¿Desde cuándo existe el capitalismo?

Una visión recurrente en los libros de historia y en las facultades universitarias es que el capitalismo existe desde la revolución industrial y francesa, por lo que nos encontraríamos en un sistema que nació entre el siglo XVIII y XIX, lo que cuadra con la división tradicional de la historia humana entre prehistoria, antigua, medieval, moderna y contemporánea, siendo esta última marcada por el nacimiento de una economía capitalista y con fuerte preeminencia burguesa. El objetivo de este artículo es indagar un poco sobre el intenso debate marxista que buscó durante décadas definir en qué momento emerge el capitalismo y abrir el espacio a la reflexión para los estudiantes de historia, economía y ciencias sociales.

Vale la pena aclarar que la transición feudalismo-capitalismo ha sido un campo privilegiado por la historiografía marxista, ningún otro período de la historia de la humanidad ha sido tan estudiado por el marxismo, de entre los resultados de este magnánimo trabajo ha emergido un concepto clave, la “revolución burguesa”, concepto aplicado por los marxistas a la revolución inglesa del siglo XVII y a la francesa de 1789. Los historiadores marxistas supusieron que ambas revoluciones confrontaron a una burguesía capitalista limitada por las condiciones del ancien régimen y una aristocracia y corte esencialmente feudales. El resultado de ambas revoluciones fue en el corto y mediano plazo barrer con todos los vestigios feudales e instaurar relaciones sociales capitalistas.

Christopher Hill y Lawrence Stone han sido los principales defensores de la idea de una revolución burguesa para el caso inglés. Hill exponía al inicio de su obra “La Revolución Inglesa, 1640” que “la revolución inglesa de 1640-1660 fue un gran movimiento social similar a la revolución francesa de 1789 (…) lo que hizo posible un desarrollo capitalista más libre”, para este historiador el carácter de clase fue esencial en este proceso y lo siguió sosteniendo en sus sucesivas obras.

Dentro del debate Sweezy- Dobb el carácter burgués de la revolución también mantuvo su esencia, en ambos este concepto era incuestionable. Para Dobb las líneas económicas y sociales que separaban al Rey del Parlamento eran claras: los baluartes de la causa parlamentaria eran los centros de la industria de paños de lana, mientras que los partidarios del Rey lo constituían la nobleza y los distritos agrícolas de Yorkshire.

Solo dos autores cuestionan la visión de dos clases enfrentadas en ambas revoluciones a partir del debate instalado por Dobb, Kohachiro Takahachi y Georges Lefebvre.

Con respecto a la revolución francesa los autores son ampliamente conocidos: Jean Jaurès, Soboul, Rudé, Hobsbawm. Jaurès fue el primero en hablar de una revolución francesa en términos marxistas. En su obra ponía de manifiesto que el Antiguo Régimen impedía el desarrollo del capitalismo y su descripción de la clase burguesa incidía en una fuerte conciencia de clase revolucionaria expresada en las ideas de filósofos que no sería más que el reflejo de los sólidos intereses de esta burguesía ascendente. Hobsbawm en “La era de la revolución” diría que la revolución fue precedida por un sorprendente consenso de ideas de un grupo social, la burguesía, cuyas ideas apuntaban a un liberalismo político y económico.  Rudé también señalaba como objetivos de esta burguesía el libre comercio, la apertura de las vías de ascenso social en la administración pública.

La culminación de esta larga tradición de estudios marxistas sobre la revolución francesa se encuentra en Albert Saboul, quien nos indica que “la revolución francesa aceleró y marcó una etapa definitiva en la transición del feudalismo al capitalismo”.

No obstante, estos relatos contienen dificultades al momento de insertar ambas revoluciones en el marco de interpretación del materialismo histórico. Todos los autores reconocen que las relaciones de producción previa a la revolución no son totalmente feudales, pero sí en gran medida. Sweezy lo denominó “producción precapitalista de mercancías”, anticipándose a los estructuralistas quienes acuñarían el concepto <<formación social>> como forma peculiar de articulación de diferentes estructuras en un periodo histórico concreto. Historiadores como Régine Robin, Pierre Phillipe Rey y Guilles Postel-Vinay a considerar que este antiguo régimen era una formación social única, una mezcla del encuentro entre el modo de producción feudal y capitalista. Nicos Poulantzas sostenía que había relaciones de producción con un dominante elemento feudal y un Estado absoluto con un dominante capitalista.

Sin embargo para otros estas formaciones sociales eran eminentemente feudales y que fue la revolución la que transformó el modo de producción haciéndolo capitalista. Hill indica que la técnica en la agricultura inglesa no se modificó hasta el siglo XVII, siendo el período de 1640 y 1660 clave pues en este se observa cambios en la propiedad sobre la tierra y el volumen de producción, y es allí cuando se produce la contradicción que da pie a la revolución y consecuente transformación económica, social y política.

Por otro lado, Hobsbawm admite que la política jacobina consolidó la pequeña propiedad campesina, cuyo carácter retrógrado desde un punto de vista económico retrasó el desarrollo de una economía capitalista. Saboul lo reconoce indicando que la autonomía campesina llevó al relativo retraso de la economía agrícola de Francia en comparación a Inglaterra en el siglo XIX. En la misma tónica se encuentra Lefebvre y el mismo Tocqueville para quien la revolución no significó una ruptura, sino que una continuidad. Jaurès considera por su parte, que hacia 1789 el feudalismo tenía una existencia marginal y que no era necesaria una revolución para su eliminación, ¿cómo se compatibiliza esta conclusión con la tesis de una “revolución burguesa”?

Estas contradicciones entonces vienen dadas de la dificultad de subsumir las revoluciones inglesa y francesa en el modelo de revolución burguesa identificando a la clase capitalista como opuesta a la nobleza feudal, un problema especialmente agudo para el caso francés.

Para el caso inglés, Dobb asevera que la clase capitalista surge en los intersticios de la sociedad feudal y se va desarrollando hasta que entra en contradicción con las relaciones de producción feudales. Dentro de su análisis se concede gran importancia a los cambios acaecidos durante el siglo XVI: cercamiento de tierras provocados por el lucrativo negocio de la lana que produjo ganadores y perdedores. Dentro de los perdedores están los campesinos que sin tierras pasaron a engrosar las filas del proletariado, y los ganadores serían esta nueva clase de propietarios ricos -los yeomen- que a fines de siglo se habían convertido en arrendatarios en una escala importante y que explotaban sus tierras mediante el trabajo asalariado de las filas de los mismos campesinos despojados y víctimas del cercamiento.

Frente a estos historiadores marxistas la primera gran crítica la podemos encontrar en Robert Brenner. Su análisis de la transición feudalismo-capitalismo desmonta la teoría de la revolución burguesa (al menos para el caso inglés) por un hecho simple: en 1640 no se pueden encontrar dos clases enfrentadas, una representante del modo de producción feudal y otra del modo de producción capitalista. Vemos en Brenner una lucha de rentas (elemento dinamizador dentro del feudalismo) y es esta la que crea accidentalmente el modo de producción capitalista en el siglo XVI.

La teoría de la revolución burguesa (cuyo origen no es marxista, sino que liberal: Guizot, François Mignet, Agustin Thierry) ha sido desde entonces cuestionada por diferentes marxistas y no marxistas: Conrad Russel, Johan Morril, Alfred Cobban, Runciman, François Furet y Dennis Richet entre otros se cuentan entre esta nueva perspectiva y revisión historiográfica.

Según Cobban aunque la revolución francesa fue hecha por la burguesía, esta no era capitalista. Los capitalistas representaban una minoría insignificante (grandes mercaderes de Burdeos o Nantes). El núcleo de la burguesía compartía con la nobleza una proclividad hacia la propiedad agraria y participaba de los ingresos rentistas provenientes de la tierra. Y fue precisamente una parte de esta burguesía, amenazada por el desarrollo del capitalismo la que dirigió la revolución, por lo que para Cobban esta se dio como reacción en contra del desarrollo capitalista y su resultado fue más bien intrascendente pues preservó las características esenciales del antiguo régimen. George V. Taylor sostenía que la burguesía no podía distinguirse de la nobleza feudal, por lo que lo más adecuado era asumir una sola élite dentro del antiguo régimen.

François Furet en directa consonancia con Tocqueville entiende que la Revolución fue una lucha encarnizada dentro de la élite francesa. Esta lucha se desarrolla en dos fases, la primera una fuerte presión burguesa con el objetivo de acceder a los puestos dirigentes del Estado, y la segunda una lucha entre la nobleza una vez alcanzado ese acceso. De acuerdo con Furet, no existe ninguna diferencia social entre la Francia de Luis XVI y la de Luis Felipe.

En Los Estados y las revoluciones sociales Theda Skocpol admite que la nobleza y la clase media no se diferenciaban en su fuente de ingresos, entre 1788 y 1789 la clase dominante francesa estaba más o menos unida en su deseo por un régimen menos absolutista, y la Revolución comenzó debido a disputas dentro de la clase dominante y que se hicieron críticas tras la convocatoria de los Estados Generales. Skocpol solo admite que la revolución fue burguesa en un sentido estricto: no fue llevada a cabo por una clase burguesa pero sí fue “burguesa” en el sentido que consolidó los derechos de propiedad prerrevolucionarios, y fue “capitalista” al derribar las barreras de corporación y provincia opuesta a la expansión de una economía de mercado nacional en Francia.

El revisionismo para el caso inglés también descarta la idea de dos clases confrontadas.

Lawrence Stone ya en La Crisis de la Aristocracia (1558-1641) adelanta un cambio en su postura hacia una más revisionista, indicando que un siglo antes de la revolución la nobleza había perdido su carácter feudal. Su poder coactivo se redujo considerablemente a medida que los Tudor monopolizaban la violencia pública y privada, para Stone esto fue signo de un “aburguesamiento de la nobleza”. En The causes of The English Revolution Stone indica que como precondiciones a la revolución el fracaso de la corona al momento de conseguir un ejército permanente y una burocracia local, la decadencia de la aristocracia y el auge de la gentry, la expansión del puritanismo y la crisis de confianza de los gobernantes. Aquí la revolución inglesa es presentada como una lucha en el seno de la clase capitalista, y es que a mediados del siglo XVII la mayoría de los terratenientes ingleses habían aceptado la mercantilización de la tierra y del trabajo, arrendando sus tierras a granjeros capitalistas. Incluso la misma revolución no sirvió para solventar los problemas técnicos que enfrentaba la industria ni para el balance exterior ya que las guerras de Cromwell arruinaron el comercio con España y el Mediterráneo. Concluye Stone que la revolución consolida tendencias existentes desde mucho antes.

Peter Laslett piensa que es inútil pensar que durante el siglo XVII se enfrentara un sector capitalista contra otro que no lo era, ya que toda la gentry era burguesa. Según él son tres los factores que desencadenan la revolución: 1) la escasez de cargos públicos en relación con el total de personas con estudios superiores, 2) la controversia religiosa, 3) la ineptitud de Carlos I.

Conrad Russell defiende el papel de Carlos I como una de las principales causas de la guerra, establecido como muertas y enterradas todas aquellas interpretaciones que se basasen en un conflicto de clases. La guerra civil fue consecuencia del fracaso político cuya mayor responsabilidad fue Carlos I secundados por los parlamentarios liderados por John Pym. Su análisis es novedoso en tanto lo lleva al terreno del largo plazo como la sucesión de una serie de acontecimientos relacionados a los problemas de múltiples reinos, donde, la guerra civil inglesa fue el último episodio de una tradición de rebeliones contra Carlos I iniciadas en Escocia y seguido en Irlanda. El problema entonces era fundamentalmente religioso, azuzado por las diferencias entre los tres reinos y la autonomía política que gozaban en ese ámbito. Carlos I podría haber seguido la política de Jacobo I quien intentó interpretar los preceptos de la iglesia en Inglaterra buscando disminuir las diferencias con Irlanda y Escocia, en lugar de ello optó por incrementarlas imponiendo el modelo inglés en ambos reinos.

La conclusión que se puede extraer al momento de analizar la postura de los revisionistas nos lleva a ver que la crítica a la posición de la “revolución burguesa” mantiene contradicciones importantes a un punto que el mismo Hobsbawm reconoció. La tesis mantenida por Robert Brenner en Merchants and Revolution es contundente, donde se destaca que no se puede desarrollar y fundamentar una idea de dos clases enfrentadas -una capitalista y otra feudal-, sino que más bien fue el enfrentamiento dentro de una misma clase ya formada y esencialmente capitalista.

Immanuel Wallerstein en su obra El moderno sistema mundial parte del supuesto que la economía moderna capitalista es fruto de una reacción señorial de los siglos XIV – XVI, un esfuerzo monumental cuyo fin era mantener sus privilegios a pesar de tener que aceptar una reorganización de las relaciones económicas.  Así, las revoluciones de los siglos XVII y XVIII serían luchas dentro de una clase capitalista ya formada. Para el autor, las diferencias entre el norte francés e Inglaterra en cuanto a la organización de las tierras y la productividad agrícola eran mínimas.

Concluyendo, es evidente que la tesis de una revolución burguesa en Inglaterra el siglo XVII y en Francia el siglo XVIII ha sido superada en el seno mismo de la historiografía marxista (y no marxista), y no se puede sostener en la medida que sus principales fundamentos no tengan asidero empírico. Yo digo que este debate es reciente, pero lo reciente es relativo, hablo de obras que ya tienen más de 50 años de antigüedad, lo que aumenta mi preocupación y decepción cuando observo el variado material educativo que cuentan en los colegios de Chile o España, así como la anacrónica bibliografía que se presenta en las facultades de historia, y es que para algunos puede ser un tema menor, pero lo que realmente estamos logrando al mantener una visión obsoleta es una visión errada de la propia realidad presente, un conocimiento caduco y pocas armas discursivas. Este es el problema cuando quienes construyen los programas educativos de primaria, secundaria, bachillerato y educación superior dejan de actualizarse en un mundo lleno de debates y descubrimientos, ¿sería aceptable si un físico no conoce la obra de Einstein y se queda solo con Newton? En pleno siglo XXI no es posible que estudiantes de historia en España o Chile sigan creyendo que el capitalismo surgió durante el siglo XIX, no es correcto, no es honesto, ni es justo.



Categorías:Historia

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