El problema con el espacio en la Geografía

En la actualidad existen dos grandes corrientes geográficas cuyas diferencias filosóficas y epistemológicas marcan una fuerte distancia dentro de su misma praxis al momento de elaborar estudios y proponer soluciones a problemas contingentes. El principal escollo que llevó a la bifurcación fue y sigue siendo el concepto de espacio geográfico; un concepto tan simple a primera vista, pero que en realidad conlleva una cantidad de tiempo en teorización y arduo trabajo reflexivo que, a pesar de los más de 150 años transcurridos desde que Ratzel iniciara su aportación geográfica, los geógrafos siguen separados en dos bandos. Aparentemente el espacio es algo más complejo de lo que se piensa.

En principio podemos resumir los dos grandes enfoques de la siguiente forma: en el primero los geógrafos tuvieron una marcada inclinación por la naturaleza o factores físicos y tratan de explicar que el espacio o conjunto observado es producto de una interacción de los elementos físicos como el relieve, la geomorfología, el clima, el suelo y la vegetación. En el segundo enfoque, el geógrafo considera como fundamental al individuo y a la sociedad que transforma, vive y construye el espacio. ¿Es el espacio un ente ajeno, natural, objetivo y dado, o por el contrario es subjetivo, social y propio de nuestras interacciones? Si se contesta que es objetivo, entonces el espacio irremediablemente determina el universo social, si por el contrario, el espacio es subjetivo, es la sociedad quien condiciona su propio desarrollo.

En un primer lugar el determinismo de Ratzel y sus seguidores se identificó con la primera posición, para él “la geografía del hombre no podrá tener una sólida base científica hasta que se sitúen como piedra angular de sus fundamentos las leyes generales que regulan la difusión de toda la vida orgánica sobre la Tierra”. En oposición, Paul Vidal de la Blance reconoce la libertad del humano con el medio físico y consideró que el medio natural confiere múltiples posibilidades a las sociedades, por eso Lucien Febvre nombró a esta concepción como posibilismo.

Vidal de la Blanche se centra en el “espacio regional”, siendo la región el “Género de la vida”, lo cual define “como el conjunto de acciones y características de un grupo social, relacionadas funcionalmente y representadas por las tradiciones y costumbres que expresan la forma en que el grupo se adapta a las condiciones del medio geográfico. El género de vida se representa en una unidad espacial que es la región”. Este espacio formado por unidades espaciales con características comunes y con una autonomía funcional pasa a ser el centro de la atención de los geógrafos de inicios del siglo XX.

El espacio es entendido entonces como “una suma de partes” y en este aspecto todavía no supera la concepción ratzeliana.

Las primeras décadas del siglo XX nos legan nuevas corrientes geográficas. Tras 1918 el mundo ve como se desarrolla un nuevo actor geopolítico de influencia internacional, la Unión Soviética, y como sucedió en otros países con regímenes de distinta índole, el estudio geográfico de su propio espacio fue clave para asegurar su soberanía y seguridad nacional. Las particularidades de la Unión Soviética eran evidentes: por extensión era el país más grande del mundo (de hecho Rusia actualmente lo sigue siendo), y por tanto heterogéneo y hasta entonces poco conocido. Sin dudas los geógrafos soviéticos tenían un gran reto que cumplir.

El espacio de los soviéticos se define como la descripción morfológica de la estructura del paisaje, siendo esta fundamentalmente utilitaria. El análisis del espacio y el territorio en la Unión Soviética se enfoca principalmente en la geografía física, por lo que desaparece el elemento antrópico. No obstante, con el avance de las décadas el elemento humano comienza a ser estudiado por Victor Sochava, quien introduce nuevos conceptos al estudio del paisaje y propone la teoría del geosistema o sistemas de los elementos naturales. El concepto de geosistema se desarrolló en varios niveles: los geosistemas naturales, económicos y antropoecológicos considerados como sistemas espaciales y temporales formados en un determinado espacio mediante la interacción entre la sociedad y la naturaleza, relación atravesada por un flujo e intercambio de materia.

El aporte de Sochava y su concepción del geosistema fue fundamental en el desarrollo del pensamiento geográfico pues permitió considerar a la naturaleza como una totalidad esencial para el análisis de la cuestión ambiental en cualquier espacio o extensión sobre la superficie terrestre. Su trabajo influyó en la geografía francesa, especialmente en el trabajo de Jean Tricart y la biogeografía de Georges Bertrand.

La geografía ha logrado entender, en cierto sentido, que el espacio no puede ser visto solo como un “agregado de partes” ni simples regiones. Sin embargo todavía estamos en un plano netamente físico, ya que ni Tricart ni Bertrand se interesan por el estudio de la organización espacial y temporal de los paisajes culturales o humanizados, y en caso que se traten los elementos culturales, sólo aparecen de forma secundaria.

En paralelo se desarrolla en el mundo anglosajón una importante revolución en el seno de la geografía, la revolución cuantitativa. De esta emergería una generación de geógrafos enfocados en ejecutar un mayor uso de prácticas basadas en técnicas, incluida las matemáticas y estadísticas computarizadas que mejoraron la precisión. A mediados de la década de 1960, la revolución cuantitativa había desplazado con éxito a la geografía regional de su posición dominante y el cambio de paradigma fue evidente por la miríada de publicaciones en revistas académicas geográficas y libros de texto de geografía. La adopción del nuevo paradigma permitió que la disciplina fuera más útil para los sectores público y privado.

Nuevamente la geografía daría otro vuelco, desde los 60, pero especialmente los 70 en adelante, la percepción y el elemento social se revitalizan, por una parte, la geografía de la percepción, y por otra la geografía humanista y la geografía radical establecerían en conjunto un nuevo paradigma. Éste, independiente de las diferencias internas mantendría un enfoque centrado en el individuo social, así, en un par de décadas el espacio recuperaría el acto social en su definición.

Yi Fu Tuan da un gran y original aporte al estudio del espacio desde lo que él llamo la geografía humanista, en especial en el trabajo de la experiencia humana en el espacio y lugar. Analiza las relaciones afectivas de los seres humanos con los lugares, haciendo énfasis en las percepciones, las actitudes y las valoraciones del ambiente; y en las manifestaciones y consecuencias de la experiencia estética de sentir amor y afecto por un lugar.

Según él:

  • El lugar es una clase especial de objeto cargado de significado, como un rincón, una casa, una esquina, el barrio, la región, el país o el planeta
  • El espacio es una entidad geométrica abstracta definida por lugares y objetos, es una red de lugares y objetos que las personas pueden experimentar directamente por medio del movimiento, el desplazamiento, el sentido de dirección, de la localización relativa de objetos y lugares y de la distancia que los separa y los relaciona
  • La experiencia es tanto sensación como pensamiento y se refiere a las diferentes formas en que una persona conoce y construye la realidad en el espacio.

Por parte de los geógrafos radicales, la impronta marxista e historicista conlleva una lectura similar desde el materialismo histórico. Uno de sus representantes más conocidos es Milton Santos, para quien el espacio “debe considerarse como un conjunto de interacciones realizadas a través de las funciones y de las formas que se presentan como testimonio de una historia escrita por los procesos del pasado y presente”, el espacio es un conjunto de formas representativas de las relaciones del pasado y presente más “una estructura representada por las relaciones sociales que ocurren ante nuestros ojos y que se manifiestan por medio de los procesos y las funciones” (Santos, Por una Nueva Geografía).

Su perspectiva es sumamente innovadora desde el punto en que, a diferencia de la visión mantenida hasta entonces, no define al espacio como algo ajeno a la sociedad, sino que es un conjunto que integra a la sociedad (por este motivo refuerza la idea que el espacio resulta de la inseparabilidad del sistema de objetos y sistema de acciones, que no es otra cosa más que la unión entre lo físico-objetivo y lo social-subjetivo).

Para Santos Espacio y paisaje no son sinónimos. Siendo el paisaje un “conjunto de formas que, en un momento dado, expresa las herencias que representan las sucesivas relaciones localizadas entre hombre y naturaleza”; mientras que el espacio es la reunión de esas formas más la vida que las anima (Santos; La Naturaleza del Espacio). En este sentido el paisaje es transtemporal, pues mezcla objetos del pasado y del presente, mientras que el espacio es siempre presente. El espacio resulta de la intrusión de la sociedad en tales “formas-objeto”. Agrega que el paisaje “es, pues, un sistema material” y el espacio es “un sistema de valores que se transforma permanentemente”.

En síntesis, observamos como Milton Santos, desde el Materialismo Histórico, impregna al espacio un elemento social indispensable para su existencia, llevándolo a un plano diferente que el paisaje mismo, y como es social, tiene una carga enormemente subjetiva, histórica, valórica y en definitiva, humana.

Llegados hasta aquí tenemos más o menos un resumen de las principales corrientes geográficas que han divagado, filosofado y trabajado el concepto Espacio, ciertamente la geografía no se detuvo en los radicales, ya que luego se agregaron nuevas corrientes que terminaron por converger en la conocida “Teoría Crítica”, sin embargo el hecho es que en este resume se encuentran los principales axiomas y pilares que sostienen los dos grandes paradigmas:

  • O, el espacio es un ente ajeno y objetivo, o es social y por tanto subjetivo

Realmente no se ha avanzado mucho en este debate, es decir, en principio ambas corrientes siguen vigentes en sus respectivas trincheras. Lo que sí se ha generado tras más de 100 años de geografía científica es la profundización misma de sus principios y métodos, pero ninguno ha demostrado una validez filosófica superior.

El problema con esto es que los geógrafos parten su trabajo con una concepción que mantiene en principio, las mismas debilidades.

Por ejemplo, Marcela Virginia Santana Juárez y Eloy Montes en su trabajo “Sistemas de Información geográfica en Salud” señalan que “La Geografía como la ciencia que estudia el espacio geográfico y las relaciones que se presentan en éste (…)”, afirmación de la cual se deduce nuevamente que el espacio es un ente diferente donde se dan las relaciones; por otro lado Froilán Cubillos, Diego Pinto y Fabián Araneda en su trabajo “La Geografía como aprendizaje para la resistencia y la transformación territorial”, indican que “Posicionar la Geografía desde este enfoque significa comprender el Espacio Geográfico como una construcción socia el cual es una instancia más de la sociedad, en constante interacción con las otras instancias de la sociedad como la economía, la política y la cultura entre otros”, cayendo exactamente en la definición opuesta.

¿Se puede superar esta dicotomía? Sí, se puede.   

Una aproximación desde Marx y Engels.

Tanto Marx como Engels no se desarrollaron como geógrafos, por lo cual el Materialismo Histórico tardaría en llegar a la geografía, pero sí que manifestaron una lectura indispensable que podría darnos respuestas en torno al debate.

En el libro II del Capital, aunque sin ser explícito, puede verse como el espacio es una condición de posibilidad para la realización del plusvalor. El ciclo D-M-D* no se puede realizar sin un espacio, y esto es clave en la lectura de Marx, pues de aquí se desprende la continua expansión de las relaciones capitalistas en el espacio, un espacio que se empequeñece relativamente con el fin de agilizar las transacciones y mundializar el mercado (germen mismo de la globalización). Con la misma expansión del mercado los Estados toman control y unifican enormes extensiones “nacionalizándolo”, el Estado se convierte en una nueva relación de poder pero en el marco burgués y un ámbito de construcción/disputa de la dominación, pero a diferencia del pensamiento geográfico del siglo XIX e inicios del XX, esta estructura y organización del espacio es solo temporal (y siendo un ferviente comunista que llama al internacionalismo lo tenía muy claro), por lo tanto susceptible a modificaciones. ¿Es entonces el espacio una construcción social? Aparentemente por aquí va la respuesta, pero el problema que surge entonces es que si el espacio es una construcción social, siendo el régimen capitalista su arquitecto en la actualidad, ¿cómo se compatibiliza esto con la misma existencia espacial del capital? Marx y Engels lo tenían claro: el espacio no solo era una condición determinante en la existencia del capital, sino que es determinante para su propio desenvolvimiento, ejemplos de esto lo vemos en su siguiente apunte:

La caudalosa y continua correntada humana que año tras año fluye hacia Norteamérica, en parte deposita sedimentos estacionarios en el Este de Estados Unidos; en parte, la ola emigratoria procedente de Europa arroja hombres allí, en el mercado de trabajo, más rápidamente de lo que puede barrerlos la ola emigratoria que los empuja hacia el Far West. La producción capitalista, pues, prospera en los estados del Este, aunque la baja de salarios y la dependencia del asalariado disten todavía de haber alcanzado los niveles normales en Europa”.

En Estados Unidos había un importante flujo de trabajadores desde Europa, pero un flujo emigratorio hacia el lejano oeste se traduce en un capitalismo que no se ha desarrollado al nivel europeo. Lo que resulta, por lo tanto, que en el mismo tiempo y lugar, el espacio es configurado y a la vez configura. ¿Es esto posible? Por principio de no contradicción no lo es siempre y cuando se vea al espacio y la sociedad como ajenos entre sí o integrados pero uno determinando al otro (¿no se podría considerar esta lectura una consecuencia de la enajenación en las mismas ciencias sociales?). Ni la sociedad está contenida en el espacio, ni el espacio está contenida en la sociedad. El Espacio y la Sociedad son un todo indisoluble y si uno falta, la misma realidad social deja de existir. Es por lo tanto, imposible entender el desarrollo minero de Australia sin entender su espacio rico en yacimientos de minerales, pero tampoco podemos entender el desarrollo minero de Australia sin entender su sociedad en tanto pasado y presente. Es más, en términos materialistas, toda formación social no es más que una relación de personas con cosas, personas y cosas que existen por y para un espacio concreto, si yo me las ingenio para construir un iglú estoy modificando el espacio, pero ¿cuál es el sentido de construirlo si no es porque a la vez el espacio me ha determinado por mantener abundancia de nieve y mucho frío? Es contradictorio, claro, porque si el espacio es activo y determina, contradice la premisa de que la sociedad sea activa y determine llevando al espacio a una posición pasiva, por eso la dialéctica nos ayuda a comprender de manera mucho más acabada esta situación.

Pero entonces, si tenemos interacción de personas con cosas en un espacio, el cual es a su vez materia, lo que vemos no es más que la relación misma de la materia con la materia. Llamamos al elemento social el histórico y al elemento espacial lo material, pero desechando los conceptos que redundan lo que estamos describiendo es el mismísimo Tiempo y Espacio. Y éste no es más que una relación de la materia con la materia que mediante la matemática la explicamos.

Por ejemplo:

  • En un primer acto tenemos la Nada. No hay espacio ni tiempo. Es un absurdo.
  • En un segundo acto tenemos A & B, dos cosas. Ahora hay materia, no nada.
  • En un tercer acto tenemos A distanciado de B, hay movimiento, luego hay tiempo.

Así, una manzana fija en una mesa mantiene movimiento, aunque no lo veamos, y ese movimiento lleva a que la manzana comience a descomponerse, en nuestra visión esa descomposición se da por el pasar del tiempo, pero es que el tiempo mismo no es más que otra dimensión inseparable de las tres dimensiones espaciales.

Por eso del mismo modo que en la física, la realidad social mantiene este mismo principio (lo hereda stricto sensu). Llamamos cambio al paso de los actos en secuencia 1º -> 2º -> 3º, es decir, el tiempo. Algo que Engels ya había desarrollado en su Anti-Düring, por ejemplo, en el capítulo V, demuestra que el espacio y el tiempo son las formas fundamentales de toda existencia;

Pasemos delante. Así, pues, el tiempo ha tenido un comienzo. Y ¿qué había antes de ese comienzo? El mundo en un estado idéntico a sí mismo e inmutable. Y como en ese estado no se siguen transformaciones, el especial concepto de tiempo se transforma en la idea más general del ser. Ante todo, lo que importa en esta cuestión no es en absoluto cuáles son los conceptos que se transforman en la cabeza del señor Dühring. No se trata del concepto de tiempo, sino del tiempo real, del que el señor Dühring no conseguirá liberarse a tan bajo precio. En segundo lugar, por mucho que se transforme el concepto de tiempo en la idea más general del ser, eso no nos hará adelantar nada. Pues las formas fundamentales de todo ser son el espacio y el tiempo, y un ser situado fuera del tiempo es un absurdo tan descomunal como un ser fuera del espacio. El «ser atemporalmente sido» de Hegel y el «ser inmemorial» neoschellingiano son incluso nociones racionales, comparados con este ser filera del tiempo. Por eso el señor Dühring procede, en efecto, muy cautelosamente: se trata realmente de un tiempo, pero de un tiempo al que en el fondo no debe llamarse tal, pues naturalmente que el tiempo en sí no consta de partes reales, sino que es nuestro entendimiento el que le divide arbitrariamente; sólo un conjunto de cosas distintas que ocupen el tiempo pertenece a lo enumerable, y no se sabe qué puede significar la acumulación de una duración vacía. No es aquí del todo indiferente, en efecto, lo que puede significar esa acumulación; lo que se pregunta es si el mundo en el estado presupuesto por el señor Dühring dura, recorre un lapso de tiempo. Sabemos hace mucho tiempo que no puede obtenerse ningún resultado midiendo una duración sin contenido, como tampoco se conseguirá nada haciendo mediciones sin finalidad y sin objetivo en un espacio vacío; precisamente por eso, por esa ociosidad del procedimiento, Hegel llamaba mala a esa infinitud. Según el señor Dühring, el tiempo existe exclusivamente por la transformación, no la transformación en y por el tiempo. Y precisamente porque el tiempo es diverso e independiente de la transformación es posible medirle con ayuda de la transformación, pues en el medir es necesario siempre algo diverso de lo que hay que medir. Y el tiempo en el que no se produce ninguna transformación perceptible está muy lejos de no ser ningún tiempo; es más bien el tiempo puro, sin afectar por nada ajeno, es decir, el tiempo verdadero, el tiempo como tal. De hecho, cuando queremos concebir el concepto de tiempo en toda su pureza, aislado de toda mezcla ajena y heterogénea, nos vemos obligados a poner entre paréntesis todos los diversos acaecimientos que se producen simultánea y sucesivamente en el tiempo, para imaginarnos así un tiempo en el que no pasa nada. Con esto no dejamos disolverse el concepto de tiempo en la idea general del ser, sino que llegamos finalmente al concepto puro de tiempo.”

Por este motivo Engels consideraba que ambos modos de ser de la materia – Tiempo y Espacio-, no representan sin ella más que un fantasma, una abstracción que sólo existe en nuestras mentes. Sigue en el capítulo VI, esclareciendo el problema del movimiento: “Materia sin movimiento es tan inconcebible como movimiento sin materia”.

Los materialistas anteriores al señor Dühring hablaban de materia y movimiento. El reduce el movimiento a la fuerza mecánica, como supuesta forma fundamental del mismo, y se imposibilita con eso el entendimiento de la real conexión entre materia y movimiento, la cual, por lo demás, también fue oscura para todos los materialistas anteriores. Y, sin embargo, la cosa es suficientemente clara. El movimiento es el modo de existencia de la materia. Jamás y en ningún lugar ha habido materia sin movimiento, ni puede haberla. Movimiento en el espacio cósmico, movimiento mecánico de masas menores en cada cuerpo celeste, vibraciones moleculares como calor, o como corriente eléctrica o magnética, descomposición y composición químicas, vida orgánica: todo átomo de materia del mundo y en cada momento dado se encuentra en una u otra de esas formas de movimiento, o en varias a la vez. Todo reposo, todo equilibrio es exclusivamente relativo, y no tiene sentido más que respecto de tal o cual forma determinada de movimiento. Por ejemplo: un cuerpo puede encontrarse en la Tierra en equilibrio mecánico, puede estar mecánicamente en reposo; pero esto no impide que participe del movimiento de la Tierra y del de todo el sistema solar, del mismo modo que tampoco impide a sus mínimas partículas físicas realizar las vibraciones condicionadas por su temperatura, ni a sus átomos atravesar un proceso químico. La materia sin movimiento es tan impensable como el movimiento sin la materia. El movimiento es, por tanto, tan increíble y tan indestructible como la materia misma; lo cual ha sido formulado por la antigua filosofía (Descartes) diciendo que la cantidad de movimiento presente en el mundo es constante. El movimiento no puede pues, crearse, sino sólo transformarse y transportarse. Cuando el movimiento pasa de un cuerpo a otro, puede sin duda considerársele en la medida en que se transfiere, en que es activo, como la causa del movimiento, y como pasivo cuando es el objeto transferido. Llamamos fuerza a ese movimiento activo y manifestación de fuerza al pasivo. Con lo que queda claro como el agua que la fuerza es tanta cuanta su manifestación, pues en ambos casos lo que tiene lugar es el mismo movimiento.

Por todo ello, un estado inmóvil de la materia resulta ser una de las representaciones más vacías y desdibujadas, una pura «fantasía febril». Para llegar a ella hay que representarse el equilibrio mecánico relativo en el que puede encontrarse un cuerpo en esta Tierra como un reposo absoluto, para generalizarlo luego al conjunto del universo. Esto queda sin duda facilitado por la reducción del movimiento universal a mera fuerza mecánica. Y entonces esa limitación del movimiento a mera fuerza mecánica ofrece además la ventaja de poder representarse una fuerza como algo en reposo, atado, es decir, ineficiente por el momento. Pues si la transmisión del movimiento es, como ocurre muy a menudo, un proceso un tanto complicado con diversos eslabones intermedios, puede entonces diferirse la transmisión real a un momento cualquiera, abandonando simplemente el último eslabón de la cadena. Así ocurre, por ejemplo, cuando se carga una escopeta y uno se reserva el momento en el cual, oprimiendo el gatillo, va a tener lugar la descarga, es decir, la transmisión del movimiento liberado por la combustión de la pólvora. Así puede uno imaginarse que mientras ha durado el estado inmóvil e idéntico consigo mismo la materia estaba cargada de fuerza, y esto es lo que parece entender el señor Dühring —si realmente entiende algo— por unidad de materia y fuerza mecánica. Esta idea es absurda, porque generaliza en términos absolutos al universo un estado que es por su naturaleza relativo, y al cual, por tanto, no puede estar sometido en un momento dado más que una parte de la materia. Pero, aun prescindiendo de esto, sigue en pie la dificultad: primero, ¿cómo llegó el mundo a estar cargado de fuerza, siendo así que hoy día las escopetas no se cargan por sí mismas?, y segundo: ¿de quién es el dedo que luego apretó el gatillo? Hagamos lo que hagamos, bajo la dirección del señor Dühring llegamos siempre al Dedo de Dios

El tiempo y espacio no va separado de la materia, la cual siempre se encuentra en movimiento, la física contemporánea confirma este punto, pues a diferencia de Newton (que estudiaba el espacio y el tiempo por separado, donde el tiempo es absoluto y siempre transcurría igual), Einstein demostró que si, por ejemplo, dos cuerpos se mueven uno con relación al otro, el tiempo transcurre en ambos de diversa manera y de igual modo difieren las correlaciones espaciales.

¿Una conclusión?

Parece interesante ver cómo acercándose al desarrollo filosófico de Marx y Engels en consonancia con la misma física, se puede concluir algo muy diferente a lo que en la actualidad figura en las dos corrientes de geografía. Ni el espacio es ajeno a la sociedad, ni tampoco se puede decir que solo interactúa, ya que el espacio es la sociedad misma visto desde la más profunda materialidad, por eso no puede ser ni externo ni neutro, como postulan los geógrafos cuantitativos, pero tampoco puede ser solamente subjetivo ni debe ser estudiado solo desde la percepción asumiendo que el espacio es SOLO creación social, pues la sociedad es materia, naturaleza viva y cambiante.

Es fundamental repensar en los conceptos más básicos de las ciencias sociales. No nos podemos quedar en categorías absurdas y pseudocientíficas casi de manera dogmática, eso no es ciencia ni pensamiento racional y crítico.



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