quienes creen que el conflicto es natural en la sociedad, pero este no tiene raíces en las relaciones sociales de producción sino que en la mera distribución del ingreso. Hablo del debate entre el funcionalismo y el Conflictismo, corrientes sociológicas que primaron durante el siglo XX pero que hasta el día de hoy mantienen vivas sus premisas dentro de la sociología burguesa.

En este sentido para el primer grupo el conflicto al ser meramente esporádico la sociedad misma se entiende como un organismo donde cada persona y grupo se rige por normas y funciones determinadas, este tipo de eventos es explicado por causas determinadas que llevan a la anomia social, lo que se plantea muchas veces en términos irredargüibles. El segundo grupo es más sensato en el análisis, ve en el conflicto asuntos como “el desarrollo desigual” o “promesas políticas incumplidas” que provocan un malestar social que termina desembocando en este tipo de protestas.

Es decir, si asumimos la premisa de una sociedad naturalmente ordenada, debemos decir que los diferentes roles sociales son tanto inherentes como necesarios, y de ambos elementos se concluye que la sociedad en conjunto entiende su labor y papel, por lo que al momento de detonar conflictos necesariamente debemos percibir un declive en tales valores sociales -la Anomia-, lo cual conlleva a la desviación de patrones socialmente aceptados. Se entiende por qué muchos sociólogos y analistas de diferente índole asumen que la sociedad ha degenerado a veces inesperadamente, por lo que muestran su sorpresa frente a sucesos como las protestas en Chile iniciadas tras el 18 de octubre de 2019.

Por el contrario, si asumimos la segunda premisa, el problema está en el mercado, en la distribución del ingreso, es un asunto que por ende se puede solventar redistribuyendo el ingreso y aplicando reformas que den cabida a la solución. Esta premisa asume que el conflicto es la norma, pues, tal y como Dahrendorf lo creía, no podía existir consenso social sin conflicto, por ende, aceptada la premisa queda concluir que el conflicto se origina solo por “la desigualdad”, “la corrupción” o “la pérdida de confianza en las instituciones”, todos problemas que pueden ser solucionados mediante la ingeniería social, la lectura legal y una docta administración pública.

En efecto, para cualquier persona de España, Chile, Francia, Estados Unidos, Hong Kong, Egipto, Venezuela o Sudán le será común encontrar ambas premisas en las diferentes lecturas sociológicas.

Simplificado todo:

  1. O la sociedad es un organismo que tiende al orden y el conflicto viene de la anomia
  2. O la sociedad mantiene tanto orden como desorden, cuyos problemas se pueden solucionar mediante herramientas reformistas

El principal problema que presentan ambas posturas es que empíricamente no se sostienen,

Si aceptamos 1, y el conflicto se deriva de una anomia, deberíamos ser capaces de cuantificar esta desviación social a partir de factores objetivos y tangibles. ¿De dónde viene esta desviación? ¿Es que la educación y los pilares sociales funcionan peor que hace 50 años? No parece ser una afirmación que pueda ser mantenida sin la fuerza de un argumento dogmático. El nivel educativo es cada vez mayor, y los pilares sociales que cimentan el orden social en general (refiriéndonos a Europa occidental, Estados Unidos y buena parte del mundo) no han vivido un proceso de denigración coherente que dé cabida a tal conclusión. Sí podemos argüir que ha habido cambios, como la secularización social, el ingreso de la mujer al trabajo, o la mayor conciencia en temas como la discriminación a minorías o nuestro el cuidado de nuestro ecosistema, pero al postular que el problema está en esos cambios, lo único que se está haciendo es identificar en el cambio (o estos cambios), lo negativo, por lo cual se cae en un axioma contradictorio, dogmático y poco riguroso. Por ejemplo si establezco que la secularización es la causa del anomia, estoy indicando que es la religión un pilar central en la sociedad y sin ella, esta se degenera, pero por el contrario puedo establecer objeciones a partir del mismo desarrollo social cuantificado en diferentes indicadores, por lo tanto es complicadísimo sacar tal conclusión si no es con la fuerza y el poder del guion.

Tiene lógica que este discurso haga juego a la ideología conservadora que cae en argumentos dogmáticos como el marxismo cultural, pero si lo que buscamos es un análisis más certero y sobre todo racional, aplicando el método científico, no podemos establecer en ningún caso un axioma como “a mayor religión mejor sociedad”. E incluso si asumimos que la religión ha jugado un rol fundamental en la sociedad (cierto), no podemos con ello decir que la secularización provoca la anomia (falso), necesariamente lo que tenemos que asumir es que a raíz del continuo cambio social, la secularización como parte de este cambio, puede traer buenos o malos resultados.

Podemos llevarlo al planteamiento de premisas:

  • La sociedad ha cambiado. Antes poseían A y ahora B. Luego este cambio ha provocado la anomia.

En este caso se está aplicando una falacia Post hoc ergo propter hoc, por lo cual caemos en un error lógico. Se puede buscar la mejoría planteándola en los siguientes términos;

  • La sociedad ha cambiado. Antes poseían A y ahora B. A funcionaba, B no funciona, de allí viene la anomia.

Sin embargo se sigue cometiendo el error, por tanto irremediablemente es menester aplicarlo desde otra perspectiva.

  • La sociedad ha cambiado. Este cambio ha llevado a la anomia.

Ahora no estoy afirmando una falacia afirmación de consecuencia entre dos elementos (A-B), pero el problema es el mismo, ya que si digo que es “el cambio” es el origen del problema, entonces el problema es el cambio, ya que el cambio lleva a la anomia.

Pero entonces para desarrollar más esta idea se puede decir que hay cambios buenos y cambios malos, siendo el cambio un proceso natural en toda sociedad. Así, se puede decir que;

  • La anomia se origina de un cambio negativo.

Estableciendo entonces (por ejemplo), que hay cambios negativos (la secularización) y cambios positivos (la centralización del poder en una república).

Sin embargo, desde el momento en que aceptamos que el cambio es natural, tanto como el paso del niño al adolescente, podemos decir que el cambio tanto negativo como positivo es natural, por ende el mismo proceso de la anomia no debiera ser casual y en consecuencia la sociedad no es un organismo que tiende al orden, dando de facto apoyo a la tesis conflictivista, esto es, la sociedad normalmente tiene conflictos y de estos surge el consenso social.

¿Es entonces el Conflictismo la respuesta central a todos estos problemas?

Para entenderlo primero deberíamos comprender de dónde viene el conflicto, cuál es su génesis. Si para el funcionalismo el conflicto social es esporádico, para sociólogos como Dahrendorf o Rex éste es natural e inherente, pero a su vez funcional. Seguimos en lo mismo, hasta ahora lo único novedoso planteado en el estudio científico de la sociedad es decir que esta no es estable ni ordenada sino que mantiene un continuo conflicto, pero entonces la pregunta a responder es, ¿de dónde viene el conflicto?

Alguien puede responder que es natural y por lo tanto su origen está en el mismo cambio. Pero en ese caso lo que estamos haciendo es un razonamiento simplista que valdría lo mismo a decir que la Tierra está como está gracias al paso del tiempo.

Necesariamente se debe buscar una sustancia que explique el origen de este conflicto. El funcionalismo reconocía que la estabilidad social descansaba en unos pilares determinados, a la inversa, ¿dónde descansa el conflicto social?

El razonamiento alcanzado por Dahrendorf es el que sigue: El conflicto surge entre grupos que se encuentran en contacto, lo cual es lógico porque tiene más sentido que haya conflictos entre vecinos de una misma urbanización en Madrid, que entre un vecino de dicha urbanización y un taxista que trabaja en Barcelona. A su vez existe una autoridad que emana de estos grupos sociales, la cual irremediablemente conlleva dominación, y además esta autoridad no es constante sino que se encuentra en diferentes asociaciones (conocidas como asociaciones imperativamente coordinadas); autoridad que, a diferencia de Marx no tenía un vínculo necesariamente directo con las relaciones económicas. Ejemplos de estas organizaciones son los sindicatos, empresas, universidades, partidos políticos, y un largo etcétera, todas cumplían su rol en la organización social y también en todas existía un conflicto latente.

En sí siempre había dos grandes clases; por un lado, la que ostentaba la autoridad supraordinada y, por otro, la que es subordinada, y a pesar de que ambas tengan intereses contradictorios, quienes formaban parte de la autoridad en un grupo (por ejemplo en un sindicato), no necesariamente ocupaban la misma posición en otro (por ejemplo en la hinchada de su equipo), ergo la autoridad no es una constante. Este conflicto se basaba en la mantención/cambio del status quo con el fin de mantener/modificar la distribución de ciertas ganancias (en este sentido un ejemplo clarificador podría ser el de un director general en una gran empresa y su participación como afiliado de un partido político, en la empresa él formaba parte de la clase dominante, en la segunda es solo un miembro más donde debía seguir las directrices de la mesa central, es decir, era por un lado dominante y por otra dominado, diluyéndose el poder dependiendo del ámbito observado).

Dos cuestiones importantes se deben mencionar.

Primero, no se puede entender el Conflictismo sin leer y comprender el funcionalismo. En este aspecto esta teoría sociológica está corta, y es que si indica que en la sociedad hay tanto consenso como conflicto, se desarrolla en torno al conflicto pero el consenso como concepto no es desarrollado, y esto ocurre porque descansa en los principios del funcionalismo al momento de explicar cómo se estructura ordenadamente una sociedad. Esto significa que no es más que otra cara de la moneda.

Segundo, el Conflictismo en su intento por alejarse del marxismo y dar pie a una teoría que fuera útil para el discurso apologista propio al mainstream se opuso tajantemente a la concepción de clases sociales de Marx y Engels a su juicio (erróneo) encerradas en un mecanicismo economicistas. Por este motivo la clase social pierde un sentido vinculado a las relaciones sociales de producción y ahora tiene sentido en diferentes asociaciones cuyo dilema principal es la autoridad, el alcance de objetivos y la distribución de ganancias. Desde este punto de vista en una empresa el conflicto entre trabajadores y gerentes podía darse a raíz de la distribución del ingreso, pero en un club de fans de algún grupo KPOP el conflicto podría originarse en diferentes perspectivas de publicidad o gestión.

Aciertan en identificar dos principios fundamentales:

  1. Los conflictos vienen dados entre cercanos
  2. Los intereses dentro de estos grupos varían dependiendo del foco dado, no todo es economía

Esto solo significa que hay conflictos en diferentes grupos y el origen está en la distribución de los logros de la asociación (o asociaciones). Por este motivo, cuando buscamos la sustancia común, esa sustancia es la distribución. El axioma correcto entonces debe ser asumido en que existen grupos sociales, todos contienen subgrupos que se escalonan en jerarquías y que entran en conflictos entre sí. Hasta aquí seguimos dando por acertada la explicación de Dahrendorf, sus contemporáneos y seguidores.

Sin embargo, si existen grupos enlazados por intereses comunes, ¿estos intereses se pueden jerarquizar? Reformulando, ¿Qué es más relevante, mi pertenencia a un club de fans o a una empresa? La respuesta inicial puede ser “cualquiera dependiendo de los intereses de la persona”, pero en realidad cuando lo observamos desde una perspectiva lógica hay prioridades a las que ceñirse, y antes de todo se debe comer, por este motivo los principales intereses siempre son los relacionados con las necesidades primarias y principales. En suma, si bien es cierto existen diferentes grupos sociales con sus respectivos subgrupos, estos se organizan jerárquicamente en una relación socioeconómica, en suma, hay conflictos que priman sobre otros y consecuentemente, hay autoridades que priman sobre otras.

Si existen jerarquías poco importa que un empresario multimillonario pertenezca a un club de Golf sin ser el presidente del mismo, eso se diluye en grados de importancias muy secundarios. Luego, que una determinada sociedad mantenga una interrelación entre diferentes asociaciones no conlleva en caso alguno que las prioridades se diluyan, por ejemplo si un equipo de baloncesto está compuesto por personas con realidades socioeconómicas muy distanciadas, eso solo significa que en un aspecto determinado de su vida tales intereses coinciden, en todos los demás los intereses son contradictorios.

La clase dentro de estos grupos pierde importancia frente a la clase social vinculada a las relaciones sociales de producción. En consecuencia que haya diferentes grupos y subgrupos sociales no significa en caso alguno que la concepción clasista de Marx y Engels se diluya, más bien se entiende de manera más acabada la realidad social. Y es que el gran error de Dahrendorf, Rex, et al, residió en la errada lectura de materialismo histórico simplificado y mecanicista.

¿Y el conflicto puede entenderse como mera distribución? Si vemos los hechos sí, pero ver los hechos solo como hechos de manera descriptiva no entrega una respuesta completa. En su intento por presentar una teoría que superara al materialismo histórico, el Conflictismo intentó redefinir la misma sociedad capitalista, incluso llegando al punto de decir que ya no existía tal sistema pues ahora nos encontrábamos inmersos en un sistema nuevo y diferente al estudiado en pleno siglo XIX: ya no había una burguesía, había accionistas, tampoco había un proletariado sino una ciudadanía fruto de la masificación del sufragio, ni la explotación del siglo XIX era una constante debido al avance del Estado de bienestar y otros derechos sociales. Conclusión, la lucha de clases decimonónica había sido superada por una lucha institucional. ¿Cuál es el común denominador? La distribución. De aquí emergen lecturas y diagnósticos que hablan de una ciudadanía que pretende subirse al proceso de la modernización, o que al estar más informada busca empoderarse más en los asuntos públicos. Si siempre hay conflictos, estos tienen una explicación diferente solo conectada en la distribución dentro del mercado, mas ¿cómo podemos definir al mercado si no es como el mismo reflejo de relaciones sociales de producción concretas, materiales y clasistas? Si alguien dice que se trata de un espacio de intercambio, ¿de dónde proviene este intercambio? De productores, ¿y cómo se compone esta producción? Por empresas (en su mayoría) y autónomos, ¿y cómo se estructuran estas empresas? Con capitalistas y trabajadores.

Por eso para Dahrendorf era importante indicar que la relación de capitalistas – proletariados había desaparecido estableciendo nuevas relaciones desde el desarrollo económico, pero en realidad estos cambios no impactan en la relación de producción esbozada por Marx y Engels. Por ejemplo, aun cuando ya no haya un capitalista dueño de la empresa pues ahora hay una sociedad anómica con una mesa de accionistas mayoritarios, el hecho es que en esencia cumplen la misma función y tanto el dueño de la empresa como la mesa de accionistas son la misma clase. El mismo fortalecimiento de la estructura gerencial durante el siglo XX no implica una “nueva clase social”, ya que en estricto rigor no es más que la especialización de funciones dentro de la misma clase capitalista. Sí, se estudiaron correctamente los patrones de cambio, pero la conclusión no ha sido correcta.

Por último, si el problema es la distribución, ¿cuál es la solución? Pues redistribuir equitativamente la torta. Empero, ni existe una correlación positiva de “mejor distribución” -> “menos conflicto”, así como la misma solución redistributiva siempre tiene un límite: las relaciones sociales de producción.

*Cabe destacar que por redistribución no solo entendemos lo salarial y económico

Una última reflexión significativa podría señalar el Conflictismo, si los conflictos se perpetúan tras correctas medidas de redistribución es porque los grupos siempre buscarán arrimar hacia sus propios intereses. Es decir, independiente de una relación 80/20, 90/10 o 50/50, siempre unos querrán 1/99 (o lo más cercano) o 99/1 (o lo más cercano). ¿No estamos diciendo entonces que el origen de este conflicto va mucho más allá de cuestiones superficiales y tiene un lazo profundo (y causal) con el capitalismo como sistema bajo el significado de Marx y Engels? Pues aparentemente sí, con la diferencia que se intenta impregnar el conflicto como un proceso que supera la misma explotación, pero si no hay explotación y contradicciones inherentes al proceso de acumulación, entonces el conflicto surge solo del interés subjetivo de cada grupo por modificar el status quo, perdiendo sentido la búsqueda de causalidades, ya que la única causa detrás de todo es la misma existencia del conflicto como reflejo del consenso. Ya que cambiar “explotación” por “dominación” implica lo mismo que al asumir que el poder no viene de la propiedad, sino que al revés, del poder viene la propiedad. ¿pero cómo logro aterrizarlo a la realidad? La misma objeción al concepto de explotación no se logró, pues solo se apelaron a frívolos análisis económicos. Asumiendo que la explotación sí existe, entonces el poder necesariamente emana de esta y no al revés. Pero si por el contrario asumimos que la explotación no existe y que es el poder el que da pie a la propiedad, nos encontramos en el mismo universo teórico contradictorio, ¿de dónde viene el poder? De la autoridad, ¿y esta autoridad cómo existe? Porque la sociedad así se encuentra estructurada, pero resulta que hablamos de una sociedad que genera valor mediante el trabajo social, ese es su nutriente más valioso, es decir el poder descansa en una sociedad que se alimenta de relaciones sociales de producción, ¿cómo se puede negar esto?

Pero si esto es así, ¿qué hace de la teoría marxista más válida para analizar el conflicto?

Tres conceptos:

  1. Trabajo abstracto
  2. Fetichismo
  3. Enajenación

Todos estos conceptos están altamente relacionados entre sí, así como con la estructura clasista, por lo tanto, para comenzar con su explicación vamos a dar por válidas las siguientes premisas:

  1. Existe la explotación del hombre por el hombre
  2. Existen las clases sociales
  3. Las clases sociales existen en su relación con el punto 1.

Para entender qué es el trabajo abstracto debemos entender también que es el trabajo concreto. Esta distinción que Marx realiza en el tomo 1 del Capital está vinculada al valor de uso y de cambio. ¿A qué nos referimos cuándo hablamos de ambos tipos de trabajos? En realidad, a dos dimensiones dentro del mismo trabajo humano.

Para entenderlo, digamos que tenemos a un campesino que produce patatas. Su trabajo concreto, viene a ser su producto, las patatas. Este trabajo entonces debe generar valores de uso en la sociedad, caso contrario no es validado [valor de uso]. Así, si en lugar de patatas cosecho maleza, probablemente la validación sea nula o insignificante, es decir, no se podría vender en el mercado.

Ahora, ¿cómo se pueden comparar diferentes valores de uso?

Porque si 2K de patatas equivalen en el mercado a 1 silla, estamos haciendo una validación ex post pero nos ubicamos frente a un problema, ya que tanto el trabajo para cultivar y cosechar patatas es cualitativamente diferente al trabajo usado para fabricar una silla.

Es en este momento en que necesitamos comenzar con la abstracción. Si [2K de patatas = 1 silla], debe existir una sustancia común entre las patatas y la silla. Esta propiedad no puede ser ninguna cualidad física de las mercancías porque estas se relacionan a los valores de usos los cuales son cualitativamente distintos per se. Ahora si hacemos abstracción del trabajo como productor de valores de uso, nos queda que todos los trabajos son gasto de energía, músculos y nervios. El valor representa gasto humano puro y simple.

Ese vendría a ser el trabajo abstracto.

Mientras el concreto es material y visible, el abstracto tiene que ver con el gasto humano de energía, un contenido idéntico en toda producción, pero cuantitativamente diferente en cada mercancía. Ambas son dimensiones propias del trabajo mismo, y en los modos de producción precapitalistas ambas estaban patentes.

El artesano o campesino medieval gastaba energía en producir sus mercancías, las cuales luego podía intercambiar por otras en el mercado. Dado una estructura económica diferente (por ejemplo primacía de pequeños productores en las urbes medievales), el trabajo abstracto no existía autonomizado del trabajo concreto, ni se subordinaba la producción de valores de uso a la generación de valor, esta misma solo se produce en la sociedad capitalista.

Cuando nos posicionamos dentro del marco capitalista, debemos asumir como premisa que en una sociedad con los medios de producción privatizados el trabajo debe validarse como trabajo social solo a través de la venta de la mercancía.  Debido a que la validación surge ex post en la venta, cada productor produce independiente de sus necesidades un valor de uso para otros, no para sí. Por eso las mercancías para ser valores de uso antes deben realizarse como valores; pero inversamente para ser valores deben ser valores de uso para sus compradores. De aquí surge una interdependencia entre compradores y vendedores, este principio regulador es ante todo social que se estructura cuantitativamente en el sistema de división de trabajo entre sus miembros, y en una base social con los medios de producción privados que convierte la mercancía en producto del trabajo lleva a que los productores no dominen las relaciones que han establecido entre ellos. Este sistema de dependencia se impone a través del precio, y este principio es el trabajo socialmente necesario, por eso la escisión entre el trabajo concreto y abstracto y la subordinación del primero al segundo se manifiesta en el carácter cosificado de la relación entre productores.

En consecuencia es en la sociedad capitalista y no en otros sistemas donde se desatan procesos de sobreproducción, burbujas y capacidad ociosa. Un ejemplo contrario podría ser el ejemplo de Robinson Crusoe, una persona (que representa a la sociedad) en una isla que entiende que puede acceder a X, Y, Z productos luego de invertir A, B y C de trabajo, distribuye ese trabajo según sus propias necesidades. En cambio en una sociedad capitalista tal relación se bifurca llevando a ilusiones sociales (fetichismo), la producción no se realiza pensando directamente en las necesidades sociales sino que en el trabajo abstracto bajo forma de valor: se produce X para obtener $, se cambia el ciclo M-D-M por D-M-D*. Ya se observa que la generación de plusvalía intensifica este proceso de valoración de capital adelantado,

En este contexto ya se puede ir vislumbrando el fetichismo entendido como una situación en la cual la relación social entre personas toma la forma de cosas, y las cosas parecen tomar vida propia, independiente de los seres humanos y dominando su vida (Marx por ejemplo decía que el economista común pensaba que el valor (de cambio) era una propiedad de las cosas).

Si en el intercambio se igualan tiempos de trabajos objetivados (hallazgo de la Economía Clásica), la pregunta que Marx buscó responder es por qué el valor toma esa forma. Pero este valor no puede provenir de sus propiedades físicas o químicas, es más bien una propiedad objetiva social que surge de las relaciones sociales entre los seres humanos. El mismo debe expresarse con un lenguaje objetivo debido a que lo que llega al mercado no es un trabajo vivo sino que un trabajo muerto y coagulado, por eso tampoco el valor puede expresarse solo a través de las cosas. De allí a que el valor -como trabajo humano coagulado- debe expresarse en su relación con un equivalente en el mercado, el dinero. Estamos ahora en una relación cosificada que escapa el control consciente, estamos en un mundo donde las mercancías “hablan entre ellas” a través del lenguaje de los precios y por esa vía se regulan, distribuyen y sancionan los trabajos vertidos bajo la forma privada y sus tiempos; lo que en el fondo viene a transmitir la relación anárquica que surge de una relación mercantil (que se desarrolla plenamente con el capitalismo) que se autorregula por medio del precio que toma “una forma autónoma”.

La clave está en preguntarse de dónde viene el carácter místico de las mercancías, y ya que no puede provenir de su valor de uso ni del contenido específico de las determinaciones del valor, el origen es el tiempo de trabajo invertido como común denominador (gasto de energía, músculos y nervios), ¿cómo entonces adquiere tal manifestación mística de la mercancía? De la misma forma en que adquiere su forma de mercancía, en otros términos, todo el misterio de la forma de mercancía reside en la naturaleza de las formas y relaciones sociales reflejadas en la naturaleza social del trabajo de los seres humanos que se expresa ante estos como propiedades objetivas de las cosas que producen.

De esta fetichización y la autonomización del trabajo abstracto sobre el trabajo concreto, fenómenos que no pueden entenderse por separado, deviene la alienación (o enajenación) social.

Y es que si entendemos que el trabajo es la fuente de todo valor creado en la sociedad, y a la vez es la esencia del ser humano (homo faber), y que por ende toda manifestación política, social y cultural deviene de lo anterior, cualquier modificación en las relaciones sociales de producción (vinculadas directamente con el trabajo), afecta directamente estos planos sociales.

Estamos entonces en una situación contradictoria. El trabajo es social, pero en determinadas sociedades la producción se privatiza. Este mismo hecho lleva a que el trabajo como fuente del desarrollo y realización humana, pierda el sentido social pues es despojado.

En este aspecto, desde que existe la propiedad privada existe la alienación, es decir, un proceso de desposesión del hombre en su esencia misma, y es que si la naturaleza del hombre es su trabajo, la privatización de los medios de producción implica irremediablemente una enajenación social del hombre.

Y este proceso se ve reflejado en diferentes niveles:

  • Alienación religiosa: el hombre aliena su esencia proyectándola en Dios
  • Alienación política: el pueblo aliena su vida en el Estado
  • Alienación filosófica
    1. La filosofía como un pensamiento abstracto que irremediablemente justifica el status quo
    2. La filosofía como un sustituto de la religión
  • La alienación social: la humanidad está alienada en la lucha de clases
  • Alienación económica:
    1. Respecto del producto del trabajo
    2. Respecto del acto del trabajo
    3. Respecto de la naturaleza
    4. Respecto de otros hombres

Es decir, al privatizar los medios de producción toda la sociedad se aliena. Podemos definir este efecto generalizado como “un primer nivel de alienación”, pero es con el capitalismo que este proceso de alienación se intensifica ya que no solo existen medios de producción privatizados, sino que la privación de estos es padecida por una gran mayoría de la población.

Según las palabras de Marx:

(…) cabe preguntar: ¿cómo surge este extraño fenómeno de que nos encontramos en el mercado un grupo de compradores que poseen tierras, maquinaria, materias primas y medios de vida, que son todos, fuera de la tierra virgen, productos del trabajo, y, por otro lado, un grupo de vendedores que no tienen nada que vender más que su fuerza de trabajo, sus brazos laboriosos y sus cerebros? ¿Cómo se explica que uno de los grupos compre constantemente para obtener una ganancia y enriquecerse, mientras que el otro grupo vende constantemente para ganar el sustento de su vida? La investigación de este problema sería la investigación de aquello que los economistas denominan “acumulación originaria o previa”, pero que debería llamarse, expropiación originaria. Y veríamos entonces que esta llamada acumulación originaria no es sino una serie de procesos históricos que acabaron destruyendo la unidad originaria que existía entre el hombre trabajador y sus medios de trabajo

  1. Marx, “Salario, precio y ganancia”. En Marx y Engels, Obras escogidas.

Tal es la consecuencia de la privatización de los medios de producción que Marx y Engels indican en La Sagrada familia que “La clase poseedora y la clase del proletariado representan la misma autoenajenación humana. Pero la primera clase se siente a sus anchas y confirmada en esa autoenajenación, sabe que la enajenación es su propio poder y posee en ella la apariencia de una existencia humana; la segunda se siente aniquilada en la enajenación, descubre en ella su impotencia y la realidad de una existencia inhumana”.

La alienación implica en primer lugar una separación entre el ser humano y la naturaleza, específicamente desde la aparición de la sociedad de clases y el Estado: ahora el ser humano debe tener un trabajo para obtener lo que antes obtenía directamente de la naturaleza: medios de trabajo y medios de subsistencia.  Pero esto tiene implicancias políticas y filosóficas-teológicas, si la sociedad se estructura de una manera en que existe una oposición clasista, la superestructura debe ser operativa, y tanto el Estado como todas las manifestaciones del pensamiento y la religión juegan un rol clave en su mantenimiento. No es de extrañar que desde que existe el Estado, se le observe como un ente ajeno a la sociedad, a pesar de que en el fondo el poder de este Estado (como se concluiría siglos después) proviene de la misma sociedad.

Sin embargo durante muchos milenios y a través de diferentes formaciones sociales, este grado de enajenación no alcanzó la plenitud que se daría con el capitalismo. Por ejemplo durante el feudalismo los artesanos tenían pleno dominio sobre su trabajo en tanto la diferencia de “trabajo abstracto-trabajo concreto” era mínima, siendo dueño de sus medios de producción era también dueño de su trabajo y del producto. En general este artesano (o el mismo campesino) no se enajenaba en el trabajo, sino que mantenían una unidad indiferenciada con respecto a su trabajo y sus medios de producción, y con ello su propia esencia como artesano tenía una gran relación con su vida familiar y social, incluso a nivel espacial había una conexión, así como también el conocimiento se transfería de padres a hijos.

Con el grado de privatización que alcanza el capitalismo, esta enajenación se vuelve absoluta: ahora tenemos a una gran mayoría de la sociedad despojada de los medios de producción, siendo su única opción y salida para mantenerse el vender su fuerza laboral a un capitalista que posee los medios de producción, en este proceso el trabajador se aliena con respecto al producto, el acto del trabajo y el mismo se convierte en una esfera separada de su vida privada. El proletario moderno a diferencia de artesano o el campesino, o no se preocupa o se preocupa mucho menos en el trabajo que hace, y ahora lo experimenta cada vez más solo como un gasto de energía (que es resultado de la superposición del trabajo abstracto sobre el concreto) a cambio de un salario, no hay entonces una realización ni un dominio sobre el proceso y por eso ya no mantiene una relación servil como sí ocurre con el artesano medieval quien está cautivo de sus condiciones de trabajo. El proletariado moderno en cambio, al no preocuparse por el trabajo que realiza (producto de la alienación), cultiva el germen de una libertad, un aspecto que el antiguo trabajador no poseía.

Si nos detenemos un momento, todos estos fenómenos (la autonomización del trabajo abstracto, la fetichización y la alienación) vienen provocados por cambios profundos en la organización de las relaciones sociales de producción, por tanto no se pueden modificar solo “controlando o suprimiendo el mercado” (postura que se origina por una parte en todas las corrientes sociológicas que suscriben al socialismo burgués, y por otra al nacionalismo estatista de estilo bonapartista como el chavismo), lo que marca una diferencia significativa con las posturas y pilares del Conflictismo, pero entonces, ¿qué evidencia hay de que la posición marxista tenga más validez?

Recuérdese que, para Dahrendorf, Rex, et al., el conflicto social no viene dado de una constitución de clases sociales basadas en las relaciones sociales de producción, sino que en el poder, un poder que se ve como algo desligado de lo anterior. Por ende, en un país con mayores alcances sociales, equidad y derechos civiles, el conflicto debiera menguar y reducirse a lo menos trascendente, o en el peor de los casos mutar a nuevas formas. Por ejemplo si en 1930 los conflictos laborales eran mucho más comunes eso se podría entender que ocurría porque en ese entonces las condiciones objetivamente eran peores, hoy en cambio el conflicto se manifestaría en otros términos, por ejemplo ya no en la temática laboral (porque está ha evolucionado), sino que en materia ecológica, igualdad de géneros o la discriminación. Alain Touraine indicó en su momento que “los problemas laborales y salariales han perdido relevancia, pero que la formación de nuevos actores, y por consiguiente el renacimiento de la vida pública, pasa a menudo por la reivindicación de una serie de derechos culturales, y que ese género de luchas, más que los movimientos directamente opuestos a la lógica liberal, es el que merece el nombre de “movimientos sociales”, si bien es cierto que no existe movimiento social alguno en el cual la reivindicación que contiene no se acompañe de un rechazo” (A. Touraine, ¿Cómo salir del liberalismo?).

Pero como sabemos, esta corriente no hizo un análisis profundo especialmente en el origen mismo del poder y la autoridad en su relación con la propiedad sobre los medios de producción.

La sociología burguesa ha cuestionado el análisis marxista porque lo considera en el mejor de los casos desfasado y propio al siglo XIX, advirtiendo que desde el siglo XX ha habido dos grandes cambios, por un lado la situación del trabajador ha mejorado (es decir ha habido una mejoría cuantitativa), y por otra se ha perdido la nitidez relacionada a la explotación y la lucha de clases. Es cierto que ha habido constantes cambios en más de 150 años desde que Marx y Engels analizaron la sociedad: hay nuevos derechos sociales y económicos, han mejorado las condiciones económicas, la esperanza de vida se ha incrementado, lo mismo el analfabetismo, pero esto se puede explicar desde el mismo desarrollo de las fuerzas productivas, en tanto la base sigue siendo la misma.

Es significativo analizar algunos datos laborales de La encuesta europea sobre las condiciones de trabajo (EWCS):

  • Con respecto a la organización de los horarios, por norma general es minoritaria la cantidad de trabajadores puede decidir el horario laboral. Si hay posibilidad de elección es sobre las opciones entregadas por la empresa.
  • Más o menos 1/3 de los encuestados indica que su trabajo no implica realizar tareas complejas.
  • Entre un 30 y un 40% de los encuestados indica que su trabajo no requiere aprender cosas nuevas.
  • Cerca de un 50% de los encuestados no aplica sus propias ideas al trabajo
  • Igualmente cerca de 1/3 de los trabajadores no puede elegir o cambiar el orden de sus tareas.
  • También un aproximado 30% no puede elegir o cambiar el ritmo de su trabajo.
  • Un 30% no puede elegir o cambiar el método del trabajo
  • Aproximadamente un 50% no puede dar su opinión respecto a la elección de sus compañeros de trabajo.
  • Un 40% no participa en la mejora de procesos relaciones a la organización del trabajo en su departamento o área.
  • Entre un 50 y 60% no influye en decisiones que son importantes en su trabajo.
  • Con salvadas excepciones, un cercano 50% de los trabajadores manifiesta que su trabajo implica realizar tareas monótonas.
  • Entre un 40 y 50% de los trabajadores indica que su trabajo no ofrece opciones de progreso profesional. La respuesta afirmativa no se dio en ningún país de modo mayoritario.
  • Dependiendo del país, la proporción de trabajadores que no cuentan con un sindicato o un comité de empresa que los represente varía, pero en general es más o menos un 50% con extremos como Noruega (17%) y Polonia, Albania, Estonia y Lituania (un 70%).
  • Entre un 40 y 60% de los trabajadores no cuentan con reuniones periódicas donde expresar sus opiniones.
  • Más o menos un 40% de los trabajadores piensa que la remuneración que recibe se acomoda a los esfuerzos y resultados.
  • Aproximadamente un 80% de los trabajadores se considera satisfecho con las condiciones de su trabajo, y un 70% siente que recibe el reconocimiento que merece por su trabajo.
  • Más de un 30% desearía trabajar menos horas que en la actualidad.

Todos estos datos, contextualizados en una de las zonas más desarrolladas del mundo son muy reveladores. En primer lugar porque al tratarse de un espacio del capital altamente desarrollado, indica que como mínimo la situación en el resto de las regiones es igual o mucho peor. Luego, la información demuestra que a pesar de que en general una buena parte de los trabajadores se sienten cómodos con su trabajo, no perciben una justa remuneración, ni un control en la dinámica misma de éste.

Un informe de la OIT realizado en Alemania, Estados Unidos, Finlandia, Polonia y Reino Unido y presentado el pasado 2020 entrega más información sobre el tema. Según esta organización:

Un estudio de la OIT acerca de las políticas y programas de salud mental  concernientes a los trabajadores de Alemania, los Estados Unidos, Finlandia, Polonia y el Reino Unido muestra que la incidencia de los problemas de salud mental está aumentando, hasta el punto de que uno de cada diez trabajadores sufre depresión, ansiedad, estrés o cansancio, que en algunos casos llevan al desempleo y a la hospitalización.

(..) En muchos países crece la jubilación prematura debida a problemas mentales, hasta el punto de estar convirtiéndose en el motivo más común para la asignación de pensiones de incapacidad.

Sra. Phyllis Gabriel, especialista en rehabilitación profesional y principal autora del mencionado informe, expresó su alarma por la magnitud que están adquiriendo los costos de estas preocupantes tendencias:

«Los empleados -dijo- sufren desánimo, cansancio, ansiedad, estrés, pérdida de ingresos e incluso desempleo, con el agravante, en algunos casos, del inevitable estigma que lleva asociado la enfermedad mental. Para los empleadores, los costos se traducen en términos de baja productividad, disminución de los beneficios, altas tasas de rotación de plantilla y mayores costos de selección y formación del personal sustituto. Para los gobiernos, los costos incluyen gastos de atención sanitaria, pagos por seguros y merma de renta a nivel nacional

(…)

En Estados Unidos, la depresión clínica se ha convertido en una de las enfermedades más comunes, que llega a afectar cada año a una décima parte de los adultos en edad de trabajar, con el resultado de una pérdida de aproximadamente 200 millones de días de trabajo anuales;

En Finlandia, más del 50% de los trabajadores sufren algún tipo de síntomas relacionados con el estrés, tales como ansiedad, sentimientos depresivos, dolor físico, exclusión social y trastornos del sueño; el 7% de los trabajadores finlandeses padecen un cansancio severo, que puede llevar al agotamiento, a actitudes cínicas y a una drástica reducción de la capacidad profesional, y los trastornos de la salud mental son ya la principal causa de pensiones por incapacidad en Finlandia;

En Alemania, los trastornos depresivos son responsables de casi el 7% de las jubilaciones prematuras y la incapacidad laboral por motivos relacionados con la depresión se prolonga dos veces y media más que la incapacidad provocada por otras enfermedades; el monto total de la producción perdida por el absentismo atribuible a trastornos de la salud mental se estima en más de 5.000 millones de marcos anuales;

En el Reino Unido, casi 3 de cada 10 empleados sufren anualmente problemas de salud mental y numerosos estudios indican que son comunes el estrés provocado por el trabajo y las enfermedades que causa; la depresión, en particular, es un problema tan extendido que, para cualquier momento que se considere, uno de cada 20 británicos en edad de trabajar está padeciendo una depresión importante;

Las estadísticas de sanidad pública en Polonia indican la existencia de un número creciente de personas que están recibiendo asistencia sanitaria mental, especialmente individuos aquejados por trastornos depresivos: una tendencia que puede estar relacionada con la transformación socioeconómica del país y con los consiguientes aumentos del paro, inseguridad en el empleo y descenso de los niveles de vida.”

La OIT ha escogido estos países no porque presenten una incidencia anormalmente elevada (es decir puede haber casos peores), sino porque son “emblemáticos de distintas maneras de concebir la organización del trabajo y los sistemas de protección, por encarnar distintos tipos de legislaciones, de asistencia sanitaria y de formas de abordar los problemas de la salud mental”. Es decir, para la OIT es una gran interrogante el origen de este problema considerando las distancias en las políticas públicas acogidas en los diferentes países, no obstante mencionan que “si bien los orígenes de la inestabilidad mental son complejos y se dan grandes diferencias entre los países estudiados en cuanto a prácticas laborales, ingresos y pautas de empleo, parece haber algunos elementos comunes que vinculan la alta incidencia del estrés, el cansancio y la depresión a los cambios que se están produciendo en el mercado de trabajo, debidos en parte a los efectos de la mundialización económica”. Estrés, cansancio y depresión asociada a la mundialización económica, o, dicho de otra forma, a la intensificación misma de las relaciones capitalistas. Entre los casos estudiados reconoce que la misma dinámica económica ha conllevado estas consecuencias, por ejemplo en Finlandia los cambios luego de la crisis de inicios de los 90 conllevó “cambios a la sociedad finlandesa y al mercado de trabajo finlandés, tales como un paro elevado, inseguridad en el empleo, contratos de corta duración y apremios de tiempo”, mientras que en Estados Unidos “han tenido que enfrentarse a circunstancias muy semejantes, incluyendo un despliegue de nuevas tecnologías y métodos de organización del trabajo impuestos por las exigencias inexorables de un aumento de la productividad” y en Alemania las reformas “llevaron también al estrés por los crecientes apremios de plazos de realización más estrictos y mayores exigencias en términos de calidad y cantidad de la producción”; ¿de qué estamos hablando si no es de la misma lógica del capital en una sociedad dividida en clases y un trabajo enajenado? Las consecuencias son visibles.

Fuente extraída del siguiente link:

https://www.ilo.org/global/about-the-ilo/newsroom/news/WCMS_008592/lang–es/index.htm

Frente a esto una sociología burguesa soslayaría estos hechos asociándolos solo a un residuo o un conflicto menor que puede ser trabajado desde una perspectiva reformista, indicando que lo negativo se puede corregir para mantener lo positivo, obviando que tanto lo que ellos identifican como negativo así como lo positivo, no son más que parte del mismo pack, en otras palabras no se pueden separar. Las consecuencias vistas en el informe de la OIT no son un residuo (como la basura de nuestros hogares que podemos reciclar en lugar de arrojarla en un basural pestilente), sino que una faceta más del mismo capitalismo que en la medida que se intensifica, intensifica sus efectos nocivos; en nuestro análisis, la intensificación de la productividad mediante la introducción de reformas internas en las empresas, flexibilización laboral y una acentuación de la competencia, no son más que otra cara misma del desarrollo del capital.

Para ir concluyendo, el valor detrás del análisis sociológico del Materialismo Histórico está en entender el potencial dentro del trabajo como emancipador social, así, la subordinación del trabajo concreto ante el trabajo abstracto implica que el trabajador moderno no sea un conservador, complaciente y un feliz sumiso como el trabajador medieval o prehispano, y ya que ha perdido todo excepto su propia fuerza de trabajo (que lo diferencia de un esclavo), es libre de luchar y demandar un cambio cada vez más estructural, por eso es a partir del desarrollo de las relaciones capitalistas que la clase trabajadora se volvió esencialmente revolucionaria, y por eso es esta clase y no otra, la cual puede emprender y construir un cambio, lo cual se vuelve cada día más posible conforme además de ser la clase que trabaja, se convierte en un grupo muy diverso cualitativamente hablando porque ya no solo incluye a operarios que realizan tareas simples, ahora también incluye a profesionales con los más variados estudios y experiencia.

Antes el trabajo era concreto y particular, en la actualidad es abstracto y universal, el objetivo es que sea concreto y universal, lo que va de la mano con la búsqueda por superar todo residuo del fetichismo y la misma enajenación, pero este nivel de análisis no se encuentra en la sociología burguesa, esta en cambio busca validar y justificar el status quo, y en ese intento siempre encontrará obstáculos insuperables bajo sus propias reglas teóricas, por lo que la única salida es el Materialismo Histórico.



Categorías:Sociología

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