Por qué la teoría Queer no es científica y cómo afecta esto en nuestro diario vivir: ¿Es el sexo cultural?

A raíz de la polémica ley Trans que se pretende implementar en España, este artículo pretende esbozar los planteamientos centrales de la teoría Queer y por qué no puede ser considerada una teoría científica, por lo cual sus consecuencias en el diario vivir pueden ser contraproducentes y negativas.

En primer lugar, es necesario contextualizar esta teoría

El concepto queer es de origen anglosajón y era utilizado de modo peyorativo para referirse a personas consideradas desviadas o anormales, especialmente a gays y lesbianas, aunque con el tiempo ha ido cambiando su sentido. En la actualidad este concepto se utiliza para autodefinirse como diferentes en clara respuesta a lo “impuesto y normativo”. Los orígenes de esta teoría se pueden remontar a los años 80, momento en que su primer foco estuvo en aquellos que no se sentían representados por las categorías clásicas de gay o lesbiana, para ya en la década de los 90 consolidarse como una teoría donde el trabajo de Judith Butler adquiere una importancia central.

Según ella, las personas actúan de la manera que se espera de ellas en su cultura, esto se traduce en expectativas tradicionales de género que se basan en el comportamiento de una mayoría, en conclusión, es un tipo de imitación para lo cual no existe un original, el genero entonces es lo que se hace y no un concepto universal de quien es. Michel Foucault tuvo un papel decisivo en esta concepción, en su Historia de la Sexualidad de 1976 mantuvo que el poder se establece mediante la imposición de normas sociales y que no solo nuestro género sino también la sexualidad los conforma la sociedad en la que vivimos. Así, mientras Simone de Beauvoir había introducido la cuestión de género en la esfera social, Foucault amplió el debate al introducir la orientación y comportamiento social en su totalidad.

En este aspecto Butler concordada con Beauvoir en que el género es un constructo social, acusaba al feminismo tradicional de ignorar implicaciones más profundas de esta noción y perpetuar estereotipos sobre lo “femenino” y “masculino”. Para ella el género no se reduce a algo tan simple ni la orientación a la oposición entre heterosexual y homosexual, puesto que no son fijos e inalterables, por el contrario, son fluidos y abarcan un amplio espectro de identidades.

Si convencionalmente se pensaba que el género tenía una relación anatómica y que su connotación variaba dependiendo de la sociedad, Butler indica que es lo que hacemos o “nuestros actos de género” lo que determina nuestro género e incluso nuestra percepción del sexo biológico. Así, cuando imitamos actos convencionales lo que hacemos es repetir un comportamiento apropiado para la sociedad y representamos un papel que en realidad no existe, pues no existe en esencia un origen de lo “masculino” y lo “femenino”. Una persona que nace mujer, se comporta como mujer, y tiene relaciones sexuales con hombres está realizando actos de género que la llevan a una mujer.

Por lo anterior para Butler un acto realmente subversivo es ir en contra de esta imposición normativa, y para escapar de este encasillamiento sexual se debe actuar de forma deliberadamente contraria a lo convencional. Su <<performatividad de género>> -como el travestismo- desafía las normas e incluso la percepción del género y sexo. Así las normas sociales y sexuales impuestas pueden ser perturbadas demostrando en el acto lo inválido del status quo y lo válido de la igualdad de derechos para todo tipo de identidades sexuales (heterosexual, gay, lesbiana, transexual, etc.).

En segundo lugar, qué tan cierta y válida es esta teoría

Parto por lo básico: ningún estudio histórico o antropológico ha demostrado que esta teoría sea cierta. El asumir que el sexo o el género es totalmente cultural mantiene implícitamente un pilar relativista extremo. Recuérdese que el relativismo tiene como premisa que todo depende del ojo del observador (idea que podemos rastrear a la obra de Protágoras con su “el hombre es la medida de todas las cosas”), y que expresado en la actualidad se impregna en diferentes corrientes como el relativismo cultural o el constructivismo epistemológico donde la realidad depende del observador y que en su versión más extrema tiene muchas semejanzas con el solipsismo. Por ejemplo, nosotros observamos nuestro entorno y vemos que las rosas son rojas y el cielo al medio día es celeste, un relativista dirá que no tienen esos colores pues es nuestra percepción la que nos lleva a creerlo pero para otra persona ese rojo en realidad es un rosa y ese celeste un azul, sin embargo aun cuando estas percepciones sean subjetivas el hecho objetivo es que el color tiene una relación directa con la realidad material (física y química) de sus componentes y el espectro electromagnético, entonces más allá de ver un rojo o un rosa, lo que observamos es una relación entre componentes químicos y la luz, y que, nuestro cerebro (y el de los animales) interpreta, de este modo, lo que realmente está sucediendo no es que estemos creando la realidad mediante nuestra percepción, sino que la interpretamos según nuestra propia capacidad biológica, en este sentido nosotros solo somos capaces de percibir una parte del espectro, pero ello no significa que no podamos tener noción del resto pues mediante los avances tecnológicos sí lo hemos logrado (aunque de modo limitado). Otro argumento de esta corriente filosófica es que como humanos somos también creadores, es decir vamos continuamente modificando la realidad en la que nos encontramos y con ello vamos generando una realidad social, siendo esta última una realidad subjetiva, pero el problema con esta percepción es que nosotros no creamos nuestras ciudades, conceptos e identidades de la nada, siempre cogemos lo ya existente y le entregamos un valor social, y es este valor el que puede tener una connotación social, pero la misma no puede provenir de “la nada”, en última instancia este producto social tiene una razón de su existencia, razón que proviene de leyes materiales y objetivables: somos animales sociales que no pueden existir fuera de la sociedad pues a diferencia de otros, nuestra evolución misma nos ha puesto en esta posición.

Plantear un escenario teórico en el que el género (o sexo) es una creación únicamente cultural implica eliminar el factor biológico, y este es un error garrafal. Evidentemente aquí no puedo negar el aporte social y cultural a la manifestación del género, si lo revisamos en la historia y a través de diferentes sociedades lo que veremos son numerosas manifestaciones de -por ejemplo- la masculinidad, y estas se materializan en vestimenta, actos, deportes, gustos, actos. Es cierto que el género como “Grupo al que pertenecen los seres humanos de cada sexo, entendido este desde un punto de vista sociocultural en lugar de exclusivamente biológico” (definición de la RAE) no se puede limitar solo a lo biológico (ya sea genital, cromosómico o cerebral), pero si establecemos que la base del género es lo biológico y que sobre esta viene la construcción cultural, lo que estamos indicando es que así como el humano es primero homo sapiens y no un Canis lupus familiaris, el hombre y la mujer tienen una existencia biosocial. Como capas de una cebolla, lo biológico es lo que se encuentra en su centro, y sobre estas existe lo cultural, a veces en ciertas sociedades y clases los hombres tenían un comportamiento más afeminado en términos actuales (en la Francia del siglo XVIII la nobleza usaba maquillaje, pelucas y tacones), más abierto hacia la homosexualidad o también más cerrado. ¿Qué significa esto? Pues significa que tanto la masculinidad como la feminidad socialmente varía, pero no dejan de ser hombres o mujeres pues nuestra sociedad como especie necesita que haya hombres y mujeres porque así nos reproducimos y perpetuamos su existencia. Lo que cambia es la expresión social de esta realidad biológica, por ejemplo durante la mal llamada prehistoria la división axial del trabajo no existía como sucedería después de la revolución neolítica, y la división sexual de los roles entre hombres y mujeres era bastante menor que milenios más tarde, no es que antes no existieran hombres y mujeres, los había, lo que cambió fue su expresión social.

Por lo tanto no podemos validar con la evidencia empírica la existencia de “muchos sexos o géneros”, lo que ha habido es principalmente dos géneros que se manifiestan de una variedad de formas. ¿Y qué ocurre con los Trans? Pues de esto también existe evidencia. En muchas sociedades a lo largo de la historia ha existido un grupo de personas que no se identifican con su sexo y que, por ello terminan actuando de un modo más masculino o femenino según los cánones de su sociedad. Esta situación no implica que el sexo/género sea inventado o dependa solo de variables culturales, en realidad significa que ante un determinado fenómeno las diferentes sociedades han construido un concepto para definirlos, entonces no es que existan muchos géneros sino que tenemos un A y B predominante y un C minoritario pero existente.

La existencia de C tampoco puede significar que la cultura supera la raíz biológica del sexo, pues existen muchos estudios científicos que indican como categoría puede ser explicada desde la ciencia, por ejemplo  investigadores de la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED), en colaboración con otros centros han medido el grosor de la corteza cerebral de las personas transexuales, y en el caso de los hombres que se identifican como mujeres poseen una corteza más fina que la de otros hombres pareciéndose más al cerebro de las mujeres, según Antonio Guillamón uno de los autores del estudio “Estos datos indican que la sustancia gris de mujeres y hombres transexuales presenta signos de masculinización y feminización respectivamente”. Obviamente todavía queda mucho por investigar, pero lo que podríamos concluir a priori es que las personas con disforia de género existen por motivos biológicos y no solo porque “se sientan culturalmente así”.

En este sentido, ningún estudio ha demostrado que la teoría Queer sea correcta. La misma existencia de una “tercera identidad” viene a demostrar que ni el sexo, ni el género pueden ser solo culturales ya que parten de la existencia de dos identidades masivos y mayoritarios, hombre y mujer, identificándose ellos como “diferentes”, pero es una diferencia que en ningún caso escapa de este marco, más bien viene a expresar o la masculinización o feminización en cada caso.

El otro problema de esta teoría es que individualiza el sexo y género a un nivel extraordinario. Ya no hay solo hombres o mujeres, hay personas y cada una se siente de una manera diferente. En cierto aspecto esta teoría viene a coger el individualismo liberal y aplicarlo en un campo donde nadie se había imaginado que se aplicaría. Si para el liberalismo filosófico uno de sus principios más elementales es el individualismo epistemológico, según el cual no hay estructuras colectivas y solo sumas individuales de personas (lo que se traduce en libertades, moralidades o utilidades), la teoría Queer viene a extender este planteamiento al sexo/género, ahora no una estructura binaria, tampoco ternario, más bien hay tantas identidades como personas, ya que esta “tercera identidad” no es una identidad en sí, sino que es una representación de quienes no se identifican con lo impuesto y por esencia son diferentes, cuando Steven Seidman afirma que la sexualidad es un constructo social, el género no se basa en nada primigenio y pocos hombres y mujeres se identifican con el sistema sexual binario lo que hace es destruir esta “sexualidad normal” cuestionando el mismo fundamento de la identidad.

El problema con este planteamiento es el mismo que se da con todo lo que venga del relativismo cultural, si todo está permitido, ¿cuál es el límite? Nótese que la palabra “todo” es absoluta, por tanto cualquier limitando es en sí arbitraria. No hay una sexualidad normal entonces hay sexualidades individuales, ¿permitimos la pedofilia, zoofilia o necrofilia? La respuesta que nos dará el 99, 99999% de la sociedad será un rotundo no (incluidos los partidarios de esta teoría), ¿por qué? Porque esta libertad no puede tocar la libertad de otros (planteamiento liberal), ¿pero entonces no estamos normalizando la sexualidad misma? Hace 25 años un Trans para muchos era un insulto a las normas (como quien defeca en público) y por tanto era “anormal”, hace 50 años ser homosexual era para la mayoría de los heterosexuales sinónimo de enfermedad y por tanto también era anormal, ¿cómo podemos partir por una explicación de ese estilo? ¿Es que la sociedad no podría cambiar durante los próximos 50 años y llegar a aceptarlos? Entonces el problema no es que “atenten contra la libertad de otros”, pues luego habría que definir la libertad y caeríamos en el problema típico del liberalismo, el problema es que estamos en un mundo donde lo bueno y lo malo existen y no es algo que depende de la percepción o de la sociedad, es un concepto objetivo que varía pero en su variación como tendencia apunta a la evolución, entonces no podemos decir que “la zoofilia no se acepta porque atenta contra la libertad de otros”, (¿qué libertad?¿Una libertad de los mismos animales que tenemos más que mercantilizados como productos de consumo?) sino que la zoofilia no se acepta porque es una parafilia que es “mala”, y es mala porque va en contra de toda utilidad social, es potencialmente perjudicial para ambas partes e implica un acto tan despreciable como golpear a un indefenso.

Entonces no se trata de una “superación de la normalidad” pues lo normal sigue existiendo, lo que ahora ocurre es que nos hemos dado cuenta que lo normal era más amplio de lo que creíamos. Tampoco implica asumir individualidades de sexo o género, ya que nos hemos dado cuenta que no todo es XX/XY, Genitales masculinos/genitales femeninos, testosterona/progesterona, hay variaciones en este esquema, pero estas variaciones tienen una directa implicación con nuestra realidad material, y esto explica la disforia de género.

 En tercer lugar, por qué esta teoría puede ser sumamente perjudicial.

Visto lo anterior y entendiendo que la teoría Queer no es ni científica ni mantiene un cuerpo lógico teórico, ¿es realmente importante esto a nivel práctico?

Sí, y mucho.

Es significativo a nivel público porque si se acepta que el sexo es cultural y debe ser performativo y fluido, entonces a nivel legal esto tiene resultados importantes. La actual “ley Trans” que se pretende promulgar contiene una serie de cambios, pero entre estos el más significativo es que cualquier persona podrá ser hombre o mujer solo con desearlo o sentirlo y sin la necesidad de documentos médicos o una transición efectivamente realizada. Lo que significa que un hombre de 90 kilos, musculoso y barba el día de mañana podría ir y cambiar su género manteniendo todos sus hábitos, apariencia y gustos como hombre.

¿Pero esto es importante?

Sí.

Yo podría ser legalmente una mujer (pero en la práctica no) y con ello:

  • Usar espacios destinados para las mujeres (como el baño público)
  • Opositar en trabajos donde haya cupos para mujeres
  • Competir con otras mujeres en diferentes deportes (como lucha o pesas)
  • Entrar en una riña con un hombre y acusarlo de agresión de género
  • Y en caso de un crimen ir a una cárcel de mujeres

Entre muchos otros potenciales riesgos.

Tal distópico escenario no es fantasía mía, es algo que ya está ocurriendo:

Por ejemplo, https://www.bbc.com/mundo/noticias-45470052

En resumen, Stephen Wood estaba en la cárcel por crímenes de violación en Reino Unido decide “ser mujer” y sin transición alguna lo envían a una cárcel de mujeres (ahora bajo el nombre de Karen White), ¿cuál fue el resultado? A los pocos días de su traslado se aprovecha de la cercanía con otras reclusas y las asalta sexualmente.

Yo personalmente no estoy a favor de la discriminación positiva, pero esta existe, y como existe muchos hombres podrían hacerse mujeres solo para acceder a ella. Lo que realmente se logra con esta ley es poner en riesgo a las mujeres y ridiculizar a las personas que realmente viven con una disforia de género.

Esto último lo digo pues, si bien es cierto que la ley busca abrir el espacio de estas personas, lo que hace es seguir la teoría Queer, una teoría que en lugar de entender la disforia de género como lo que es, apunta a una cuestión cultural, poniéndolos en el mismo nivel que los oportunistas y las personas con trastornos. Bajo el pretexto de la “despatologización” lo que se está invisibilizando es todo lo demás a la par de una patologización positiva pues, por ejemplo, lo que se hace es proteger a un colectivo solo por existir, no por su propia realidad. Aquí volvemos al mismo problema que se nos presenta con todas las minorías, no porque estadísticamente haya una realidad de pauperización social en una minoría determinada, una persona que pertenezca a la misma merecerá el mismo trato o la ayuda. De este modo, un trans multimillonario no necesita el mismo apoyo que un trans pobre, a pesar de que por estadísticas la mayoría de estos puedan ser pobres. El trans multimillonario desde luego podría ser discriminado por sus pares, pero un trans de clase baja padecerá otros problemas que existían antes de su propia definición como trans (bajos salarios, incapacidad de llegar a fin de mes, pobreza, mala alimentación, etcétera).

Y por supuesto, los intereses detrás de esta ley promovida por el gobierno y una dirigencia Trans deben analizarse en su debido contexto. Una dirigencia política que suscribe a una teoría que no tiene nada de revolucionaria y sí mucho de reformista, un reformismo que en sus cimientos mantiene la conceptualización filosófica liberal de la sociedad, por lo que termina siendo absolutamente gatopardista. Es, en definitiva, una dirigencia que no supera los mismos problemas que mantiene el socialismo burgués de toda la vida.



Categorías:Antropología

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