¿QUO VADIS ESTADOS UNIDOS?

Este martes se realizarán las elecciones a la presidencia de Estados Unidos, el cual es, desde 1945, la potencia hegemónica del mundo. Los candidatos -con más fuerza- que se disputan el puesto son Hillary Clinton y Donald Trump, esto, a primera vista, nos hace creer que la disyuntiva se da entre una mujer que representa al establishment político de los Estados Unidos, quien ya ha ocupado puestos políticos relevantes y por ende con una elevada experiencia sobre la situación del país y sobre las políticas nacionales e internacionales versus un empresario megalómano, un candidato lunático que prácticamente solo acepta e integra al electorado WASP de su país. Sin embargo, pretendo ir un poco más allá en mi lectura.

Mi posición central se basa en tres puntos:

  • Estados Unidos es una potencia hegemónica en declive desde los años de la década de 1970 y cada cierto tiempo, su élite política halcón, designa y apoya a un nuevo líder quien tiene como tarea reposicionar a Estados Unidos en el centro del sistema mundial. No obstante, aun con todos sus esfuerzos, el declive estadounidense se acrecienta y acelera con sus propios actos.
  • La política estadounidense no es autónoma ni independiente de las relaciones económicas. Ambos candidatos a pesar de sus diferencias, representan las caras de una misma moneda: la élite económica capitalista. Y en este sentido la salud económica y social del país condicionará bastante la política nacional e internacional del próximo presidente.
  • Ambos candidatos representan a una mitad social que aparentemente se ha polarizado durante el último cuarto de siglo. Por una parte, tenemos al estadounidense de los Estados –y ciudades- más costeros (Ej. Florida, Nueva York, California), por ende, más cosmopolitas, abiertos y con un mayor porcentaje de inmigrantes, y por otra, a los ciudadanos provenientes de Estados más céntricos, conservadores y con poblaciones sin una influencia inmigrante tan acusada.

 

¿Podrá revertir, detener o al menos ralentizar el declive de EEUU el próximo presidente?

 

Estados Unidos en 1945 era la potencia dominante del mundo, su único rival de peso en materia militar –la URSS-  no estaba ni cerca de rivalizar en términos económicos. Su gran rival durante 30 años en términos económicos, Alemania, estaba reducido, y ya no era problema desde que fue ocupado tras la derrota del régimen nazi. Japón por su parte se encontraba muy atrasado tras su propia derrota bélica. En consecuencia, la hegemonía estadounidense era incuestionable.

La hegemonía ameritaba nuevas tareas que los políticos estadounidenses no trazaban en sus metas, ahora no era posible obviar responsabilidades a nivel mundial, por ende, cada presidente que llegó al poder tras 1945, debía de tener planes de acción y políticas a seguir en cada una de las regiones del mundo.

Con los países industrializados el problema inmediato fue su completa destrucción interna tras la guerra. Europa y Japón estaban arruinados. Esto significaba que su producción económica era escasa para generar una demanda lo suficientemente atractiva a las exportaciones estadounidenses, a su vez, Europa y Japón estaban lo suficientemente abiertos y dispuestos a aceptar cualquier ayuda estadounidense para poder recuperarse lo más rápido posible, la coincidencia entre las necesidades e intereses de ambas partes dio pie al Plan Marshall y los planes de reconstrucción afines.

La URSS, aunque era un país débil económicamente, era fuerte militar, política e ideológicamente. Para hacer frente a esta Estados Unidos reforzó la construcción de unidades militares en Europa para contrarrestar no solo a los soviéticos, sino que también a cualquier amenaza comunista como la que se vislumbraba en Francia e Italia durante los años 40 y 50. La OTAN surge entonces como plan común entre los dirigentes de Europa occidental y Estados Unidos para hacer frente a la amenaza comunista y soviética.

Luego de 1945 las relaciones con la URSS fueron determinadas con el tratado de Yalta, según el cual cada potencia delimitó sus límites de influencia política, acordando entonces, hasta qué punto podían intervenir evitando la guerra directa. Europa fue dividida en lo que Churchill llamó “cortina de hierro”, tras la misma, y a pesar de la proliferación del espionaje, el boicot y los sabotajes, ninguna potencia intervenía abiertamente. Estados Unidos no intervendría en Europa oriental, ni la URSS en la Europa occidental.

Por último a nivel internacional, quedaba el tercer mundo, una región que entre 1945 y la década de los 50 no le significaba tan relevante en términos económicos pues, a pesar de sus riquezas naturales y su abocada posición como proveedores de materias primas, no tenían mercados lo suficientemente dinámicos para operar como grandes demandantes de exportaciones estadounidenses, sin embargo sí era una región políticamente volátil, propensa a aliarse a los soviéticos o establecer regímenes comunistas, esto llevó a que Estados Unidos se comprometiera con una serie de soluciones a los habitantes del tercer mundo;

  1. Concesiones políticas mediante el apoyo a las descolonizaciones en el tercer mundo, fundamentalmente África y Asia. Siempre un apoyo moderado a regímenes nacionalistas que a su visión fuesen centrados y no radicales.
  2. Una dosis de fuerza militar mediante intervenciones directas e indirectas, manifestadas en golpes de Estado e intervenciones intermitentes como las que se manifestaron en Irán (1952) o en Guatemala (1948).
  3. Y un apoyo económico simbólicamente importante, aunque en la praxis limitado, como se puede ejemplificar con el programa Point Four de Truman, o la Alianza para el progreso de Kennedy.

A nivel nacional la situación interna de los Estados Unidos en pleno 1945 parecía a punto de estallar, ese año los obreros de General Motors iniciaron una larga huelga motivada por la situación pauperizada de los trabajadores en la empresa. Esta situación amenazaba con repetirse en el resto de empresas y rubros de la economía norteamericana. Sin embargo, el mismo acuerdo que acabó con la huelga, acabó con la inestabilidad social: los trabajadores se comprometían a no realizar huelgas siempre y cuando la productividad fuera en aumento, los dueños del capital por su parte prometieron incrementar la tajada salarial de sus obreros. Esta fórmula aseguró un cierto nivel de paz social en el seno de las clases estadounidenses.

Por último, los negros que eran la minoría más excluida de la época, poco habían obtenido tras 1945. No obstante, con el pasar del siglo XX mucho había cambiado en su realidad social, en ese punto se encontraban mucho más urbanizados y por ende listos para organizarse.  EL presidente Truman en 1948 los integró a las fuerzas armadas. En 1954 el Tribunal Supremo dictó un fallo histórico en contra de la segregación educacional (caso Brown).

Así, Estados Unidos podía presentarse al mundo como un país unido desde de costa a costa, los negros y blancos, y los trabajadores con el capital. Esta fórmula resultó ser muy victoriosa durante los años 50’. Durante estos años la economía se hallaba en expansión y el país nadaba en prosperidad económica, el nivel de vida de sus habitantes mejoró y el disenso interno poco a poco fue excluido por no decir erradicado. Durante esa década el país tenía contenido a sus aliados, Europa y Japón dependían de su actuar, la URSS se mantenía contenida y aunque hubo una guerra importante como la de Corea, la descolonización terminó desbaratando al imperio británico, francés y holandés acabando ad infinitum a sus últimos rivales previos a la época hegemónica.

Sin embargo, la llegada de los años 60’ presentó algunas grietas en esta fórmula aplicada. Europa y Japón se recuperaban económicamente y poco a poco, pasaban de ser aliados a posibles –si no reales- rivales económicos. La muerte de Stalin en 1953, marcó el fin del monolitismo soviético, y dio inicio a la desestalinización del bloque soviético, esto no era del todo favorable para Estados Unidos, la caída de un líder con el cual ya se había tratado y se conocía, podía traer como resultado nuevos dirigentes con diferentes intereses y horizontes, no todo estaba seguro ya.

La situación en el Tercer Mundo comenzó a descontrolarse. La integración de la mayoría de estos a Naciones Unidas acabó con la mayoría automática de los Estados Unidos, a fines de la década se habían convertido en una minoría automática. La revolución cubana y la victoria de Fidel Castro estaba demostrando que la ola descolonizadora apoyada en un momento por el régimen de Washington, ya no le era del todo favorable si esta tocaba a sus intereses en su propio patio trasero. En Asia la solución de Indochina hacía aguas por todos lados, el presidente Johnson intensificó sus esfuerzos en una guerra terrestre en Asia muy difícil de ganar.

Finalmente, a nivel nacional la política exterior estadounidense llevaría a la sublevación en muchos frentes. Vietnam había generado una seria oposición interna a la guerra y, por tanto, a la política de su país en el extranjero. La segregación social y racial dentro del país seguía siendo una realidad, lo que llevó a una serie de manifestaciones que culminarían con el asesinato de Martin Luther King y Malcom X. Esta contracultura universitaria que se gestaba a inicios de los 60’ a fines de la década se había mezclado y fusionado con corrientes de pensamiento antirracista, contrarios a la guerra y al imperialismo, lo que posibilitaría el estallido social a fines de la década.

El contexto económico de todo esto se daba en una constante tendencia hacia el enfriamiento económico nacional e internacional. La prosperidad económica disfrutada durante la década de los 50 y buena parte de los 60 estaba llegando a su fin, una tendencia decreciente en la tasa de beneficios empresariales, sumado a un creciente endeudamiento, desempleo y mayores costos asociados a diferentes áreas, especialmente la energética (derivada del aumento del precio del petróleo) llevaban a la merma de los indicadores económicos. La economía estadounidense por su parte, en vista del incremento de la productividad japonesa y europea, veía como caía su balanza de pagos especialmente presionada por el déficit de cuenta corriente.

La década de los 70 requería afrontar estas nuevas dificultades y frente a ello, los presidentes Nixon, Ford y Carter probaron una nueva estrategia en vista de un período de escasez que se venía manifestando.

Con Europa y Japón, sus aliados políticos ahora rivales económicos, Estados Unidos innovó con el trilateralismo político, dando paso a dichos actores a nuevos espacios donde podrían actuar con una relativa mayor libertad.

Con el bloque soviético que ya no era monolítico, Estados Unidos decidió reestablecer las relaciones diplomáticas, acto que se manifiesta con fuerza para el caso chino, con quienes reestablecieron sus relaciones, mientras que con la URSS aplicaron la distención.

El tercer mundo vivió una retirada del intervencionismo estadounidense, y es que, desde la experiencia fracasada de Vietnam, la dirigencia norteamericana decidió que lo más adecuado era intervenir en menor grado y evitar el despilfarro de sus recursos económicos y militares. Proceso reflejado con la pálida actuación norteamericana en Irán tras la revolución o la enmienda Clark según la cual se prohibía la implicación de la CIA en Angola.

Por último, dentro de Estados Unidos, la dirigencia política optó por la aceptación e integración de los movimientos contracultura, negros y mujeres que venían predominando desde la década anterior. Los códigos de vestimenta, sexo y el uso de drogas se liberalizaron. Esta fue la tez de dicha década, una década con un semblante muy distante de los años anticomunistas con McCarthy conservadores de los años 50. Tampoco pareciera que el liberalismo intervencionista de Kennedy fuera muy similar a esta década donde Estados Unidos se replegaba dentro de sus fronteras.

Lo que los dirigentes estadounidenses buscaban era moderar su arrogancia y resistir una década de malos tiempos y de cambios económicos y geopolíticos. Aun si los dirigentes se percataban del inicio del declive estructural e irreversible del poder estadounidense en el mundo, como mínimo buscaban que ese proceso se extendiera lo máximo posible.

Sin embargo, este tipo de política puede agotar la paciencia de los actores más radicales dentro de la política, en este aspecto el asalto de la embajada de Estados Unidos en Irán a fines de los 70’ probó la paciencia de los halcones en Washington, y es por esto que surge un nuevo actor con un discurso diferente, mucho más macho y decidido frente al mundo. Ronald Reagan derrota a Carter en elecciones, éste se muestra ante el electorado estadounidense como un líder que criticaba al trío setentista Nixon-Ford-Carter, evidenciando según su punto de vista, la debilidad de su actuar a partir de la cual residían los problemas de Estados Unidos con el mundo. Es en este momento en que Reagan propone mano dura con aliados y rivales para ganar terreno en la geopolítica, y en el acto reposicionar a Estados Unidos en el lugar que estaba perdiendo.

A inicios de los 80’ trató de impedir un contrato entre Europa y la URSS en lo respectivo a un gasoducto en conjunto que estaban gestionando. La respuesta de Europa –Inglaterra incluida- fue que el acuerdo era meramente económico y que en ningún caso se acercaban a la URSS desde una arista política. Con Japón ocurrió lo mismo cada vez que Estados Unidos intentase intervenir en sus negociaciones con la URSS. En otras palabras, por más que su actitud fuera más directa y arrogante, la respuesta negativa de parte de sus aliados no se hacía esperar.

Es cierto que la implosión de la URSS dio la impresión de que Reagan era el gran ganador de la guerra fría, no obstante, ¿fue realmente el actuar de Reagan el que llevó a la caída soviética? ¿O más bien Reagan fue incapaz de intervenir para que dicha implosión sorpresiva a sus ojos, le fuera más rentable de cara a las nuevas realidades económicas y políticas? Evidentemente la caída de la URSS fue momentáneamente favorable para los halcones, pero en el mediano plazo redundaría en una intensificación de las relaciones económicas (inversiones, comercio y finanzas) entre el eje Francia – Alemania y los nuevos capitales rusos.

En el tercer mundo el desplante de Reagan no se equipara en lo más mínimo con el actuar estadounidense de los años 50 y 60. La gran intervención de la época fue en Granada, un país que durante esos años poseía una población de 100.000 habitantes. Ahí Estados Unidos si logró sus objetivos, pero en Irán, Líbano o Nicaragua más bien fue lo contrario.

Dentro de las fronteras los años de Reagan se recuerdan como los años en que se imponen reformas neoliberales. Es durante la década de 1980 que se rompe el acuerdo entre capital y trabajo que se arrastraba desde los años de 1945-1950. La polarización de clases se incrementó, los salarios reales cayeron, la pobreza se intensificó y el desempleo también se volvió un problema

La bravuconería de Reagan no pudo detener el cada vez más notorio declive estadounidense, su actuar como gobierno no pudo ir en contra de las tendencias objetivas del orden geopolítico tal y como hemos atestiguado.

La década de los 80 terminó con un gran terremoto político, la disolución de la cortina de hierro y la reunificación alemana. A inicios de la década siguiente la URSS completa se desmembraría. Esta década se encontraría dominada por el binomio Bush – Clinton, el primero republicando, el segundo demócrata, y aunque ambos de diferentes partidos, estarían enfocados en una misma línea y en un mismo contexto caracterizado por la desaparición de la URSS.

La caída de la URSS llevó a que Europa viera abajo el último de los argumentos del porqué deberían subordinarse ante los intereses estadounidenses. La década de los 90’ es la década de la Unión Europea y el euro, ambos, contrarios a los intereses estadounidenses. A Japón todavía le quedaría tiempo para autonomizarse más de la subordinación política estadounidense.  En este contexto tanto Bush como Clinton lograron como mucho, tener a su aliado Gran Bretaña dentro de la UE para eventos posteriores, más nada.

En la ex URSS el papel de los Estados Unidos fue igualmente tenue. Si bien es cierto Rusia no tenía la capacidad de hacer frente al intervencionismo norteamericano, también es cierto que el caos de los 90’ en Europa oriental no pudo ser controlado ni por Rusia, ni por Estados Unidos; la crisis de los Balcanes no pudo ser detenida por Clinton y su papel en la región fue poco decisivo, cuanto mucho, fue tan decisivo como el papel de Rusia (un país que se encontraba en caos).

En el tercer mundo el caos que devino de la caída de la URSS trajo consigo nuevos conflictos. La década de los 90’ vieron un cada vez menor intervencionismo de Estados Unidos. Si en un inicio fuimos testigos de Estados Unidos invadiendo en Irak frente a un osado Saddam Hussein –guerra que no vio a Bush ordenando intervenir Bagdad, probablemente para no cometer los errores que más de 10 años después se manifestarían-, le siguió la intervención en Somalia de la cual las tropas estadounidenses se vieron obligadas a retirarse vergonzosamente. Clinton tras el orden instaurado en Afganistán con los talibanes a la cabeza como mucho podía esperar entrar en conversaciones. En consecuencia, volveríamos a ser público de una arrogante actitud que se enfriaba en medio del evidente fracaso de sus actos. Bush y Clinton terminan siendo más palomas de lo que hubiesen querido en un inicio.

En casa, la situación social a pesar de la coyuntural recuperación noventera, los salarios reales continuaron estancado o declinando, la deuda interna y familiar se incrementó, la polarización social se intensificó y a pesar de que la población negra había obtenido durante los últimos 30 años una serie de derechos legales, seguían marginados en el acto, a ello se agregaba la creciente población de origen latinoamericano que se sumaba a las minorías excluidas no solo étnicas, también religiosas, sexuales y de género. A pesar de que Clinton intentó poner más énfasis en la administración de recursos para la sociedad, la polarización social estadounidense que se gestaba desde 1970 requería más de un par de gobiernos para poder revertir todo el daño al tejido dentro de la estructura de clases del país.

La década de los 2000 se inició con un gran shock a Estados Unidos: el ataque a las torres gemelas el 11 de septiembre de 2001 cambió la política interna del país. Ya para ese entonces a Clinton lo había sucedido George W. Bush, hijo del presidente que había gobernado el país a inicios de los 90’. Éste, una vez más materializó las aspiraciones e intereses de la élite halcón estadounidense, su lectura era muy sencilla: todos los presidentes durante los últimos 30 años (desde Nixon hasta Clinton, incluyendo a Reagan y Bush padre) habían sido muy débiles en su política interna, y es esa posición subjetiva lo que había dejado a Estados Unidos fuera de la palestra mundial permitiendo que unos terroristas atacaran en el corazón mismo de su estructura financiera. Su solución entonces era volver al puño de hierro y domar con fuerza tanto a aliados como –y sobre todo- rivales.

En Europa occidental el discurso del gobierno estadounidense fue introducir los conceptos de Europa vieja y Europa nueva. La primera estaba conformada por Francia y Alemania, países renuentes a asumir una posición subordinada a la política exterior de Washington. La segunda representada por países de Europa oriental, otrora soviética o comunista, cuyos líderes eran en ese entonces pro-estadounidenses que deseaban ser integrados en la OTAN para contrarrestar la influencia del eje Berlín – París. Sin embargo, conforme avanzó la década, Europa occidental no solo no se vio intimidada por Estados Unidos, sino que avanzó en su autonomía política, y ya con la llegada de Obama a la casa Blanca esto sería un hecho irrefutable. Esto, a pesar de que la OTAN como institución seguía vigente, con cada crisis política y militar que se desataba en el mundo, el eje Berlín – París parecía estar cada vez más cerca de Moscú que de Washington.

Rusia por su parte, vive un gran cambio entre 2000 y 2008, en este período la crisis interna que se venía manifestando desde la década anterior, se vio superada con Putin a la cabeza, y es la guerra en Georgia la que pone de manifiesto el renovado papel ruso en el mundo. Desde entonces Rusia como actor geopolítico parecía ser una potencia regional con la capacidad de parar en seco la arrogancia de los halcones estadounidenses.

En el tercer mundo Estados Unidos intervino fuertemente en dos países: Irak y Afganistán. Más allá de las causas puntuales (ataque a las torres Gemelas), el esfuerzo de Washington estuvo puesto en revitalizar la postura del país en el mundo por medio de la guerra misma. Es cierto que en un primer momento la guerra pareció traer rédito político, la caída de Hussein y los talibanes así lo demostró, pero una vez los años pasaron, los muertos militares estadounidenses aumentaban y la resistencia no solo no era derrotada, sino que ganaba terreno, la derrota política de Estados Unidos en ambos países se hacía más evidente. Por cierto, la retórica del eje del mal introducida por Bush en contra de Irak-Irán- Corea del Norte no pudo ser completada. A la fracasada invasión en Irak, Irán fortaleció su postura en la búsqueda por tener una industria nuclear consumada, y Corea del Norte logró finalizar su avance hacia la consolidación como potencia militar atómica (lo que llevó a Bush a cambiar el discurso a una búsqueda por negociar con Pyongyang). Mientras Estados Unidos se desgastaba en oriente medio, América Latina se erigía con nuevos líderes que también cuestionaban el poder de Washington: Chávez en Venezuela, Lula en Brasil, Kirchner en Argentina daban por muerto el proyecto de libre comercio estadounidense – conocido como ALCA-, aprovechando de avanzar en un proyecto alternativo de integración regional con Cuba como prioridad.

La situación social estadounidense durante los años de la década de los 2000 tampoco mejoró. Si bien es cierto la economía seguía creciendo, esta se enfriaba. El desempleo se iba incrementando. Y todavía quedaban demandas sociales insatisfechas, como el matrimonio gay. A esto se agregan crisis como la vivida tras el huracán Katrina, que mostró al mundo a un país prácticamente tercermundista que recibía ayuda desde todos lados, el mismo hecho de que dentro de la OCDE Estados Unidos fuera un país con una sanidad casi totalmente privatizada, demostraba los graves problemas que subyacían bajo la superficie social del país. Para muchos, Estados Unidos era un país rico propio a la OCDE, pero polarizado tanto como uno del tercer mundo.

La llegada de Obama representó este intento desde el mundo liberal de la sociedad por revertir todos estos conflictos. A fines de la década pasada Estados Unidos había entrado en una grave crisis económica, y Obama enfocó sus esfuerzos en sacar a flote las finanzas y la producción económica del mismo. Además buscó negociar en el marco de los conflictos donde el país se encontraba empantanado, como Irak y Afganistán. Y por supuesto, en materia social imprimiría –o al menos así lo hacía ver- una nueva cara hacia el electorado del país, lo que se manifestaba principalmente en la asistencia médica universal.

Sin embargo, a pesar del viraje político de Estados Unidos con Obama a la cabeza, la situación estructural de declive estadounidense no se detuvo. Los crecientes conflictos en Palestina, Irak, Siria, Afganistán, Ucrania, solo evidenciaron la patente debilidad del país. En América Latina el resultado era el mismo, parecía que la región se adelantaba a Estados Unidos en cada uno de sus pasos para avanzar hacia una unificación política excluyendo al régimen de Washington en el acto. Y por supuesto, el tablero geopolítico mostraba a un Putin mucho más hábil que Obama en el juego internacional.

Es cierto que durante el gobierno de Obama la economía estadounidense se recuperó de la crisis y el desempleo se redujo, pero también es cierto que los salarios cayeron y que la desigualdad se mantiene muy elevada en comparación con Europa. Se agrega además promesas cumplidas a medias e incumplidas como la sanidad universal, la inmigración latinoamericana, el cierre de Guantánamo y el escaso alcance contra la exclusión social son puntos negativos que llevan al cuestionamiento del gobierno de Obama.

Ante esto, nos encontramos en el último trimestre del 2016, a poco más de un día de las elecciones presidenciales que decidirán si durante los próximos 4 años el presidente de Estados Unidos será Hillary Clinton o Donald Trump.

Entonces, ¿dónde irá Estados Unidos en vista de lo que hemos analizado?

I.             Estados Unidos continuará su declive geopolítico. Independiente de Trump o Clinton en el poder, la política adoptada o el discurso expresado, el papel político del país en el mundo perderá terreno y seguramente hacia el año 2020 su poder e influencia sea menor que en 2016. Trump podría apelar, como rostro de los halcones, a una posición similar y heredera de Reagan en 1980 y Bush en 2000. Podría afirmar que todos los presidentes antes de él son culpables del declive estadounidense y que fueron débiles y torpes en su política internacional (como ya ha hecho en sus entrevistas), pero Estados Unidos no se encuentra en condiciones de poder mantener una política militar lo suficientemente extensa y duradera, como para  imponer sus intereses ya sea en Palestina, Siria, Ucrania, Mali, ni mucho menos con sus rivales como Rusia o China. Por su parte con Clinton el resultado sería el mismo, mas no tan turbulento, quizás con su eventual llegada al poder la retórica no sería tan bélica, pero no se descartarían en absoluto las intervenciones en otras regiones y países, sea como sea, Estados Unidos se trabará en su declive y posiblemente éste se potenciará.

II.               La situación económica del país seguirá siendo frágil, como he escrito en artículos anteriores, la economía internacional dentro de la próxima década podría verse involucrada en una gran crisis. Quizás esta crisis se desate antes de 2020, si es así, el presidente en cuestión deberá invertir el 80 o 90% de su esfuerzo en olvidar cada una de sus propuestas solo para evitar que el desempleo se incremente o, peor aún, para tratar de que se incremente lo menos posible. Incluso sin crisis el crecimiento económico del país no es lo suficientemente bondadoso para que el presidente de turno aplique grandes reformas internas que modifiquen la grave situación de desigualdad y creciente pauperización social que se viene manifestando.

    III.            Por último, y enlazado a lo anterior, no sería extraño que la polarización social se incremente, que las tensiones internas se agudicen y que la pobreza se extienda. En tal situación y con tal cantidad de armas en la población, tampoco me extrañaría que aumente la violencia armada y las matanzas en masa. Y si a lo anterior agrego el problema de la inmigración, esto no podría encajar más que en un círculo vicioso hacia una vorágine de malestar generalizado. Por supuesto, un presidente como Trump podría apostar por poner todas las trabas a la inmigración de origen latinoamericano, pero ello implicaría evitar que los capitalistas estadounidenses puedan hacerse de mano de obra que explotar para competir con el mundo. No obstante, a pesar de lo anterior, dudo mucho que pueda ser capaz de revertir la tendencia inmigratoria que vive su país en la actualidad.

En síntesis: dentro de poco más de un día, estadounidenses y extranjeros, veremos cómo el país más poderoso del mundo se debate entre el continuismo de una política liberal y ortodoxa en materia exterior, o el retorno de la apuesta Reagan – Bush. La llegada de Clinton al poder no traería nuevos aires al país, sería un “más de lo mismo”, y de seguro el final de su mandato sería una desilusión para muchos de los votantes que ven en la mujer (como vieron los chilenos con Bachelet) una renovación de la política nacional. La llegada de Trump por su parte, traería un gobierno quizás más radical en un inicio, pero que en lugar de amedrentar al mundo mostraría lo que sucede cuando alguien intenta competir en una carrera todo terreno con un Hyundai i10, ergo un gobierno lleno de reveses, errores y problemas, un gobierno tragicómico.

Para terminar, me gustaría recordar una afirmación de Marx, la historia se repite, primero como una tragedia y después, como una comedia. Aparentemente vamos a ver una comedia muy repetida de la política estadounidense durante los próximos 4 años.



Categorías:actualidad, Política

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