Marxismo Cultural

El presente artículo pretende revisar y contestar los principales argumentos que sostienen la teoría de la conspiración del marxismo cultural, la cual, nace en el seno de un sector altamente conservador y reaccionario cuya estrategia en más de 100 años no ha cambiado.

Previamente ya había tocado este tema, pero esto fue en el marco de diferente, por lo cual el espacio entregado a este asunto fue bastante poco. Se vuelve imperioso desarrollar el argumento para dar a entender que, por una parte el marxismo cultural del cual habla la derecha es una falsa idea que se afirma en falacias argumentales, y por otra que esta misma idea se materializa en peligrosas opiniones, las cuales, en el peor de los casos derivan en actos violentos y potencialmente muy peligrosos.

DEFINICIÓN

Según Wikipedia: “El marxismo cultural, en su uso moderno, es una teoría conspirativa difundida en círculos conservadores y de extrema derecha estadounidenses desde la década de 1990, que se refiere a una supuesta forma de marxismo que, pretendidamente adaptado de términos económicos a términos culturales por la Escuela de Fráncfort, se habría infiltrado en las sociedades occidentales con el objetivo final de destruir las instituciones y valores tradicionales de estas, mediante la implantación de una sociedad global, igualitaria y multicultural sin alma”. En este sentido el primer elemento clave del que tenemos noción con esta definición es su condición de “teoría de la Conspiración”. Entiendo que usar de referencia a Wikipedia para zanjar un debate es poco eficiente y apela a la falacia de autoridad, además de ser un recurso vetado en los círculos académicos, por este motivo es menester ir a un referente directo de esta teoría en nuestra actualidad como Hispanoamérica, Agustín Laje.

Agustín Laje es un politólogo y escritor argentino que, a sus poco más de 30 años se ha convertido en uno de los principales referentes de la derecha hispanoamericana que combate mediante la divulgación este enemigo que identifica como marxismo cultural, él, junto a Nicolás Márquez en su “El libro negro de la nueva izquierda” define y describe al marxismo cultural:

El marxismo analiza a la sociedad de manera topográfica o, metafóricamente hablando, con la forma de un “edificio”. En la base o “estructura” de la sociedad, el marxismo coloca las fuerzas productivas y sus relaciones de producción —es decir, las tecnologías para producir y las relaciones de propiedad existentes—. En la “superestructura” que se levanta a partir de esta base de carácter económico, los marxistas ubican al Estado, la ideología, la religión, la cultura, etcétera. Siguiendo con la metáfora edilicia, va de suyo que la manera más fácil de demoler un edificio consiste en reventar los pilares sobre los que éste se apoya, y en esto se ha basado precisamente el marxismo tradicional: las verdaderas revoluciones se pergeñan al nivel de las relaciones económicas, pues todo lo demás —ideología, Estado, cultura, etcétera— es apenas un reflejo de aquéllas. Lo que hay que hacer es transformar el sistema económico, y lo otro se va dando por añadidura.

(…)

Gramsci da un nuevo salto cuando advierte que la hegemonía sobre los campesinos del sur la mantiene la “clase burguesa” gracias al influyente accionar de sus intelectuales sobre ese sector (…) Como vemos, acá se produce un cambio de paradigmas: mientras que para el marxismo clásico luchar en el plano cultural, político o jurídico era más o menos como luchar “contra una sombra”, para Gramsci esta lucha era la realmente importante.

Lo que nos viene a indicar son dos ideas principales:

  1. El marxismo clásico es materialista y economicista
  2. El marxismo cultural revierte esta tendencia y lo lleva a un plano cultural, la superestructura

Aquí no acaba, ya que en su conclusión se indica que “Por estas razones, los enemigos del capitalismo y la sociedad abierta deben enfocarse en destruir la familia: para destruir el orden y la calma que ella proporciona; para destruir la fuerza de trabajo que ella engendra para el mercado; para cortar en seco la socialización que ella logra en valores tales como la libertad y el respeto por el valor de los individuos.

Por tanto,

  • El marxismo cultural busca destruir las bases culturales de la sociedad capitalista.

En general, esta es la teoría que encierra al “Marxismo Cultural”, y es visible en diferentes foros de internet, Metapedia, políticos de extrema derecha y en las mismas Redes sociales, todos convergen en ver un enemigo que oculto en las sombras de las más importantes corporaciones busca alentar cambios sociales -identificados como el matrimonio homosexual e interracial, la ideología de género, el feminismo, y hasta el cambio climático- con el fin de destruir a la sociedad misma. De este modo el razonamiento se vuelve en extremo simplista, ¿por qué en España se ha legalizado el matrimonio gay? Por culpa del marxismo cultural que ha pervertido a su sociedad, ¿por qué en Estados Unidos se instala el debate sobre la discriminación a minorías raciales? Por el marxismo cultural, ¿por qué hoy las mujeres están tan sensibles ante las muertes de otras mujeres a manos de sus parejas? Por obra y gracia del marxismo cultural.

UN POCO DE HISTORIA

Para comprender cómo hemos llegado a esta situación debemos retroceder un siglo (o más exactamente 17 años) a 1903, año en que se publica los Protocolos de los Sabios de Sion, un texto antisemita falsificado cuyo mensaje central era culpabilizar a los judíos de una variedad de males (como el establecimiento del comunismo) con el fin de dominar el mundo. Una teoría de la Conspiración de tomo y lomo.

No es algo nuevo que los sectores de la derecha más reaccionaria vieran, buscaran o se inventaran un enemigo sombrío, omnipresente y omnipotente detrás de los cambios sociales, ellos como colectivo político han estado en contra de los cambios desde la misma revolución francesa, y su estrategia no ha cambiado en los últimos 100 años.

A los protocolos podemos agregar el Kulturbolschewismus, término usado por los ideólogos de la Alemania nazi para denunciar los cambios acaecidos en el mundo del arte especialmente los más nihilistas propios de la época. Nuevamente observamos en sectores tan reaccionarios como el Nacional Socialismo alemán esta tendencia a explicar fenómenos bajo causas exógenas y vinculadas a un enemigo presente en todo espacio (y por tanto extremadamente peligroso) y a la vez concreto (pues se identifica fácilmente: el comunista bolchevique). La extrema derecha entonces en Europa y América tiende a cobijar dos orígenes de estos cambios socioculturales que a su juicio son perversos: los judíos y los comunistas.

Tras la derrota de la Alemania nazi, la alianza soviética-estadounidense se terminó, el mundo es dividido tras el acuerdo de Yalta y se da inicio al período conocido como Guerra Fría, el cual se extiende hasta la caída de la Unión Soviética. Es durante la década de los años 50 y 60 que la sociedad estadounidense vive el llamado “capitalismo dorado” marcado por el crecimiento económico, el fortalecimiento de la clase media (gracias en buena medida a las políticas keynesianas del New Deal) a la par de un marcado sentimiento anticomunista hacia todo lo que representara una idea distante a los valores establecidos, debemos recordar que durante estos años (primera mitad de la década de los 50) tiene lugar el macartismo en Estados Unidos.

Este período también está marcado por la intervención estadounidense en diferentes regiones del mundo, especialmente en Vietnam, una guerra que costó la vida de miles de soldados estadounidenses y que ocasionaría como respuesta que la juventud de los 60 se manifestara en contra de esta (hablamos de los años del auge del movimiento hippie); ¿cuál era el discurso recurrente usado contra estos movimientos contrarios a la guerra? O eran disidentes, o eran comunistas, y si eran comunistas, pues muy probablemente eran agentes al servicio de la Unión Soviética. Especial relevancia tiene el caso de los 7 de Chicago, quienes fueron acusados de conspiración y graves disturbios en la Convención Nacional Demócrata de 1968 que tuvo lugar en Chicago, Illinois. El hecho es que la sociedad estadounidense estaba cambiando, nuevas generaciones se desmarcaban de las ideas establecidas y en respuesta la idea de conspiración o comunistas infiltrados no se hacía esperar.

Y es que el cambio social es natural en la historia de la humanidad. En la actualidad lo vemos como algo que es cada vez más acelerado (casi como si tras cada generación se rompe con un paradigma y se instaura uno nuevo) pero esto ocurre por dos motivos, primero porque tenemos pocas fuentes sobre períodos más antiguos como los años del medioevo o la época “antigua” -lo que nos impide revisar a ciencia cierta las diferencias del pensamiento de una sociedad durante los años 1200 y 1230- y segundo porque el mismo capitalismo ha acelerado el desarrollo de las fuerzas productivas lo que materializado en nuestra sociedad se traduce en cambios también acelerados, pero, que hoy sean más acelerados no significa que durante el año 1000 no existiesen. Este cambio, en el seno de la sociedad estadounidense sigue patente durante los años 70 y 80.

Los años 70 están marcados por la crisis internacional y el fin de un modelo donde el paradigma keynesiano dominaba el establishment, la década siguiente tiene como impronta un nuevo modelo. La desregulación y reducción del gasto social, la privatización y el incremento de la participación del sector privado (todo englobado de manera muy general -y por tanto susceptible a errores- bajo el concepto del neoliberalismo) da cuenta de este hecho. La llegada de Reagan al poder también manifiesta un cambio social estadounidense producto de una generación nacida en los 60 (en buena medida hija de la generación que protagonizó el movimiento hippie) que se oponía a toda la borrachera sexual y consumidora de sus padres y buscaba un líder serio, representante de la masculinidad estadounidense, del orden y la responsabilidad. Durante este período se hace evidente la superioridad estadounidense sobre el comunismo soviético lo que culminaría con la desintegración del gigante soviético.

La victoria estadounidense lleva a una euforia política de la derecha, ya no existen enemigos que rivalicen con su poder, mas sin embargo, la disidencia al capitalismo sigue existiendo, es más, dentro de la misma sociedad estadounidense esta disidencia se fortalece. ¿Qué es lo que ocurrió? ¿Será que los cambios económicos desarrollados entre los 70 y 80 llevaron a un mayor nivel de desprotección de la clase trabajadora y con ello un desmoronamiento del sueño americano? ¿Quizás el derrumbe del Estado de bienestar desnudó lo peor del capitalismo a pesar del derrumbe soviético? ¿Puede ser que ante el obvio crecimiento de la desigualdad social y el estancamiento del crecimiento de los salarios acarreó a que buena parte de sociedad viera cómo el ascenso social prometido no era tan real como lo creían? No, por lo menos para la derecha más reaccionaria de Estados Unidos el problema debería seguir siendo aquel enemigo que se escondía en las sombras y manipulaba a la sociedad con esmero y gran habilidad, el comunismo (y cuando no, los judíos).

CAMBIOS EN LA IZQUIERDA

Para continuar con este artículo hay algo que sí debe de ser aceptado, la izquierda ha cambiado. La izquierda del 2020 no es la misma que la izquierda de 2000, ni la misma que la izquierda de 1980. Y así podemos ir retrocediendo hasta sus orígenes tras la revolución francesa y las sucesivas revoluciones liberales en Europa. Que ha cambiado es un hecho, pero no actual, es un hecho histórico. Cambia tanto como la sociedad misma, el punto es que no podemos esperar que tras 50 años (y todos los eventos políticos, cambios económicos y avances en diferentes debates intelectuales) la izquierda siga siendo igual, es ilógico, ni en los sistemas más cerrados ocurre tal situación. Que la izquierda cambie no significa que sea peor o mejor solo porque sí, significa que ha cambiado (ya me referiré en otro artículo a esta nueva izquierda). En este punto escritores como Laje tienen razón, pero apelan al hombre de paja en la introducción de sus teorías al reducir un universo de ideas (y muchas contradictorias entre sí) a un simple hecho, el cambio del materialismo al culturalismo.

Entiéndase en primer lugar que el marxismo es esencialmente materialista. Y al igual que cualquier ideología o cuerpo teórico científico existen principios que al ser eliminados, simple y llanamente estamos frente a algo diferente que ya no puede ser entendido ni definido como antaño. Si al marxismo le quitan su pilar materialista, ya no hay marxismo, hay otra cosa, por lo tanto, hablar de un “marxismo cultural” es derechamente apelar a un absurdo.

Este cambio lo podemos explicar a partir de tres hechos importantes.

  1. El primero de ellos es la escuela de Frankfurt.

La escuela de Frankfurt incluye a un grupo de investigadores comunistas que se adherían a las teorías de Hegel, Marx y Freud y cuyo centro se encontraba en Frankfurt, representantes de la Teoría crítica que allí surgió. Esta corriente a pesar de sus diferencias internas (que son muchos y no menores) coincide en dos aspectos, por un lado es crítica tanto al planteamiento vigente (desde los años 20) de las ciencias sociales burguesas y marxistas ortodoxos, y por otro revierte el análisis centrado en la estructura hacia la superestructura (es decir desde las relaciones sociales de producción hacia la misma ideología y cultura). Es evidente que los filósofos de la primera generación poco trabajaron áreas de la economía política y se centraron en aspectos psicológicos y culturales, para Marcuse por ejemplo la alienación no se da por hechos materiales sino que en la conciencia misma del hombre moderno, imprimiendo además una importancia en el arte al momento de alejar al hombre del dominio impuesto en toda la sociedad. De igual modo Jürgen Habermas (uno de los miembros de la siguiente generación) entiende que el cambio debe darse también en el plano del lenguaje y la comunicación (Teoría de la acción comunicativa).

En este aspecto, podemos estar a favor o en contra de esta corriente, incluso podemos aceptar aportes que hayan realizado, pero es indudable que mezclar la obra de Marx con la de Freud provocó un cambio de 180º, y en buena medida, mezcló teorías que estaban totalmente opuestas -una que concebía la mente como parte de la realidad material y otra que la concebía en un mundo idealista- y que por ende cualquier resultado filosófico tiene bajo sus pilares un alto componente convencionalista.

  • El segundo es la rebelión de 1968

Los movimientos sociales de 1968 comprendieron una serie de conflictos acaecidos entre la sociedad civil y las fuerzas policiales y militares en diferentes países, entre los que se destaca Francia, Estados Unidos, Checoslovaquia, México, España, y que le sucede Italia y Reino Unido. Esta coyuntura debe ser entendida como una reacción internacional producto de las contradicciones de los dos respectivos sistemas vigentes, el capitalista y el soviético. Es decir, es una protesta que va en contra del modelo comunista soviético y el modelo capitalista (de derecha e izquierda).

Ya me he referido a la situación de la sociedad estadounidense durante los años 60, pero el problema y descontento también se veía en el otro lado del telón de acero. En general poco a poco se vislumbraba que ni el capitalismo ni el comunismo otorgaba la emancipación ni ascenso social prometido.

Esto en la política terminó llevando a que la derecha abandonase su creencia en el modelo keynesiano lentamente y con ello, la separación de la trilogía ideológica dominante desde 1918. La derecha se vuelve más reaccionaria y poco a poco retoma sus preceptos iniciales, el liberalismo abandona su pretensión estatista ¿y qué ocurrió con la izquierda? La izquierda abandona su interés en organizarse políticamente por alcanzar el Estado y llevar a cabo cambios económicos bajo una dinámica de lucha de clases, ahora la nueva visión era dar paso a diferentes actores previamente minusvalorados e ignorados (mujeres, minorías étnicas, población LGTBI).

En el plano de las ciencias sociales uno de los cambios más relevantes fue la irrupción del postmodernismo y el fin de los “metarelatos”.

  • Y el tercero la caída de la Unión Soviética

La caída de la URSS terminó por llevar al total descrédito de cualquier programa político cuyo objetivo fuera superar al sistema capitalista a través de los dos pasos políticos (alcanzar el poder, y emprender cambios). Ahora ser comunista no solo es sinónimo de lo retrógrado, además de lo fracasado. La crisis final del régimen en Moscú y la indiscutible distancia socioeconómica entre los regímenes del oriente y occidente europeo ha llevado a que la sociedad civil (la clase proletaria) pierda interés en un proyecto de clase.

Desde luego el fin del “socialismo real” también impactó a la izquierda política del universo capitalista. Esta izquierda terminó convergiendo con la derecha suscribiendo un programa más derechizado de gobierno. Durante la década de los 90 se había popularizado el “socialismo de mercado” y la “Tercera Vía”, ambos eufemismos para describir un planteamiento socialdemócrata cada vez menos socialdemócrata y más “libre mercado” al puro estilo de la derecha. De este proceso ni la fuerte socialdemocracia nórdica se salvó, como norma general todos los partidos de izquierda terminaron transitando hacia la derecha en mayor o menor grado.

Francis Fukuyama habló del “Fin de la historia”.

Lo importante a estas alturas no es que el comunismo como ideología haya caído al abismo, lo importante es que los movimientos sociales “antisistémicos” no detuvieron su existencia, como ya se ha indicado estos incrementaron su malestar a raíz de todas estas reformas emprendidas desde los 70 (y sobre todo 80 y 90) que provocaron un incremento en la polarización social y un desapego a la creencia del ascenso social.

Claro, durante los 90 ya no observamos una clase obrera sindicalizada ni un partido comunista que ve en Moscú un modelo a seguir, sino que observamos con cada vez más fuerza mujeres, minorías étnicas y sexuales protestando por sus derechos. Ante esto los círculos de la derecha más conservadora y extrema de Estados Unidos publican el artículo <<La nueva edad oscura: La Escuela de Fráncfort y la “corrección política>> en 1992 por Michael Minnicino en la revista FIDELIO del Instituto Schiller. Nuevamente el problema no era una sociedad hastiada, más bien se trataba de este enemigo oculto y poderoso, los comunistas que ya no venían desde Moscú puesto que trabajaban en los medios de comunicación y en las universidades de Europa y Estados Unidos con el fin de pervertir la mente de millones de jóvenes con ideas de feminismo, género y una aversión a la cultura blanca cristiana.

¿MARXISMO CULTURAL?

Entonces, visto lo visto, hablar de marxismo cultural como lo reducen estos sectores de la derecha es un oxímoron.

Tal y como lo indica Gary North en su artículo “El marxismo cultural es un oxímoron”.

“Cualquiera que considere el marxismo cultural como marxismo no ha entendido nada de marxismo. No en vano, tal postura es común en círculos conservadores.

Gramsci argumentó, y la Escuela de Frankfurt siguió su ejemplo, que el camino para que los marxistas transformaran occidente era a través de la revolución cultural: de ahí surgió la idea de relativismo cultural. El argumento era correcto, pero el argumento no era marxista. El argumento fue hegeliano. Significaba darle la vuelta al marxismo, así como Marx había puesto a Hegel de cabeza. El marxismo en los primeros días se basó en un rechazo del lado espiritual del hegelianismo.

(…) los conservadores de hoy toman demasiadamente en serio las declaraciones de los marxistas culturales, que en realidad no eran marxistas. Ellos eran básicamente progresistas y socialistas. Más aún, ellos habrían sido objetivos de Marx en 1850”.

Es decir, para este autor paleolibertario entiende que estos marxistas no son más que progresistas. Para la derecha el concepto marxismo cultural no es más que una justificación simple que explica por qué se destruye su ideal social conforme pasan los años.

Y en buena medida lleva la razón.

Si observamos la posición política de la sociedad civil durante el siglo XX, observaremos que existen posiciones opuestas en una serie de asuntos mientras que en otros han tendido a coincidir o consensuar. La diferencia está marcada con la polarización misma de esta sociedad, algo que viene ocurriendo desde la rebelión del 68. La misma inició un período en el que poco a poco el modelo de consenso liberal perdió validez -ni el sufragio ni el Estado de bienestar convencía a sus integrantes-, esto sumado a una alternativa (por la crisis del socialismo real), llevó a que los sectores de la clase obrera terminaran reivindicando sus derechos bajo una dinámica mucho menos organizada y unificada, y, como no, ciertos sectores pequeñoburgueses de clase media se harían de estas ideas dirigiéndolas al campo de la política.

En consecuencia la clase trabajadora hoy se encuentra dividida entre una derecha cada vez más reaccionaria que vuelve con discursos nacionalistas y promesas de empleo y recuperación (lo que de lleno impacta en las zonas más desfavorecidas y rurales) y una izquierda cuyo principal caballo de batalla es el multiculturalismo contradictorio de corte pequeñoburgués -feminismo, ecologismo, pacifismo, indigenismo, movimiento LGTB- y burgueses (que tienen más influencia en los sectores urbanos y de clase media). Así, mientras en 1960 la izquierda hablaba en nombre de la clase trabajadora, hoy habla en nombre de las minorías. Estamos en inmersos en un contexto en que ya no existe una minoría que explota a las mayorías, más bien somos una mayoría privilegiada que oprime a las minorías.

El auge de la extrema derecha no puede entenderse sin ver el auge de esta izquierda postmoderna. Mientras la izquierda pierde su energía preocupándose por las minorías, la extrema derecha lo hace hablando en nombre de la patria. Son en definitiva, dos caras de una misma moneda.

Esta izquierda no es marxista, es progre, es una izquierda de corte pequeñoburguesa que reivindica ideas individualistas y reaccionarias las que excitan todavía más la polarización de la sociedad.

Lo importante es que asumiendo el cambio de la izquierda, se debe ser tajante que el mismo no es provocado por una “apropiación de las universidades y medios de comunicación” por parte del marxismo. Esto pues estas ideologías son diversas y contradictorias entre sí (no hay una relación entre los autores de la Escuela de Frankfurt y Simone de Beauvoir o Kate Millet más allá de simples adaptaciones de método), ni existen facultades o medios de comunicación que tengan a marxistas culturales en sus facultades dominando sus programas educativos. De lo contrario, ¿cómo se comprueba esta teoría? ¿En qué momento los editores de los medios de comunicación pasaron de procapitalistas a marxistas? No puede haber evidencia a un relato descabellado. No es que los editores o profesores universitarios de un año (o década) a otro hayan pasado de ser apologistas del sistema a ser enemigos de este, simplemente las bases de lo que se conoce como Marxismo Cultural ya estaban presentes en el seno de la sociedad capitalista, las ideas pequeñoburguesas y burguesas desde hace mucho exponen las bases filosóficas del marxismo cultural.

Por lo tanto, no es un marxismo, es un aburguesamiento cultural. Son ideologías cuya matriz filosófica se sostiene en una idea de grupo que siempre tienden a presentar a movimientos políticos de masas como si fueran a-clasistas, o de naturaleza de clase indefinida, y que a pesar de presentarse como anticapitalistas son en esencia reaccionarios (crítica que hace Marx a David Urquhart).

Y si estas ideologías han recibido tal nivel de cobertura es porque le son funcionales al capitalismo. Pasamos de un proletariado peligrosamente sindicalizado y políticamente alineado en una posición a un proletariado disgregado en diferentes ideologías que se combaten mutuamente (sin olvidar la clásica derecha y la derecha radical): el feminismo critica a los hombres, el feminismo es criticado por el movimiento Trans, el ecologismo cuestiona a todos los consumidos, los veganos hacen lo suyo con quienes comen carne, los indígenas no cuadran con los indígenas. Una contradicción tras otra. Para el feminismo el hombre es privilegiado, incluido un hombre negro o indígena empobrecido. Para los indígenas o negros los blancos son la causa de sus problemas, sin importar que estos blancos sean tan explotados y vivan tal nivel de penurias como ellos. El ecologismo y el veganismo critica a todo aquel que desee aumentar el crecimiento para superar la pobreza (cuyo corolario es el incremento en la ingesta calórica de productos derivados de animales) sin discernir entre una sociedad como la suiza o la boliviana. Y desde luego, ninguno en esencia tiene un programa de clase realmente revolucionario, aun aplicando el 100% de sus políticas el sistema se mantendría intacto. Mayor prueba que Coca-Cola patrocinando la Gay Parade no me viene en mente.

Ciertamente estoy siendo simplista en mi crítica en tanto hay muchas personas que adhieren a estas ideologías y no son radicales, pero la sustancia primordial que da cuerpo y define la teoría de su ideología es así de tajante.

Para la burguesía dominante que la clase trabajadora debata estos temas le viene como anillo al dedo pues en realidad se está abstrayendo y atomizando en el acto. El porqué de los medios de comunicación tras todas estas ideologías debe entenderse desde esa perspectiva. Eso y sin olvidar que detrás de todas estas ideologías hay un mercado de consumo potencialmente importante: empresas que provean carne de soja, proveedores de sexshop, industrias de ERNC, y un largo etcétera. De lo contrario, ¿cómo se entiende que la misma élite capitalista cobije y permita que el “marxismo cultural” se abra tal espacio en la sociedad? ¿Realmente son así de estúpidos? No, esto es algo que ya tenían más que entendido y asumido. El cambio cultural es un hecho en el capitalismo, y la industria cultural es una más que factura miles y miles de millones de dólares todos los años, por ende la transición socioeconómica a la llamada sociedad de consumo tiene mucho que ver con este nuevo mercado de una población empoderada que consume productos ideológicos garantizándole un sentimiento de superioridad moral.

EL FINANCIAMIENTO JUDÍO

Como una buena teoría de la conspiración no podía faltar el judío detrás. Este papel lo cumple George Soros, un magnate de origen húngaro que hizo millones en 1992 tras provocar la quiebra del Banco de Inglaterra.

Soros es presidente de la Open Society Foundations, una organización que canaliza donaciones millonarias a diferentes causas, y es este financiamiento el que se acusa de ser la causa del marxismo cultural.

El primer problema de esta teoría es que Soros no es marxista, es popperiano, y Karl Popper fue un antimarxista declarado. Evidentemente la intención de Soros detrás de su trabajo no es implantar un marxismo sino que una “sociedad abierta”. Por cierto, Popper era un liberal.

Ni 2+2. Soros fue discípulo de Popper y su ideología es más que clara. Soros está mucho más cerca del liberalismo que del marxismo.

Por cierto es importante aclarar que Soros es un magnate, sí, pero está lejos de ser el más rico de todos. Según Forbes su fortuna lo posiciona en el lugar número 162 del listado de las personas más ricas del mundo el 2020, mientras que Rupert Murdoch se encuentra en el 68. Lo importante es que este último es un declarado conservador anticomunista que también tiene una influencia relevante en la industria de la información y ha donado dinero al Partido Republicano en Estados Unidos.

En fin, la actividad filantrópica de los multimillonarios es pan de cada día.

LA GRAVEDAD DEL MARXISMO CULTURAL

Esta teoría de la conspiración en esencia es sumamente dañina por su carácter esencialmente reaccionario cobijando un claro atisbo de ideología de odio (¿cuál es la solución cuando se habla que la sociedad se va pudriendo por acción de estos marxistas controlando todo? ¿No será el mismo que cuando se afirmaba que los judíos eran dueños de la economía en la Alemania de los 30?), y sus consecuencias ya se han visto plasmadas en terribles acontecimientos.

El día 22 de julio del año 2011 en Noruega Anders Behring Breivik hizo estallar una bomba de fertilizante afuera de un edificio de viviendas frente a la oficina del Primer Ministro, Jens Stoltenberg, en Oslo, resultando en ocho muertes. En realidad esto solo fue un distractor pues a las pocas horas viajó a la isla de Utøya donde se realizaba un campamento de la juventud del Parlamento Laborista haciéndose pasar por agente de policía con el fin de tomar el ferry a la isla, al llegar abre fuego contra la multitud y luego de aproximados 45 minutos terminó asesinando a 69 personas.

EL manifiesto de Breivik (copiado casi en su totalidad de Theodore Kaczynski) incluía “marxismo cultural” dentro de sus expresiones.

Desde luego, la gran mayoría de quienes creen en esta teoría no tienen pensado hacer lo mismo, pero ¿qué esperan cuando el problema es un enemigo con tales atributos? ¿Cómo esperan que actúen aquellos que se encuentran así de enajenados y perturbados cuando son invadidos por estas ideas?

CONCLUSIÓN

Finalmente para ir cerrando este artículo no me queda más que indicar que el Marxismo Cultural no es más que una teoría de la conspiración que nace de los sectores más reaccionarios de la sociedad estadounidense con el fin de simplificar y engañar de un modo falaz el principal problema existente en su visión conservadora de la sociedad. Como toda teoría de la Conspiración recibe su apoyo en un sector de la sociedad igualmente conservador y poco culto que actúan como peones ante un liderazgo que solo busca un aprovechamiento político de su parte.

El peligro potencial de esta pseudo teoría se da cuando radicales extremistas como Breivik se hacen de la misma o cuando un partido político reaccionario adquiere la presidencia posibilitado por los votos de personas que creen en la misma.

Cada día se hace más urgente educar a la clase proletaria. No puede ser casualidad que filosofía, historia o educación cívica se encuentren tan descuidadas en nuestros sistemas educativos.



Categorías:Política, Socialismo

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