¿QUÉ PUEDE ÉL CAMBIAR?

Finalmente, Donald Trump se ha convertido en el presidente número 45 de los Estados Unidos. En contra de las encuestas, el martes 8 de noviembre del presente 2016 Donald Trump ha logrado la mayoría necesaria para obtener los electores necesarios para llegar a la Casa Blanca, siendo el sucesor del demócrata Barack Obama.

Su elección ha tomado por sorpresa a buena parte de los medios de comunicación, e, independiente de las consideraciones personales que se puedan tener hacia el sistema electoral del país, el nuevo presidente electo es una persona que ha sido caracterizado por los medios con adjetivos como excéntrico, xenófobo, machista y radical.

Pero volvamos a mi eje central en esta situación: Estados Unidos como país, ha vuelto a reagrupar sus fuerzas políticas hacia los halcones políticos para recomponer la debilitada situación del país como –aún- potencia hegemónica en constante y estructural declive. Trump se posiciona como heredero de los intentos de Reagan – Bush Jr. con el objetivo de reposicionar a Estados Unidos en la punta del sistema mundo, por supuesto a estas alturas es demasiado temprano para visualizar el futuro de este gobierno, mas sin embargo creo que hay tres ejes donde sí es posible realizar una lectura sobre el devenir de los Estados Unidos de la mano de un gobierno encabezado por Trump.

Estos tres ejes son: i) relaciones internacionales de Estados Unidos, ii) situación económica (y por ende social) del país, y, finalmente iii) el desenvolvimiento socio-cultural del país durante los próximos 4 años.

En materia internacional el gobierno de Trump promete, en términos básicos, lo mismo que en su momento prometieron Reagan y Bush: mano dura con aliados y rivales. Trump ha sido claro en sus discrepancias con los regímenes de la Unión Europea, especialmente Alemania y Francia, a su vez, ha arremetido contra Arabia Saudí y los regímenes de América Latina como Venezuela y Cuba. Por supuesto Irán no se queda atrás, mostrándose como un detractor a los acuerdos que durante años Estados Unidos ha contraído con el régimen de Teherán. Interesante punto ha sido la declaración de Trump sobre un gasto equitativo en la OTAN donde Estados Unidos debería tener una menor participación (actualmente el 70% de los gastos de la organización provienen de Washington).

El problema de este planteamiento es el mismo que en su momento Reagan en los 80 y Bush durante los 2000 enfrentaron, y es que el problema no es la posición puntual de un gobierno, sino que las condiciones objetivas en las que se encuentra Estados Unidos en la actualidad y el problema se cimienta sobre variables volátiles que se vienen manifestando desde los años 70’.

La hegemonía de la potencia líder del sistema mundo tienen como causa – origen la capacidad de esta para monopolizar los sectores y rubros económicos pioneros con mayor nivel de productividad y aporte tecnológico. En otras palabras, la potencia hegemónica debe ser capaz de poseer el mayor número de empresas avanzadas que sean capaces de competir con productos y servicios de calidad a un precio competitivo en los mercados tanto de sus rivales como de sus aliados. Esta situación se mantuvo intacta desde 1945 hasta 1970, pero desde entonces se ha ido perdiendo a diferentes ritmos, pero en un camino lineal sin reversa.

 Desde entonces Europa occidental y Japón han acaparado un mayor número de las empresas más productivas y, en consecuencia, Estados Unidos ha perdido terreno en la economía. Esta nueva realidad se ha reflejado más temprano que tarde en la cada vez más evidente política militar del país, y es que una potencia no puede sostener su hegemonía mediante la fuerza militar sin un paralelo económico.

Llegados a este punto, ¿qué puede lograr Trump en materia internacional?

En Europa la construcción de la Unión Europea ha sido un gran fracaso en la geopolítica internacional de los Estados Unidos. Como no han podido ni evitar, ni revertir la misma, la búsqueda de Washington se ha encaminado a ralentizar todo avance hacia la unicidad europea. La inclusión de Gran Bretaña en esta ha formado parte de la política estadounidense, esto pues, el gobierno de Londres a pesar de formar parte de la UE continuamente ha mostrado un doble juego entre Bruselas y Washington entorpeciendo la política autónoma de Europa. No obstante, la apuesta de Trump está en políticos diferentes al establishment como lo son Farage y los independentistas ingleses que desean ver a su país fuera de la UE. Parece contraproducente para la visión a largo plazo, pero es que así es, o Trump se alía a estos nuevos líderes o mantiene la política estadounidense y debilita su propia posición dentro del país apoyándose en socialistas y demócratacristianos europeos. Es más, al otro extremo del continente, con Putin el presidente electo ha expresado cierta cercanía, y probablemente sea otro de sus nuevos aliados de cara a un nuevo electorado. Trump al desear distanciarse del establishment político habitual puede intentar acercarse a Moscú, pero la geopolítica de Rusia apunta a una convergencia con los intereses del eje París – Berlín, lo cual es igualmente contraproducente. En consecuencia, el juego con Europa es una cara/cruz, cara pierde, cruz igualmente pierde. Trump puede intentar defender los intereses a largo plazo de Estados Unidos y jugar con socialistas apadrinando la inclusión de nuevos miembros proestadounidenses en la unión, como los países de Europa oriental o la permanencia de Gran Bretaña, o bien puede intentar acercarse a políticos como Farage y Putin, quienes juegan exactamente en contra de los intereses del país en el mediano plazo.

Con la región Asia Pacífico la disyuntiva es la misma. Actualmente la principal competencia que se ve es entre el auge chino y el contante intento estadounidense por no perder terreno en el mercado. Políticamente las diferencias, aunque marcadas por los medios, no ha sido tan llamativa como con otros países toda vez que China no ha sido un actor político tan gravitante en los conflictos políticos y militares más relevantes durante los últimos 20 años. Japón y Corea del Sur, por su parte, aunque mantienen una suerte de alianza política con Estados Unidos, se han mantenido en silencio mientras sus empresas realizan todos los esfuerzos posibles para desbancar el mayor número de competidores estadounidenses. Trump lo sabe, evidentemente, y puede intentar una guerra económica como ya ha señalado, o puede mantener la situación como está. El problema para Trump es que una guerra económica no puede desatarse solo contra China, eventualmente esta guerra se trasladaría hacia Japón y Corea con quienes se comparten las diferencias; devaluaciones, restricciones, medidas de corte proteccionista afectarían tanto a importaciones como exportaciones chinas, coreanas y japonesas. Y claro que estos países no tardarían en responder ante tamañas acciones, como ya se ha manifestado en ocasiones anteriores.

Sin embargo, el principal problema para Trump es que solo bajo una mirada económica, China es hoy su mayor aliado. China es el tercer destino de sus exportaciones, es el segundo principal tenedor de su deuda, solo superado por Japón. Es decir, ambos países son por lejos, los mayores apoyos de la mecánica de la economía estadounidense. Y ello sucede porque aún hoy el dólar estadounidense parece representar un refugio seguro para atesorar capital. Trump, contra viento y marea podría decidir si entrar en una guerra devaluatoria, pero de perder valor el dólar, este financiamiento se pondría en duda. Recordemos que el principal problema de Estados Unidos radica en que su economía, dentro del marco de las economías desarrolladas, es cada vez menos competitiva y su balanza de pagos es deficitaria. Una vez más, Trump se encuentra entre la espada y la pared.

Con el “gran oriente medio” (concepto incluido por la administración Bush) el gobierno electo tiene diferentes desafíos propuestos. Se ha propuesto hacer retroceder a Irán en el desarrollo de su industria de energía nuclear. Buscará frenar a Arabia Saudí en su compleja aspiración a ser potencia regional siendo promotor de movimientos ultraortodoxos islamistas. Intentará domar la voluble actitud de Pakistán. Y por supuesto, desea fortalecer a Israel y en consecuencia atenuar el ruido de la lucha palestina.

La idea puede parecer prometedora, el problema está en que hacerlo todo es contradictorio. Debilitar a Arabia Saudí significa fortalecer a Irán, y viceversa. Es cierto que Estados Unidos se ha vuelto un tanto más autónomo en la compra de petróleo extranjero, que la importación fuerte no proviene de oriente medio, y que el precio de éste se ha reducido considerablemente durante el último lustro, pero también es cierto que estos países tienen a sus propios compradores y por ende no dependen económicamente de lo que hace o deja de hacer Estados Unidos. ¿Qué podría hacer Estados Unidos para perseguir sus objetivos en la región? Tiene tres alternativas, llegar a acuerdos, imponer sanciones y usar la fuerza militar. Ninguna de estas ha dado resultados significativos que le hagan retomar fuerza. Negociar con Irán solo demostró lo que el régimen de Teherán buscaba demostrar. Imponer sanciones tampoco ha dado resultados efectivos en Siria o Irán. Y está demás decirlo, pero la opción militar fue un fracaso tanto en Irak como en Afganistán, de hecho, alejó a sus aliados todavía más.

 Trump lo sabe, y aun podría intentar canalizar la frustración ciudadana y la calentura de los halcones hacia una sanguinaria e intestina guerra en la región como ya lo hizo Bush… ¿y daría algún resultado diferente? Recalco que las guerras no se ganan por número absoluto de muertos ni de edificios tumbados. Las guerras se ganan cumpliendo objetivos. Una potencia gana guerras cuando se mezclan tres objetivos universales a) es capaz de derribar a sus rivales y a toda fuerza de oposición, b) logra imponer un orden afín a sus intereses, c) puede ganarse la opinión de buena parte de los medios y de la ciudadanía a su favor.

Entre los años 50 y 70 Estados Unidos tenía los elementos necesarios para ganar guerras de calibre considerable. Su fuerza militar era –como lo es hoy- superior a la de sus rivales y por ende podía derrotarlos con relativa facilidad, pero más importante todavía, Estados Unidos era considerado por relevantes sectores no solo de la burguesía, sino que también de las clases medias y populares en el mundo como el país con el modelo más viable de desarrollo. Desde fines de los 60 esta visión cambió y ya el imaginario es otro, ahora los rivales no son solo los regímenes comandados por caudillos, militares, presidentes insolentes y comunistas rebeldes, también se le han sumado guerrilleros de diferentes sectores políticos. Ahora tener al país invadido por el régimen de Washington no parece ser tan factible, ni rebelarse a Estados Unidos parece ser el fin del mundo porque hay otras potencias de las cuales sostenerse. Esto explica por qué, desde entonces, las guerras estadounidenses se han vuelto más desgastantes y a la larga, políticamente fracasadas: Afganistán e Irak son los mejores ejemplos, aunque no el único (tendencia que vemos desde Vietnam).

Piénsese lo siguiente, menos de 5000 bajas militares en Irak le significaron a Bush una de las principales causas de su caída como presidente, ¿cuántas bajas tendría Estados Unidos de enfrascarse en una guerra con un país de las proporciones de Irán?

Trump puede ir por otro camino e intentar imponer sanciones a los países de oriente medio, pero Irán ya con años de sanciones igualmente desarrolló su industria militar. La misma política no detendría a Irán, y hasta es posible que su popularidad en la región se incremente.

¿Podría Trump ganar la partida en oriente medio extendido? Lo dudo. Posiblemente en casos particulares, pero no en la región como un todo. Puede intentar debilitar a Irán sin evitar que Arabia Saudí se fortalezca, por ejemplo.

América Latina ocupa una posición interesante. Iniciada esta década los gobiernos de corte izquierdista han visto perder terreno por sus propias debilidades. Maduro al parecer será el último presidente del PSUV antes de que sea electo alguien de la oposición tras poco menos de 20 años de dominio socialista en Venezuela. Cristina Fernández ha sido sucedida por Mauricio Macri, un tecnócrata neoliberal. Dilma Rousseff ha sido depuesta de su cargo a favor de un –igualmente- tecnócrata neoliberal. La región en sí se está volteando a la derecha, punto a favor que Bush no tuvo durante la década del 2000. Trump podría valerse de esto para poner en aprietos a Cuba y Venezuela, y es que el electorado latinoamericano que votó por el –principalmente venezolano y cubano- así lo desea, pero esto podría ser una jugada arriesgada de doble vara. Por una parte, con los latinoamericanos Trump está enfocado en una política inmigratoria mucho más restrictiva, apelando a la expulsión de inmigrantes ilegales y criminales de la región, pero por otra debe tener cercanía con estos nuevos gobiernos que se alzan. Y ambos objetivos parecen moverse en un camino irremediablemente destinado a la colisión.

Trump de la misma forma puede intentar consumar lo que no logró Bush, una suerte de Alca 2.0, lo cual sería un éxito aun cuando logre tan solo el 50% de lo que hace más de una década se intentó. Esta apuesta por volcar sus esfuerzos para aplicar reformas de corte neoliberal en América Latina puede traer consecuencias inesperadas. En el mejor de los casos la popularidad de sus nuevos aliados crecería con tales reformas, lo cual parece una utopía irrealizable si estas reformas significan un mayor grado de pauperización social entre las clases trabajadoras de la región. Un antecedente interesante es el de la popularidad de Macri en Argentina, la cual se ha visto reducida el presente año tras las reformas implementadas. Entonces, ¿qué sucedería en Venezuela, Bolivia, Chile y en general en la región tras tales medidas aplicadas? Seguro la rentabilidad empresarial podría verse incrementada, pero la popularidad de sus aliados podría también caer al unísono. En el mejor de los casos el resultado sería un empate técnico: empresarios beneficiados y aliados políticos debilitados. Quizás al finalizar su mandato se encontraría con una región que busque regresar a la izquierda.

No dejemos de lado a Brasil en esta situación. Éste es un miembro del BRIC, por ende, una potencia emergente encaminada a una posición predominante dentro de la economía del siglo XXI. Esto los dirigentes políticos brasileños lo saben, incluyendo a los derechistas. Y aunque lo digan, no buscarán disminuir el papel de la Unasur o la Celac, sino que más bien llevarlos a su cauce, en contra de los intereses estadounidenses en el mediano plazo.

Las tendencias geopolíticas juegan en contra de Estados Unidos. Obama intentó en algunos casos dialogar, en otros usar la fuerza bruta, intentó hacer un mejor trabajo que Bush y su gobierno no vio tal fracaso como el expuesto por Bush en la misma materia, ¿y Trump? Quizás haga un mejor trabajo, aunque yo creo que será peor. Si actúa como Bush podría disputarle el puesto, si se abstiene, demostrará ser solo discurso.

¿Puede hacerlo mejor en materia económica? Lo que sabemos, a grosso modo, es que el planteamiento económico de Trump tiene tres puntos principales. Por un lado, la reducción de los impuestos a un mayor número de tramos económicos. Por otro lado, un mayor nivel de proteccionismo económico. Y como tercer punto, la reducción del gasto público estadounidense.

De facto, con estas propuestas, Trump asume que Estados Unidos no puede mantenerse como potencia hegemónica en el mundo. Una reducción de los impuestos beneficiaría a las rentas superiores y a la clase capitalista a la vez que llevaría a la necesidad de reducir gastos públicos, ambos objetivos en su mandato, sin embargo, estos objetivos van en contra de su intento político por reposicionar a Estados Unidos en la palestra internacional. Es simple, si Estados Unidos desea mantener el liderazgo debe mantener un nivel de gasto en materia militar, pero al parecer Trump ya cuestiona dicho papel. Un Estados Unidos que disminuya los gastos podría significar una potencia cada vez más aislacionista, lo que en el acto implicaría un retiro de los asuntos en el mundo, y esto llevaría que su aliados y rivales ya no confíen ni mucho menos teman al poder estadounidense.

Por su parte, el libre comercio no existe en el mundo dominado por las relaciones económicas capitalistas. Absolutamente todos los tratados de libre comercio son en realidad, tratados en los que las políticas proteccionistas se reacomodan en tanto se ofrecen ciertos sectores y se defienden otros. Sin embargo, la política de la potencia hegemónica, siempre confiada en su adelanto económico, ha apuntado a promover la libertad económica (como lo hiciera Inglaterra durante el siglo XIX), una libertad económica muy limitada con el único fin de beneficiar a su propio sector empresarial. Como las empresas del país hegemónico poseen niveles de productividad y acceso a una tecnología superior, se pueden dar el lujo de competir sin mayores restricciones en otros países, esto permite a las élites políticas de dicho país promover el laissez faire, ¿qué pasa entonces si un país hegemónico emprende una política a la inversa? Redunda en una debilidad interior. Estados Unidos posee un problema profundo: no es competitivo en contraste con Japón, China y varios países de Europa. Su nivel de productividad ha decaído en términos comparativos, sus tasas de plusvalía y ganancia, igualmente. Para el empresario estadounidense ya no es rentable producir en su país y sí en otros como China. Esto se ha traducido en una constante reubicación empresarial con el fin de reducir costos y un incremento del desempleo.

Trump puede enfocar su energía en proteger la producción nacional, pero si esta no es competitiva, la pérdida se perpetuará. Trump podría intentar elevar los costes de comercio de empresarios estadounidenses que inviertan fuera del país, pero ello iría en contra de las tasas de beneficios capitalistas, lo que en algún punto llevaría a un nivel de desinversión creciente. Una lucha económica de ese calibre no se gana imponiendo restricciones, a fin de cuentas, el objetivo máximo del capitalista es la incesante acumulación del capital y si acumulan más en China/Corea que, en Estados Unidos, seguirán invirtiendo en tales regiones. Si Trump continúa esforzándose en cumplir sus objetivos una descapitalización del país no tardaría en darse.

Todo lo anterior no es lo único que debe tener el presidente electo en mente, ya que la situación económica global y nacional se encuentra muy delicada, todos sus intentos de mejorar las finanzas y la producción económica estadounidense podrían verse truncadas además de todo por eventuales shocks externos que deriven en una crisis de relevantes proporciones, suceso que muy posiblemente se manifieste dentro de los próximos años, quizás no dentro de su mandato, pero si se llega a dar así, entonces el esfuerzo económico de Trump se enfocaría primordialmente en reducir cualquier efecto negativo ocasionado por una crisis, especialmente el crecimiento del desempleo. En tal contexto, ¿qué hará Donald Trump? ¿Apoyará a la clase capitalista en su búsqueda por maximizar sus tasas de beneficio a costa de lo que sea, o buscará aplicar medidas intervencionistas para mantener a raya el desempleo?

En tercer lugar, nos encontramos con la realidad socio cultural del país tras la elección de Trump.

Ciertamente el fuerte de los votantes que escogió a Trump eran hombres WASP de corte conservador y derechista. Este sector de la sociedad estadounidense tiene un objetivo básicamente reactivo: estancar o llevar al retroceso todo avance sociocultural de corte liberal y de apertura social experimentado desde mediados del siglo XIX. Tres son los hitos que a juicio del votante WASP conservador han afectado al país en su seno más delicado. El primero se dio tras la finalización de la guerra civil en Estados Unidos y la abolición de la esclavitud, lo que paulatinamente daría paso a un mayor peso de las minorías negras en el eje político de la nación. El segundo hito se dio tras 1945 con Estados Unidos a la cabeza del mundo, tras este punto el partido republicano se abriría a un conglomerado de actores políticos no – WASP (mujeres, negros, judíos, homosexuales, latinoamericanos, ETC). El tercer hito se gestó tras 1969, el clímax de los años 60 en que la sociedad estadounidense abre su mente ante nuevas normas morales y culturales diferentes y en muchos casos, contrarias a las tradicionales.

Durante los últimos 40 años la sociedad estadounidense ha experimentado importantes cambios. El consumo de cannabis es cada vez más aceptado. La homosexualidad es parte de la realidad, el matrimonio entre dos individuos del mismo sexo es legal desde el año 2015. Y el aborto es un procedimiento igualmente legal en el país.

La llegada de Trump representa un giro hacia el neoconservadurismo estadounidense. El ala más derechista del partido republicano desea atacar directamente en dos flancos, el aborto y el matrimonio homosexual. ¿Qué hará Trump frente a esa disyuntiva? Puede coger una posición reaccionaria y radical como la presentada antes de las elecciones y sumarse a los sectores republicamos más derechistas. Como también puede decidir tomar una opción más pragmática indicando que no es necesario romper con todo, sino que buena parte de lo ya construido se puede solventar y reforzar.

Pero no solo el votante WASP determinó el fuerte electoral tras la victoria de Trump, de los latinoamericanos que votaron, cerca del 30% apoyó a Trump, el 72% de los blancos estadounidenses sin estudios universitarios también confió su voto en Trump. En otras palabras, el fuerte de las clases medias y trabajadoras que decidieron ir a votar, ha apoyado al candidato de la derecha estadounidense en detrimento de la candidata demócrata. Esto se enmarca en un vuelco ya de tendencia internacional hacia el nacionalismo – proteccionismo en diferentes sectores sociales. Una tendencia hacia el apoyo de clases para derrotar al capital internacional y al “neoliberalismo”. El Brexit es un antecedente claro en este aspecto; las sociedades apoyan una salida hacia el capital nacional como solución a los problemas que se han dado durante los últimos 40 años (caída de salarios, empleo y nivel de vida).

Los trabajadores paulatinamente han ido encantándose de ese discurso, el enemigo no es el capitalismo, sino que es una particularidad, no la universalidad del sistema. Pero el nacionalismo xenófobo no es una salida que contribuya a la ganancia de la clase explotada, muy posiblemente potenciará su explotación y derivará en un incremento de la polarización social. ¿Cómo podrá Trump asegurar el trabajo de la clase obrera que ha visto como las industrias localizan sus factorías en China o India? Puede buscar aplicar medios restrictivos para evitar que inviertan en el extranjero, como el incremento de aranceles a la importación de empresas estadounidenses que tienen inversión en el extranjero, por ejemplo, pero medidas de ese tipo significarían a la larga un incremento en la desinversión estadounidense. Y es que el capital busca, ante todo, maximizar su tasa de ganancia, y si las restricciones se imponen ante su objetivo, la migración, desinversión y descapitalización es una tendencia que se fortalece. Por otra parte, puede incentivar la inversión intensificando la tendencia a la reducción de los salarios de los trabajadores, ya sea de manera absoluta como relativa, y posiblemente esa sea la opción que coja Trump.

Esto último plantea un problema, porque la decisión que tome lo llevará a tener la mitad del país en su contra. Puede decidir actuar y ser consecuente con sus palabras, satisfaciendo a sus electores, provocar una serie de confrontación social y una reacción negativa de parte de más de la mitad del país, o puede ser más centrado y perder el apoyo de aquellos que le han dado su voto.

En un contexto caracterizado por la moderación y el centralismo, una opción intermedia podría ser efectiva, pero pareciera que la sociedad estadounidense se encuentra muy polarizada. De hecho, a estas alturas para nadie es sorpresa que Estados Unidos desde inicios de los 2000 se ha convertido en un país más autoritario donde las libertades civiles se han visto afectadas a favor de la seguridad nacional con la justificación de la lucha contra el terrorismo. Pero es que un régimen puede tener cualquier justificación, la reducción de libertades civiles es universal en cualquier punto de nuestro planeta.

¿Cómo se desenvolverá Trump? Puede que, a favor de las libertades civiles, pero más bien creo, como la mayoría, que actuará a favor de la seguridad nacional y se implementes leyes o conductos represivos dentro de la legislación norteamericana.

La paz social, la estabilidad, la tolerancia y la equidad estarán en riesgo en el futuro inmediato y mediato de Estados Unidos. Como también puede que la protesta social sea la tónica dentro de los próximos 4 años. Las posibilidades son inciertas y azarosas, pero lo más seguro es que hacia 2020 Estados Unidos no solo será un país más débil de lo que es hoy, además es muy posible que Estados Unidos como modelo de desarrollo brillará menos que en la actualidad.

 



Categorías:actualidad, Política

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