Elecciones y más elecciones

Durante los últimos 6 meses 3 procesos electorales han captado mi atención. Por una parte las elecciones de Estados Unidos, por otra las elecciones Autonómicas madrileñas y finalmente las diferentes elecciones (y el eventual proceso constituyente) que se llevarán a cabo en Chile.

En Estados Unidos la elección presidencial de noviembre de 2020 dio como resultado la victoria del Partido Republicado y con ello la salida de Donald Trump de la presidencia. En España tras unas convulsas semanas, Díaz Ayuso rompió su alianza con Ciudadanos y adelantó las elecciones en la Comunidad para el 4 de mayo. En Chile el 26 de octubre de 2020 se celebró un Plebiscito con el objetivo de saber si la ciudadanía estaba de acuerdo con iniciar un proceso constituyente con el fin de redactar una nueva Constitución, el resultado como sabemos fue una victoria al sí; durante el presente año se realizarán las respectivas elecciones a los constituyentes y alcaldes (10 y 11 de abril), así como también las parlamentarias y presidenciales (21 de noviembre).

En general el sistema político de estos tres países mantiene importantes diferencias en lo respectivo a sus mecanismos de elección. Tanto en Chile como en Estados Unidos el sistema es presidencialista, pero en Chile la elección al presidente es directa mientras que en Estados Unidos se vota a los electores. En España en cambio, el sistema es parlamentario y la ciudadanía vota a los miembros del Congreso de Diputados y Senado, los cuales se coordinan para decidir quién será el presidente del gobierno (y un proceso similar ocurre en las elecciones autonómicas). Esto marca distancias en diferentes aspectos, como por ejemplo en Chile normalmente las elecciones presidenciales necesitan una segunda vuelta para decidir al ganador a diferencia de lo que ocurre en España y Estados Unidos.

Pero más allá de las distancias, podemos también observar sus similitudes: en estos tres casos, las campañas electorales han estado cargadas de un lenguaje soez y virulento, con acusaciones que demonizan a sus rivales con un único fin de convencer a un electorado que lleva años viviendo un proceso de radicalización. Sin embargo, algo que muy pocos toman en consideración es que el proceso electoral, más allá de su carácter circense, esconde una realidad de la cual pocos hacen mención a pesar de sentirla en su día a día: el poder cambia de partidos pero no de clase, lo cual se termina traduciendo en gobiernos decepcionantes, parlamentos inoperantes y jueces corruptos de cara a la ciudadanía.

Muchos entienden este problema como un error relacionado a la corrupción y a la inoperancia, yo en cambio, lo veo desde una perspectiva científica donde el poder materializado en un número de ciudadanos conocidos como “políticos”, tiene un directo vínculo con las condiciones materiales dadas en un espacio respectivo. Por este motivo, los cambios de gobiernos y parlamentos tienen en el fondo un mismo impacto que los cambios en la monarquía de antaño.

En Madrid probablemente Díaz Ayuso gane las elecciones (y en consecuencia Pablo Iglesia perderá todas sus opciones llevando a Unidas Podemos a replantear su liderazgo… si es que no lo están haciendo en este mismo momento). La explicación es muy sencilla, su gestión ha sido opuesta a la de Sánchez en todo lo respectivo a las medidas de confinamiento y cierres perimetrales, buscando discursivamente dar un apoyo a la hostelería y la ciudadanía cansada de no poder hacer una vida normal. Obviamente es fácil para ella actuar como actuó pues el gobierno es dirigido por el PSOE y Unidas Podemos, por lo que oponerse es lo fácil y lo lógico, valdría la pena preguntarse si el PP en el lugar de Sánchez hubiera actuado de un modo diferente, y, en consecuencia, si Díaz Ayuso hubiese obrado en consecuencia, pero esto ya es un tema aparte.

En Estados Unidos la llegada de Joe Biden a la Casa Blanca significó en una serie de medidas que revirtieron algunas polémicas decisiones de su predecesor, pero en términos generales Estados Unidos mantiene una política muy similar en muchos otros aspectos estructurales. Es cierto que se relajó la confrontación con China así como también la diplomacia hostil con otros líderes internacionales, pero a cambio volvemos a percibir un Estados Unidos más similar al de los años de Obama cuando se intervenía en nombre de la democracia en países como Siria.

En Chile a pesar de la victoria del sí, existe un ambiente de pesimismo tanto en amplios sectores de izquierda como también en sectores de derecha. Desde la izquierda se hace la lectura del plebiscito como un proceso amañado por la clase política, mientras que desde la derecha se percibe el mismo como expresión máxima de una crisis institucional que se venía cuajando desde hace años (al menos desde el gobierno de Bachelet). Curiosamente, son los partidos del centro político, donde Piñera se encuentra, los que ven en el Plebiscito una “victoria de la democracia”.

En Madrid, de ganar Ayuso, no habrá ningún cambio. En Estados Unidos con Biden en el poder, tampoco hay grandes cambios.

¿Y en Chile?

Todo dependerá de los Constituyentes que salgan electos, por supuesto, pero de momento lo que nos entregan ciertos sondeos (como Data Influye en enero) es que un 37% votaría por la Lista de Chile Vamos (que incluye al amplio espectro de la derecha), un 31% la Lista de Apruebo (que incluye la centroizquierda) y un 24% La Lista Apruebo Dignidad (que incluye al Frente Amplio y al PC). Si asumimos estos datos como correctos, más de la mitad de los constituyentes podrían pertenecer a la izquierda, pero por proporción todavía necesitarían pactar y consensuar con la derecha para ir avanzando en el desarrollo de los diferentes puntos de esta supuesta nueva Constitución. Si ese es el caso, es muy difícil ver un proceso como el venezolano (el gran miedo de la derecha), pero sí que tendremos un año marcado por consensos donde los extremos de ambos lados vivirán una continua decepción.

Algo similar puede ocurrir con el resto de las elecciones municipales, parlamentarias y presidenciales. Incluso si llegase al poder Jadue o Kast, el apoyo de partidos tradicionales será clave en su hipotética victoria, por lo que no podemos creer que sus respectivos programas sean desarrollados en un 100% (¿siquiera un 50%?).

Pareciera que el poder político siempre tiende al centro, como si este centro atrajera a los extremos con un fin determinado.



Categorías:Política

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