LA SITUACIÓN EN CHILE… AD PORTAS DE LAS ELECCIONES

Se acercan las elecciones en Chile, y la situación es la que sigue, existen 8 candidatos mientras escribo este artículo, los cuales son: Sebastián Piñera, Beatriz Sánchez, Alejandro Guillier, Carolina Goic, Eduardo Artés, Marco Enríquez-Ominami, Alejandro Navarro y José Antonio Kast.

Sebastián Piñera es candidato por la coalición de centro derecha, Chile Vamos. Alejandro Guillier por su parte, es el candidato de la Nueva Mayoría, actual bloque político oficialista que se encuentra en el poder. Carolina Goic representa al partido Democracia Cristiana, antiguo aliado y parte de Nueva Mayoría, y que desde hace unos meses se ha separado del mismo para presentar una candidatura propia. Beatriz Sánchez representa al “Frente Amplio”, un movimiento conformado en 2016 a partir de diferentes partidos de izquierda, movimientos ciudadanos y liberales, dentro de los cuales podemos destacar el actuar de los líderes estudiantiles que llegaron al Parlamento (Jackson y Boric). Marco Enríquez-Ominami representa al partido progresista (PRO). Alejandro Navarro representa al partido País, un partido recientemente fundado luego de su separación con la Nueva Mayoría y el movimiento. Eduardo Artés y José Antonio Kast, por su parte, representan las facciones más extremistas tanto de izquierda como de derecha, Artés representa al Partido comunista (AP), mientras que Kast antiguo miembro de la UDI, optó por separarse de dicho partido, y actuar independientemente, ambos tienen propuestas que alcanzan más los extremos de izquierda y derecha, Artés busca dentro de su programa presidencial la recuperación de los recursos naturales (entiéndase, estatización de recursos estratégicos como el cobre), mientras que Kast afirma que desea eliminar de lleno la idea de gratuidad en la educación y el Transantiago.

Si hay algo novedoso que todavía llama la atención a los medios de comunicación, es que, desde las elecciones del 2013, existe un mayor número de candidatos que se disputan la presidencia durante la primera vuelta. Un rasgo común de la mayoría de estos candidatos, es que no suscriben a los planteamientos generales de los bloques políticos que han gobernado desde el retorno a la democracia. Así, hasta las elecciones del año 2009, lo común que uno veía entre los candidatos, era ver a dos o tres candidatos que representaban los bloques tradicionales, y un candidato que representaba la izquierda extraparlamentaria con una adhesión no superior al 5% (denominado histórico). Desde 2013, el número de candidatos ha aumentado, y estos representan diferentes versiones e ideas a defender, por ejemplo, durante las elecciones de 2013, hubo un candidato ecologista.

Haciendo un pequeño barrido: en las elecciones de 1989 hubo 3 candidatos a disputarse el puesto de presidente; durante las elecciones de 1993 hubo 6 candidatos a elecciones; en las elecciones de 1999 nos encontramos con 6 candidatos; en las elecciones de 2005 presenciamos 4 candidatos; durante 2009 el número de candidatos se redujo a 4, y finalmente en 2013 el número se incrementa a 9 candidatos.

Entonces, tan solo observando el número de candidatos, observamos que durante la década de los 90, el número era de 6 candidatos, mientras que esto se redujo en la década siguiente. Pareciera ser que, al menos a primera vista, la organización política noventera aún se encontraba en un estado de inmadurez, lo que repercutió en el número de coaliciones en un contexto donde la democracia todavía era joven. Los años 2000 demostrarían que, ya entrados en un grado de madurez, las alternativas tradicionales serían las que primarían en las decisiones del electorado chileno. Así, por ejemplo, las elecciones de 1999, solo sumando los votos de Lagos y Lavín, se contabilizaba el 95% del total de los votos emitidos, los restantes de las candidaturas eran, por lo tanto, testimoniales, una diferencia sustancial a las elecciones de 1993 donde vemos que los candidatos independientes sumaban más del 15% de los votos.

A fines de la década de los 2000, vemos el primer atisbo de este cambio, el candidato independiente (en ese entonces), Enríquez-Ominami, lograría hacerse con el 20% de los votos emitidos, lo cual expuesto por los medios de comunicación como una gran sorpresa en un país que estaba acostumbrado a ver cómo los candidatos electorales de los bloques tradicionales eran los que acaraban, en conjunto, más del 85% – 90% de los votos. Si sumamos los votos que obtuvo el candidato Jorge Arrate, de izquierda extraparlamentaria, ya debemos considerar a un 25% de los votos emitidos a fines de 2009.

Un panorama similar, aunque más complejo se observó durante la elección de 2013. Entre Michelle Bachelet y Evelyn Mathei, los votos sumaron un 72%, Enríquez-Ominami y Franco Parisi en conjunto acapararon casi el 22%. El resto de los candidatos se hizo con un aproximado 7,15%.

Es decir, ciertamente hay un cambio, no solo en el incremento del número de candidatos que se postulan ante las elecciones presidenciales, también el porcentaje de los votos que estos nuevos candidatos reciben es bastante superior al mínimo histórico que ha recibido la izquierda extraparlamentaria durante los 90 y 2000. Además, así como Enríquez-Ominami representó una versión alternativa de la izquierda en 2009, POarisi representó una versión alternativa de la derecha en 2013.

Otra novedad que presenciamos durante las últimas dos elecciones, es el bajo nivel de participación electoral. Parece ser que se consolida la idea generalizada del poco interés o la poca confianza entregada en los candidatos y en el modelo democrático chileno.

Veamos los datos: Durante la elección de 1989, la participación llegó a casi el 95%; en 1993 fue del 91%; durante 1999 esta llegó a casi el 90%; en 2005 llegó a casi el 88%; misma cifra se vio en 2009; pero ya en 2013 este nivel se redujo abruptamente a 49%, una reducción bastante grande. Se entiende que la instauración de la inscripción automática y el voto voluntario más bien transparentó la poca adhesión de los ciudadanos chilenos hacia el proceso electoral, pero aun así, el número total de votos emitidos se redujo, entre 2009 y 2013, en más de 560 mil, es decir, hablamos de más de medio millón de chilenos que en algún momento se inscribieron voluntariamente para votar, y que decidieron abstenerse desde que el voto es voluntario.

Este nivel de baja participación electoral, comparado con otros países donde el voto es voluntario, demuestra que el grado de desapego existente con los líderes políticos, el Estado y el proceso democrático chileno, es bastante mayor. Expondré los datos de algunos países con voto voluntario:

chile 1

 

Podemos observar que, de todos los países citados, fundamentalmente Norteamérica y Europa, solo Portugal muestra un nivel de participación similar al chileno. En Sudamérica, la situación chilena está solo cerca de Colombia, mientras en Venezuela (el tercer país con voto voluntario), expone cifras bastante más elevadas.

El nivel de abstención electoral, puede tener muchas explicaciones, pero la fuente de todo, se encuentra en la poca credibilidad que se tiene sobre el modelo político del país, y los líderes que gestionan este modelo, la conocida “clase política”.  

Citando la encuesta CEP de julio y agosto del presente año, el 38% de los encuestados desaprueba la coalición derechista Chile Vamos, mientras que solo un 16% la aprueba. Con respecto al Frente Amplio, un 36% desaprueba su labor, mientras que un 11% la aprueba. En tanto, a la Nueva Mayoría, un 46% desaprueba su gestión, y un 10% la aprueba.

Además, durante los últimos 17 años, el nivel de aprobación general de los diferentes presidentes (Lagos, Bachelet, Piñera y Bachelet en su segundo mandato), si bien ha tenido altibajos, la tendencia ha ido a la baja.

chile 2

 

Llegados a este punto, pareciera ser que el grado de desaprobación tiene una explicación basada en problemas centralmente económicos, no obstante, los datos nos llevan a dudar sobre esta situación ya que, haciendo una lectura rápida de los principales indicadores macroeconómicos, la situación en Chile ha sido bastante buena. Así, desde 1990 a 2015, el crecimiento promedio fue del 5%, la inflación se ha mantenido reducida bajo datos aceptables según los diferentes estándares, de hecho, desde 1995la cifra no ha vuelto a superar los 2 dígitos, y desde 1998, no ha superado el 5% (ignorante la inflación de 2008, caracterizado por la crisis internacional, dato que prontamente fue contenido). Según los datos de la Cepal, desde 1999, el salario medio real chileno ha sido el que más ha crecido en la región (descontando el argentino y venezolano, del cual no presenta datos), así, en 2015 el salario real medio en Chile, era un 140% del salario en 1999, le sigue México con un salario que representa el 127%; en promedio la región ha visto aumentar su salario medio real en un 19% mientras en Chile este incremento ha sido del 40%.

Para entender la situación, debemos hacer un barrido de la historia actual del país.

A inicios de la década de los 90, se deja atrás la dictadura que había dominado la historia de Chile desde el golpe de Estado de 1973, en ese entonces, se inicia una nueva etapa en el país dominada por los gobiernos democráticos, donde, la mayor parte de estos hasta la fecha, estarían liderados por los actores políticos que durante la década de los 80, habían luchado contra la dictadura. La oposición desde el retorno de la democracia, se agrupaba en la llamada Concertación, un bloque heterogéneo de partidos políticos de centro y centro izquierda, dentro de la cual podemos encontrar la Democracia Cristiana, el Partido por la Democracia (PPD), el Partido socialista (PS) y el partido Radical. Dentro de la izquierda, el Partido comunista y otras organizaciones ubicadas más a la izquierda, quedarían relegados a un papel donde su participación electoral siempre sería marginal obteniendo no más del 5%. Por su parte, la derecha intentaría actuar dentro de la democracia agrupándose en la que conoceríamos desde los años 2000, como Alianza. Así, Chile entraría en una dinámica muy similar a la del resto de los países democráticos –burgueses- donde la dinámica sería liderada por dos bloques de centro izquierda y centro derecha.

Se puede afirmar que a pesar del cambio de la superestructura y del régimen, el modelo económico no fue modificado, más bien fue profundizado por la oposición en el poder. Durante los años 90 los diferentes presidentes realizaron diferentes tratados que años más tarde, se consolidarían bajo la forma de Tratados de libre comercio con un gran número de países. Además, el sistema de administración privada de salud, pensiones y educación igualmente sería profundizado mediante una serie de medidas. En consecuencia, la llamada transición hacia la democracia se daría solo en el campo político, y se materializaría mediante la búsqueda de juicios por los crímenes en contra de los Derechos Humanos durante la dictadura, la compensación económica hacia los principales afectados, y la aplicación de diferentes medidas para recordar las consecuencias derivadas durante el período de la dictadura (tortura, desaparecidos, ETC), mas, no hubo un cambio sustancial en el método de administración de la plusvalía general.

El crecimiento económico durante los primeros 20 años, en efecto se tradujo en beneficios sociales dentro del país, el crecimiento de la esperanza de vida, la disminución de la mortalidad infantil, el incremento de los beneficios sociales, y el aumento del nivel de vida (incremento salarial, lo que se tradujo en un mayor nivel de adquisición de bienes y servicios) son datos concretos que evidencian este progreso. A nivel sociopolítico, durante los años 90, presenciamos que el nivel de activismo político se enfrió, las antiguas luchas reivindicativas acaecidas durante los 80, habían dado paso a una situación de mayor estabilidad nacional, si bien hubo protestas, marchas y manifestaciones, estas no habían convergido a movimientos de carácter nacional, ni habían derivado en movimientos políticos que alcanzaran cierta cuota dentro de la política.

No entraré a razonar sobre esta década, muy probablemente el contexto de una temprana democracia, de una necesidad de esperar un poco para ver resultados, y el sentimiento de identidad entre la población y los líderes políticos, impidieron que cualquier forma de malestar social se configurara en grandes protestas. Debemos entender que la población adulta joven de los años 90 (entre 20 y 35 años), era una población que había vivido y tenía un claro recuerdo de lo que se vivió durante la dictadura, y aquellos que más habían actuado en protesta civil contra la dictadura, ya veía en la oposición gobernante, un logro cumplido. Muy probablemente su principal norte estaba en esperar los años venideros, ya que en la medida que se alcanzaran pequeñas victorias, se lograba en el largo plazo un objetivo preestablecido. Además, luego de la primera década, estos jóvenes ya eran adultos que tenían 30 o más años, muchos con familias formadas, un trabajo y responsabilidades de diferente orden, por lo cual su tiempo en activismo se había reducido.

Mientras esta generación de jóvenes entraba en la etapa de la adultez media, una nueva juventud iba configurándose. Hablamos de aquella generación que nació durante los últimos años de la dictadura y principios de los 90. Una generación de chilenos que no tenía recuerdo de la dictadura, y que en sí, eran hijos de la democracia chilena. Para ellos, la disyuntiva no era contra la dictadura, Pinochet o la derecha, sino que contra la Concertación, la cual luego de varios gobiernos no había modificado el modelo económico, que es lo que a fin de cuentas, más impacto generaba en su diario vivir. Son estos jóvenes quienes terminan articulando el malestar social en el país, entrando en la nueva década de 2000, en 2001 vemos la primera gran manifestación conocida como el Mochilazo llevada a cabo por los estudiantes, 5 años más tarde -2006-, estos mismos estudiantes se rebelarían en la conocida “Revolución pingüina”, y una vez más, 5 años después -2011-, estos estudiantes ahora universitarios, se rebelarían contra el gobierno de Piñera buscando una reforma educativa. El común denominador durante esta década de manifestaciones, era la reforma del sistema educativo, un sistema que, dentro de todo, representa uno de los pilares del modelo instaurado durante la democracia, una educación privatizada, de coste al bolsillo de las familias chilenas, y que hacía de la educación chilena una de las más costosas dentro de la OCDE.

Aun cuando estas manifestaciones tenían un componente estudiantil (secundario y universitario), el espacio coyuntural que se generó de estas, dio paso a un número mayor de reivindicaciones, diferentes manifestaciones sociales abrieron paso a través de las calles chilenas, deudores habitacionales, luchas por incrementos salariales, manifestaciones en contra de inversiones poco afables con el medio ambiente, protestas y paros sindicales, entre otras fueron tónica común desde el 2001 a la fecha.

Precisamente es durante este período, que observamos un incremento en la desaprobación hacia el gobierno, lo cual finalmente repercutiría en la desviación de los votos a nuevas alternativas no incluidas dentro del binomio político.

Se podrían o no reconocer los progresos de la Concertación, pero la tónica estaba en reclamar por lo no realizado. Es decir, se podía aceptar que la pobreza se había reducido, el foco del cuestionamiento estaba en la desigualdad. Es decir, el denominador de todas las protestas (estudiantiles, salariales, de salud, pensiones, entre otras) era, en términos marxistas, que la tasa de explotación no había parado de incrementarse sin una retribución para las clases trabajadoras. ¿Se había incrementado el salario? Sí, pero no lo que podría haberse aumentado mirando los datos de crecimiento, ¿se había incrementado el acceso educativo y la matrícula? También, pero esta seguía siendo de pago y muy privatizada a diferencia de otros países de la OCDE y América Latina, ¿se había incrementado el gasto social en salud y pensiones? Por supuesto, pero a pesar del PIB per cápita, la productividad y el crecimiento económico, un chileno promedio recibía menos de lo que debiera recibir si se compara la misma situación con otros países de la región y de la OCDE.

Recuerdo que ad portas de las elecciones de 2009 y la segunda vuelta de 2010, los lemas más comunes dentro de los principales candidatos, era el “cambio”, a su vez, en CNN se preguntaban por qué, el país mejor posicionado en términos macros de América Latina, buscaba con tanto ahínco el cambio. La razón de esto es que ya a fines de los 2000, la élite política entendía que el discurso hegemónico, esta falsa conciencia, perdía credibilidad, y otras visiones se hacían de influencia. Los cambios internos dentro de las diferentes coaliciones políticas tienen que ver con este intento por adaptarse a estas nuevas exigencias sociales. Para las elecciones de 2013, la Concertación da paso a la Nueva Mayoría, que no es otra que la Concertación más el Partido Comunista, buscando de esta forma, dar una imagen más a la izquierda y acaparar así, más votos. En 2012, se forma un nuevo partido político conocido como Evópoli, cuyos integrantes buscaban, dentro de todo, desmarcarse de los partidos de derecha tradicionales, ya en 2015, la Alianza da paso a Chile Vamos, que integra dentro de sí, además de La UDI y RN, el Partido regionalista Independiente y Evópoli. Finalmente, a mediados del 2017, la Democracia Cristiana presenta su candidatura a primera vuelta de modo independiente de la Nueva Mayoría, lo cual formalmente no significa una separación, sí implica y significa un gran distanciamiento, y quizás, el objetivo sea poder jugar nuevamente como un centro entre derecha e izquierda, alineando sus posiciones con el mejor postor.
Todos estos cambios, buscan que en noviembre, se logre alcanzar el mayor número de votos posibles. Chile Vamos, intenta presentarse ante la ciudadanía como una alternativa coherente de las necesidades, su apuesta por mejorar la situación económica y la seguridad pública intenta canalizar el miedo generalizado que tiene la población con la delincuencia, y alentar la población con promesa de más y mejor empleo. La Nueva Mayoría no tiene ya mucho que hacer, su apuesta dentro de un mes, es la misma que hace 4 años, pero sin los votos de la Democracia Cristiana. Estos, entendiendo que no pueden ganar solos, buscan mostrarse ante el país como el centro político más mesurado, ni derecha ni izquierda (por supuesto, no se van a sumar a una candidatura donde los comunistas también estén presentes), intentando por ese medio captar al electorado históricamente de centro. El Frente Amplio en tanto, desea mostrar al país la canalización de la protesta ciudadana que ha tenido según los sondeos, un apoyo mayoritario dentro de los ciudadanos, se presenta como una coalición de izquierda, pero heterogénea, diversa y capaz de adaptarse a las necesidades coyunturales, por lo tanto, se hace ver ante el país como una izquierda nueva, alejada de las viejas versiones ya sea nacional socialista (Alejandro Navarro), Concertacionista (Bachelet, Guillier, Et Al) o marxista (Artés), canalizando demandas sexuales, de género, étnicas, económicas. Alejandro Navarro y MAS, buscan mostrarse como una alternativa de izquierda que se aleje de Nueva Mayoría.

Finalmente, Eduardo Artés y José Antonio Kast representan las visiones más extremistas de izquierda y derecha. Doy por hecho que, entre ambos candidatos, no sumen más del 5% de los votos, aunque si entre ambos llegan a sumar más, entonces la polarización política se estaría adelantando según mi visión.

Y es que la configuración actual de la política chilena, expone los conflictos internos dentro de un país que en lo macro funciona aparentemente bien, sus datos económicos son aparentemente aceptables, pero el problema está en que ya en medio de un contexto de crecimiento económico y desempleo controlado, la credibilidad política, la “falsa conciencia” está perdiendo terreno. Estas nuevas organizaciones políticas de izquierda dentro de todo, funcionan como un continuismo del liberalismo socialdemócrata del siglo XX, y las facciones derechistas siguen manifestando los mismos principios, aunque en algunos casos más radicales. Aún en Chile no vemos una polarización política que dé paso al surgimiento de partidos extremistas de derecha, como sucede hoy en Europa, o a movimientos radicales de reivindicación social, étnica o nacional. En este aspecto, ¿qué sucedería si el contexto macroeconómico se complica?

Es poco probable que antes de 2025 en Chile no se desate una recesión o una crisis económica producto de contradicciones internas o como efecto de la situación económica internacional, y aquí es donde entran datos económicos que generalmente no se mencionan cuando se elogia al país: la deuda externa chilena no ha parado de crecer (se incluye deuda pública como privada), y esto refleja la débil base productiva del país, cuestión que prácticamente ninguno de los candidatos más importante toca de modo relevante.

La base productiva del país, de cara a sus exportaciones internacionales, depende principalmente de 3 recursos: metales preciosos (cobre entre los más importantes), la producción agroindustrial y el negocio de la celulosa. Si bien es cierto, durante los últimos 40 años la base productiva se diversificó, todavía sigue siendo primoexportadora y el nivel de la productividad, sigue atrás en comparación de la OCDE. La producción chilena entonces, es poco competitiva. Esta situación se refleja en constantes números rojos en la balanza de cuenta corriente, lo cual ha sido compensado con unos favorables ingresos en la balanza financiera, es decir, endeudamiento externo, el que ya ha superado el 65% del PIB.

Es virtualmente imposible sostener un crecimiento a partir de un crecimiento de la deuda. Un país puede endeudarse en la medida que el pago de ese endeudamiento sea sostenible. Para Chile los créditos otorgados pueden ser solventados en la medida que el país crece, los tipos de interés en tanto pueden estar reducidos si las bases del crecimiento económico se mantienen estables. Pero esta situación no será eterna, ya sea por coyunturas externas o internas, el grado de endeudamiento puede ser muy dañino en un contexto de recesión y/o estancamiento.

Es fundamental entender que la distribución de la plusvalía, no debe ser el centro primordial en el corto-mediano plazo, sino que en el desarrollo de las fuerzas productivas. Redistribuir las ganancias sin incentivar la producción y productividad, la primacía de la producción, que es lo que Marx criticaba hacia el programa de Gotha. Actualmente en Chile presenciamos lo mismo, un enfoque de la izquierda encaminado en la distribución, tanto en la derecha como en la izquierda, la izquierda habla de redistribuir la plusvalía, la derecha habla de administrar mejor los recursos y reducir los costos, pero un avance en el desarrollo de las fuerzas productivas no es parte del norte político en casi ningún partido y/o coalición.



Categorías:actualidad, Chile

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