Estados Unidos en Afganistán e Irak, ¿qué balance podemos rescatar?

Han transcurrido casi 20 años desde que Estados Unidos inició las dos guerras más conocidas, influyentes e importantes en la historia del siglo XXI, y a pesar de ello, el balance que podemos sacar como conclusión está lejos de converger en uno solo. Existen diferentes versiones de estas guerras, tanto dentro de la izquierda como de la derecha, dentro de los países del sur como los países del norte, y también dentro del mismo Estados Unidos.

La izquierda, por una parte, ha tendido a converger que las guerras emprendidas por Estados Unidos han poseído siempre un elemento de interés económico ya sea enfocado en la extracción de recursos naturales, o bien mediante la apertura de los mercados para los mercados. En este aspecto, ambas guerras habrían tenido como objetivo, la capitalización de ambos países en pro de la acumulación incesante de capital.

La derecha, por otra parte, ha tenido una percepción más enfocada en la necesidad por estabilizar las regiones donde Estados Unidos busca intervenir, llevar la democracia y derrocar a los enemigos del país. Es por este motivo que muchos sectores de la derecha estadounidense y mundial han justificado las guerras en respuesta a los atentados del 11S, o en reacción a la actividad de grupos terroristas, insurgentes y de riesgo nacional.

De ambas tesis se deriva que es inevitable la confrontación entre potencias del norte con países del sur. Ya sea por el interés económico en explotar sus recursos naturales, o bien por la necesidad de imponer regímenes democráticos que busquen hacer del mundo un lugar más abierto, libre y seguro.

Mi balance es completamente diferente y distante, y se sostiene en datos objetivos que no solo desmontan las tesis anteriores, sino que pone en la mesa que detrás de estas guerras no hay solo intereses de corte “inmediatos” o cortoplacistas, sino que estamos frente al resultado de grandes movimientos estructurales que se pueden rastrear con décadas de anticipación.

Lo anterior no significa que debamos limitarnos a tener una actitud crítica frente a las intervenciones militares de las potencias en el tercer mundo, todo lo contrario, esta actitud debe existir, pero en el marco de posiciones objetivas y serias en el marco de la evidencia científica.

¿Limitaciones en ambas versiones?

Para comprender ambos movimientos político-militares por parte de los Estados Unidos, debemos entender cuáles fueron sus principales aspiraciones al momento de intervenir en dichos países. El argumento económico se inclinaría en afirmar que, aquellos que apostaban por las guerras, calculaban que de la misma se obtendrían ingentes recursos que posibilitarían una cantidad millonaria de ganancias. Sin embargo, luego de 18 años, el saldo económico es que Estados Unidos se ha gastado 1,5 billones de dólares, una cifra que ha salido de la plusvalía nacional del país, y no hay método ni forma de que ambas guerras se hicieran rentables mediante la extracción de algún recurso natural.

El argumento pro-democrático es todavía menos creíble. Si creemos que Estados Unidos busca intervenir en países donde los derechos humanos son flagelados a raíz de regímenes antidemocráticos, no se explica por qué no han intervenido en Arabia Saudí, que por cierto es uno de los aliados más importantes para Washington en medio oriente.
Una guerra a miles de kilómetros de distancia, con expertos militares que no veían resultados positivos en un plazo corto de tiempo, y con tanta posibilidad de verse inmersos en pantanos militares y políticos no podría haberse dado solo por recursos económicos y por altruismo puro. Mucho menos dos.

Convengamos además que, el negocio de Estados Unidos con respecto al petróleo (para sacar el ejemplo de Irak) ya estaba asegurado. Esto pues, se logra tener dominio en dicho rubro cuando se tiene posesión sobre 3 materias: regular el precio, participar en las utilidades del petróleo y asegurar la distribución (o negarla, de ser necesario). El precio, desde 1945 hasta antes de la guerra, ha sido convenientemente acomodado para Estados Unidos gracias al aliado saudita. Y tanto la participación en los beneficios del negocio, además de la distribución, es algo que han tenido asegurado gracias al negocio de las grandes petroleras estadounidenses alrededor del mundo.

En Afganistán la situación se vuelve todavía más confusa, esto porque los principales recursos provienen de yacimientos minerales, como el cobre, hierro u otras piedras preciosas. El problema con estos recursos es doble: primero, la mayoría de ellos todavía ni siquiera es explotado, por lo que requerirán de tiempo e inversión para que se comiencen a percibir las ganancias, y segundo, hay una serie de países más cercanos con yacimientos que contienen una cantidad igual o superior de recursos. Entonces, si el enfoque en Afganistán eran las riquezas naturales (cobre y hierro), ¿no habría sido más sensato invadir un país con mayores posibilidades de éxito?

La pregunta se puede extrapolar también para el caso iraquí. Y es que ambos países son conocidos por tener un largo historial expulsando invasiones extranjeras. Era predecible que cualquier campaña militar no fuera corta y rápida, sino que larga y dolorosa, con enormes costos humanos, económicos y sobre todo políticos.

Frente a lo anterior, ¿qué ha llevado a Estados Unidos a mover decenas de miles de militares más fondos billonarios de recursos económicos en tales movimientos militares?
La respuesta no se puede entender desde el corto plazo, sino que desde movimientos estructurales de larga duración.

Una visión alternativa

Seamos directos, ambas guerras se llevaron a cabo por un principal objetivo: posicionar a Estados Unidos en un lugar de importancia mundial que ha estado perdiendo desde hace unos 50 años.

Estados Unidos se forjó como la potencia hegemónica luego de la segunda guerra mundial tras derrotar a su rival más próximo, Alemania. Y durante 30 años, esta hegemonía estuvo indiscutida. Es cierto que la URSS se reconoce como su rival durante la guerra fría, pero esta rivalidad más bien era militar, en lo medular, lo económico, no existía rivalidad alguna. El nivel de productividad centrado en los nichos económicos más competitivos de Estados Unidos era puntero a nivel mundial.

Esta situación cambió hacia los años 70, de modo lento sí, pero paulatino y constante. El poder estadounidense se fue reduciendo en casi todos los continentes.

La principal razón de este declive provino de cambios económicos. En términos simples, las antiguas industrias más competitivas cuasi monopolizadas en territorio estadounidense habían perdido su primacía, y ya para los años 70 tenían importantes rivales en Europa y Japón. Con el tiempo, además, se sumarían otros importantes rivales como Corea, Taiwán, Hong Kong y China.

Esta transformación en las relaciones económicas se puede visualizar en datos claves como lo es la balanza de pagos. Y es que hasta los años 60, la balanza de cuenta corriente estadounidense mostraba -casi- solo números azules, lo cual implica que el país produce más de lo que consume. Y con ese excedente, la maquinaria capitalista puede acumular y generar más nichos de generación de valor agregado.

Tras los años 60, esta situación cambió, la balanza de cuenta corriente se volvió deficitaria. Lo que significa que Estados Unidos comenzó a consumir más de lo que producía. El nivel de endeudamiento aumentó, y todo partiendo desde la base que las industrias estadounidenses comenzaron a perder primacía, y además, el gasto asumido por la administración central del país se incrementó más allá de las posibilidades económicas (la guerra de Vietnam fue clave en este proceso). En este contexto, el país ha entrado en una contradicción interna, ya que para mantener su posición hegemónica debe tener un elevado gasto militar, pero para hacer rentable su economía debería realizar una serie de reformas entre las que cabe mencionar estaría la reducción del gasto público, gasto del cual provienen miles de millones anuales en inversión militar y ayuda a aliados como Israel.

Todo este cambio ha desembocado en que el mundo ha visto el surgimiento de potencias regionales que rivalizan con la influencia estadounidense y que han logrado adquirir mayor importancia desde 1970 a la fecha. Dentro de las que destacan:

  • Alemania y Francia dentro de la Unión Europea
  • Japón
  • China
  • Rusia

Si bien es cierto, ninguna ha logrado hasta el momento, opacar absolutamente el poderío estadounidense, sí lo han hecho en determinados momentos y lugares.

Alemania y Francia lograron la configuración de la Unión Europea, un bloque político y económico que, aun cuando no opera como un país, representa una potencia económica con un PIB superior al de Estados Unidos.

Japón durante los últimos 40 años superó a Estados Unidos en una serie de sectores económicos en lo respectivo a tecnología y productividad medida por hora trabajada.

En suma, tanto Europa como Japón desde los años 70 comenzaron a formar parte (junto a los Estados Unidos) de la Triada económica. Demostrando de facto que el dominio de las redes económicas a nivel mundial ya no era solo monopolio estadounidense, sino que ya cada vez otros actores tendrían mayor importancia dentro del mercado capitalista.

Por su parte, China desde los años 2000 a la fecha, ha tenido un nivel de crecimiento tan acelerado, que ya se considera la próxima potencia hegemónica del siglo XXI.

Rusia, luego de la disolución de la URSS, vivió 10 años de inestabilidad interna que se tradujo en debilidad internacional, mas sin embargo, con la llegada del nuevo siglo comenzó a jugar un rol de mayor protagonismo. Ha conformado importantes redes de intercambio comercial tanto con China como con Alemania, y sus movimientos políticos y militares desde 2007 a la fecha demuestran que la influencia estadounidense en Europa, medio oriente en la región del Cáucaso ha ido a la baja.

En el llamado tercer mundo la situación ha sido más o menos similar. En América Latina desde que se inició el siglo, diferentes gobiernos de tendencia izquierdista han demostrado su poca sintonía con los intereses de Estados Unidos en materia internacional. En oriente medio el régimen iraní ha sido una fuerte influencia contraria a Estados Unidos en la zona, y su vecino Irak no solo lo dejó claro con palabras, además emprendió abiertamente una guerra que, aunque derrotado, dejó precedente de que incluso los países del tercer mundo ya estaban actuando fuera de las reglas emanadas de Washington. Por último, Asia y África a pesar de no demostrar una actitud tan desafiante, han comenzado a modificar sus lealtades desde occidente a oriente, incrementando la cuota de comercio e inversión con China y otras potencias del extremo oriente.

Es interesante recalcar esto último, ya que, a pesar de los cambios políticos, la llegada de gobiernos de corte derechista públicamente cercanos a Estados Unidos, las relaciones económicas con China son cada vez más fuertes y por ende, influyentes. Es por esto por lo que América Latina, aunque se encuentre bajo la influencia de la derecha o la izquierda, ha construido diferentes organismos que no apuntan a forjar su relación con Estados Unidos, sino que con China y otros países del Asia Pacífico.

Toda esta enorme cantidad de cambios políticos, no son más que puntos dentro de una línea constante que marca el declive del poder estadounidense.

Es solo entendiendo este contexto, que presidentes como Reagan y George W. Bush buscaron reestablecer la primacía estadounidense. Y aquí nos encontramos con un común denominador que caracteriza a las potencias hegemónicas en declive, el afianzarse mediante la fuerza militar, gastando ingentes recursos económicos en fortalecer la maquinaria militar con tal de amedrentar tanto a aliados, rivales y enemigos.

Bush fue a un paso más radical. Él y los halcones, haciendo el mismo balance que he realizado, actuaron en Irak y Afganistán. Por cierto, la invasión de Afganistán ya estaba pensada antes del 11 de septiembre. El objetivo: amedrentar al mundo, reestablecer a la fuerza el poder estadounidense, acabar con rivales y demostrar que Estados Unidos seguía siendo el poder hegemónico del globo.

Teniendo el porqué, lo que sigue es saber si se logró.

¿Un balance negativo, positivo o indiferente?

Ya sabemos entonces que ambas guerras fueron llevadas a cabo por el ánimo de la élite estadounidense por mantener la hegemonía política a nivel global. La pregunta es, ¿se logró? ¿Es más relevante Estados Unidos hoy noviembre de 2018 que a inicios de septiembre del 2001? Pues la respuesta es no. Veamos la situación en cada región.

1. En América Latina los gobiernos que discutían abiertamente el actuar de los Estados Unidos en el mundo no solo no se moderaron, sino que proliferaron. Prácticamente todos han cuestionado la situación en Irak y Afganistán, de derecha e izquierda, fueron contadas las excepciones que apoyaron en un inicio la guerra, pero con los años, los gobiernos que sucedieron no dudaron en manifestar su reprobación.

2. En oriente medio la primera década la situación fue de silencio generalizado, una calma demasiado forzada frente a lo que sucedía en Irak y Afganistán, sin embargo, iniciando la segunda década se vino encima la primavera árabe, de la cual, el resultado final ha sido de un total balance negativo para Estados Unidos. Ya sea Túnez, Egipto, Libia o Siria, el resultado no ha significado un fortalecimiento de su posición, la situación se vuelve crítica si se mira el caso sirio, donde, la influencia rusa e iraní ha demostrado ser todavía más relevante que la estadounidense.

3. En Europa a pesar de la acción de ciertos gobiernos cercanos a Estados Unidos como Aznar en España y Blair en Inglaterra, la tendencia ha girado cada vez más al acercamiento con Rusia. Cierto es que este acercamiento ha estado lleno de vaivenes, pero no se ha detenido, incluso tras el problema ucraniano, donde, por cierto, una vez más Estados Unidos poco pudo hacer, ya que para su pronta estabilización solo actuaron Rusia, Alemania, y otros líderes locales.

4. En el lejano oriente, si bien es cierto la influencia estadounidense sigue siendo muy fuerte, el papel de China no ha parado de crecer. Corea del Norte ha mantenido su política internacional desafiante bajo la amenaza de Bush y Obama, e incluso ahora con Trump, Corea ha continuado con sus pruebas nucleares. Es más, incluso en este ambiente de extrema tensión, se ha desarrollado la cumbre Intercoreana. Y más sorprendente aún, China y Japón durante los últimos meses no han dejado de buscar el acercamiento mutuo.

5. Y con respecto al África subsahariano, a pesar de ser una región muy poco influyente, el incremento de la influencia china ha sido boyante.

Lo anterior es solo una muestra de cómo el mundo, contrario a la apuesta inicial, se ha alejado de los intereses de los Estados Unidos. Y aunque dicho país siga operando como la mayor potencia internacional, su peso irremediablemente se ha reducido.

El primer gran objetivo en las guerras no se logró. Ningún aliado, ni rival, ni enemigo, ha detenido su distanciamiento del eje estadounidense.

Sigamos entonces, si no es a nivel internacional, ¿se logró algo dentro de Irak/Afganistán?

Entendamos ahora que una guerra no se gana solo destruyendo y matando. De ser así, la URSS habría ganado en Afganistán y Estados Unidos en Vietnam.

Una guerra se gana logrando objetivos. ¿Pero qué objetivos se enfocaban en Irak/Afganistán? Lógicamente cualquier objetivo local, debería obtenerse mediante la consumación de una serie de requisitos sine qua non, los cuales son:

  • La estabilización de un régimen afín a los intereses de Washington y con la influencia y dominio suficiente para solventarse por su cuenta en el territorio nacional.
  • La derrota de toda la insurgencia y actividad rebelde, es decir, la eliminación de raíz de toda la resistencia nacional.
  • Acabar con la presencia del terrorismo y de toda actividad similar.
  • Debilitar cualquier voz y posición a favor del desarrollo de armamento nuclear, para de este modo, evitar que Irán y Corea del Norte fueran ejemplo para otros regímenes de la zona.

Vamos a los hechos, ni en Irak, ni en Afganistán lograron acabar con la resistencia. Ni con el terrorismo. El Daesh se hizo desde 2014 en adelante, con el control de importantes zonas iraquíes, y desde mediados de la década pasada los talibanes recuperaron importantes zonas de Afganistán.

Además, ambas invasiones dieron pie y evidencia de que retroceder en el desarrollo de armamento nuclear no haría más que debilitar cualquier defensa frente a un actuar estadounidense, no olvidemos que el eje del mal era encabezado por Irak, Irán y Corea del Norte, por lo que de haber concluido rápidamente la invasión de Irak, le habrían seguido casi con seguridad Teherán y Pyongyang. Ese no fue el caso, y por tanto las posiciones a favor de la proliferación del armamento nuclear salieron fortalecidas.

Por otro lado, si hubo algún interés económico al momento de pensar en ambas invasiones, desde luego que se pensó en abrir los mercados a la inversión de capitales estadounidenses con el fin de posicionarlos en el mercado internacional. Pero aquí también volvemos a leer un fracaso. Por un lado, Afganistán aún hoy se encuentra tan poco estabilizado, que pensar en invertir allí es un despropósito. En Irak la situación es un poco diferente, allí sí se ha invertido bastante en el rubro petrolero, pero la gran mayoría de las inversiones han sido encabezadas por firmas francesas, holandesas, chinas y rusas, por lo que una vez más desde la posición estadounidense no se puede vislumbrar una victoria. Y es que económicamente la guerra en ambos países no ha significado más que solo pérdidas.

En conclusión, Estados Unidos no ha logrado prácticamente nada ni en Afganistán, ni en Irak. Ambas guerras para el mundo demostraron (además de errores y horrores en materia de derechos humanos y derecho internacional) que su enorme poder asegura la destrucción mas no el control ni victoria. Sus aliados y rivales se han alejado de su interés central. Y en lugar de gestar nuevos regímenes aliados y cercanos, ha llevado a la proliferación de movimientos terroristas con muchísima mayor influencia que Al Qaeda, gobiernos débiles sostenidos muchas veces con la ayuda de Teherán y Islamabad. Por cierto, en buena medida Irán ha salido fortalecido de todo este movimiento geopolítico.

Lo que se está observando, como ya se ha mencionado, es una reiteración de la actitud internacional que toman las potencias hegemónicas en el clímax de su declive, una fuerte actitud militarista con tal de evitar que este proceso de decaimiento se sostenga. El problema es que sin una base económica que manifiestamente permita este despliegue de fuerzas, el resultado solo decanta en procesos de largo desangramiento económico y político. Estados Unidos desgasta su maquinaria capitalista mientras otras potencias ahorran sus excedentes y esperan pacientes su momento, como lo ha estado haciendo China, y como también lo hizo Estados Unidos entre 1870 y 1940.

Tal es la situación, que actualmente un presidente como Trump, tan enfocado en manifestarse como alguien con un objetivo tan americanista, reconoce que ambas guerras fueron un completo error. Que por cierto, lo mismo ha dicho Bush con respecto a Irak.



Categorías:actualidad, Historia, Política

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