El liberalismo y la democracia

Constantemente dentro del discurso político del establishment se busca crear e imponer mediáticamente hablando la idea de que existe un modelo político de gestión, orden y organización superior, al que llaman «democracia liberal». Desde mediados del siglo XIX este modelo se ha estado imponiendo a través de todo el mundo, y ha basado sus dogmas en el liberalismo como doctrina política que surge luego de la revolución francesa. Durante el siglo XX este modelo se mostró como un acérrimo enemigo del fenómeno totalitarista que surgía expresado en el fascismo, y, luego, como acérrimo enemigo del totalitarismo comunista. Esto hacia fines de siglo cambiaría con la caída de los regímenes comunistas, suceso que sería celebrado en todo el mundo como la victoria de la democracia liberal por sobre los regímenes totalitarios, a la vez que sería celebrado como la victoria de la democracia y su expresión como el modelo más perfecto creado por el hombre para organizarse en la política. A partir de este artículo vamos a examinar cada uno de estos puntos aproximándonos a una perspectiva que a nuestro juicio es la más correcta.

La trinidad ideológica de la modernidad

El liberalismo es la quintaesencia de la ideología del sistema moderno. Surge luego de la revolución francesa, y se nutre de la tradición ilustrada que le antecede. Su meteórico ascenso se instaló primero en unos pocos Estados (Inglaterra, Estados Unidos), para luego hacerse parte de la ideología dominante del sistema completo, destronando buena parte de los sistemas políticos existente en la anterioridad (aunque aún quedan reductos en una parte no menor del mundo). Desde entonces el liberalismo pasó a ser credo central de la geocultura del sistema mundial.  Su apogeo se da a partir de la segunda guerra mundial hasta más o menos los años 70 y 80 de la fecha. Desde entonces podemos decir que el liberalismo está sufriendo importantes síntomas de crisis.

Además del liberalismo, durante el siglo XIX y a raíz de la revolución francesa surgen otras dos ideologías que hasta el día de hoy siguen formando parte de la realidad política de nuestros países. Por una parte está el conservadurismo, que representa a la derecha. Y por otra parte está el socialismo, que representa a la izquierda. Desde entonces las tres ideologías han estado en lucha entre sí, y han configurado nuestras realidades políticas en formas siempre cambiante.

La revolución francesa estableció dentro del sistema dos grandes ideas que hasta antes no formaban parte del Weltanschauung, la primera de ellas era que el cambio, la innovación, la transformación, eran fenómenos normales y aceptables dentro del devenir histórico y del comportamiento social,  es decir, no eran excepciones dentro de la esfera política -o al menos, política moderna- sino que parte de lo común, por tanto inevitable ni invariable. La segunda idea establecida es que el poder no emana de Dios hacia el gobernador, sino que emana de Dios hacia el pueblo, y éste lo deposita en el gobernador, lo que ponía en graves apuros a las diferentes monarquías que ahora ya no tenían asegurada desde el plano de las ideas, y hacía posible en la teoría, cualquier manifestación política y social que limitara sus poderes, o, peor aun, que diera fin a sus dinastías. Ante esta nueva realidad social y política emergen las ideologías modernas que hacen frente a nuevas necesidades y a esta nueva situación. Cada una asume un papel y una postura diferente, donde, sin embargo, a través del tiempo deberán también tomar puntos de coincidencia.

Conservadores: Como ante todos los cambios, una de las primeras reacciones que se manifiestan entre las personas es el rechazo y reprobación de la modernidad. En este sentido Burke, Maistre y Bonald inventaron una ideología que reconocemos como «conservadurismo» la cual muestra un profundo rechazo de todo lo que generara cambio, y encuentra profundamente chocante la modernidad.  En este aspecto la ideología conservadora es sumamente reaccionaria en el sentido de que se forma en relación a una reacción para con el advenimiento de la modernidad, ante lo que su objetivo propuesto era tratar de invertir dicho proceso, o, por lo menos, detenerlo. Como programa político los conservadores sabían que debían mantener o reconquistar el poder estatal para alcanzar sus metas, que es lo que sucedió en la Europa posterior a la revolución francesa, la llamada Santa Alianza.

Liberales: El liberalismo se definió a sí mismo como opuesto al conservadurismo y base de lo que podríamos considerar como conciencia de la modernidad. Se encuentran a su vez en el centro del espectro político y creen en el progreso humano que si bien es inevitable, para alcanzarlo se requiere de un trabajo político y un esfuerzo humano. Así, la ideología liberal es la expresión de la creencia de que la historia seguía su curso natural ascendente en el que era necesario un constante reformismo en el que se considerara que el tiempo inevitablemente traería mayor felicidad a la humanidad. Es por esto que el liberalismo se encontró en un primer momento como gran enemigo del conservadurismo, pues ambos buscaban implementar proyectos diferentes.

Socialistas: El socialismo fue la última de las grandes ideologías formuladas, tardó varias décadas en concretarse en torno a un proyecto político cohesionado y claro. De hecho, hasta antes de 1848 no se pueden concebir de manera independiente del liberalismo, pues los «socialistas» se veían a sí mismos y en todas partes como los herederos y defensores de la revolución francesa, lo que los acercaba bastante a los liberales clásicos. En concreto lo que distinguía a los socialistas de los liberales era la convicción de que para lograr el progreso hacía falta lograr una aceleración del proceso y curso histórico, de ahí a que se les haga mucho más atractivo usar la palabra revolución a reforma. Es decir, el socialismo en esencia cree en las mismas ideas que el socialismo (es decir, en el cambio y en el progreso), pero difieren en los mecanismos y en el ritmo del cambio.

La trilogía ideológica, la sociedad y el Estado

La revolución francesa había planteado una nueva idea dentro de la realidad política moderna: frente al dominio absoluto del monarca se encuentra el dominio del pueblo. En este nuevo lenguaje, la importancia que estaba puesta en el pueblo como concepto dominante, debía llevar a una nueva contraposición de las ideas de cada una de las ideologías.

  1. Los liberales por una parte consideran al pueblo tomando al mismo como la suma de todos individuos quienes poseen derechos políticos económicos y culturales. En este sentido los individuos son iguales entre sí, pero esta igualdad nunca es tal, pues es imposible aplicar igualdad en cuanto derechos y deberes por igual. Pues por un lado tenemos individuos que por naturaleza no poseen esta igualdad de derechos y deberes, niños, ancianos seniles, psicóticos, criminales encarcelados, y otros individuos considerados poco aptos para asumir con esta «igualdad». Y por otra parte nuestra posibilidad por ejercer nuestros derechos puede perfectamente inhibir la posibilidad por ejercer los derechos de otras personas, y a su vez, nuestra incapacidad para ponernos de acuerdo en un tema en particular es imposible conciliar esa diferencia desde la base de «la igualdad de los derechos y deberes», de ahí a otras figuras como el «consenso».
  2. Los conservadores no toman como importancia al individuo, sino que toman como prioridad a grupos tradicionales como la Iglesia, las familias, y en sí, los órdenes tradicionales que ocupan el valor principal como «sujetos» que tienen que actuar políticamente por sobre el «individuo».
  3. Los socialistas por otro lado se negaban a dar prioridad al individuo en favor del gran grupo denominado como la totalidad del pueblo, la sociedad.

Es decir, los liberales por una parte dan prioridad al individuo, los conservadores a los grupos tradicionales, y los socialistas a los miembros de la «sociedad».

Como consecuencia de lo anterior, y en cuanto a su lectura de la sociedad y la política, la relación con el Estado también fue voluble conforme pasaron las décadas. Ante esta situación la revolución de 1948 fue fundamental al momento de cambiar su perspectiva en relación al Estado. La revolución de 1848 significó un punto de inflexión para las tres ideologías, por una parte la lógica antiestatal que poseían en común las tres ideologías fue dejada de lado, y por otra tanto el socialismo como el conservadurismo cogió buena parte del proyecto y de las ideas liberales. Vayamos por parte.

  • Conservadores: Para los conservadores los peligros de la revolución francesa no solo era su individualismo, sino también su estatismo, pues el Estado se vuelve tiránico cuando cuestiona el papel de los grupos tradicionales de la sociedad, Iglesia, familia y la corporación. Sin embargo la insurrección de 1848 le dejó en claro a los conservadores que era necesario potenciar al Estado como elemento que resguarde sus intereses y pueda evitar posibles insurrecciones como la dada en 1848. Así, el miedo a las revoluciones sociales y nacionalistas, los llevó a la necesidad de impulsar la fuerza del Estado como aparato que ordene y construya sociedades nacionales más integradas.
  • Liberales: Los liberales tampoco aceptaban la idea del Estado en la sociedad, para ellos el laissez faire era la directriz que debía ser seguida, por lo que el Estado no debía intervenir en la economía. Sin embargo esta posición siempre fue contradictoria, pues mientras defendían al individuo y sus derechos fundamentales frente al Estado, tendían a fortalecer al Estado cada vez que el Estado mismo fuera el actor garante de dichos derechos, es decir, el sufragio. La revolución de 1848 puso de manifiesto además, que su estrategia era incorrecta, y que podía peligrar cualquier lineamiento adecuado si seguía habiendo una situación tan inestable, por esta razón el liberalismo consideró que para evitar esta inestabilidad social y el peligro al orden estaba en dar ciertas concesiones a la clase trabajadora, en términos simples lo que debían hacer los liberales era distribuir un poco mejor la plusvalía.
  • Socialistas: Hasta 1848 los socialistas consideraban en la insurrección política instantánea o en el retiro a pequeñas comunidades, ejemplo de ello es el llamado «socialismo utópico» o corrientes como el ludismo o el cartismo, sin embargo luego del fracaso de la revolución del 1848 quedó claro que sin una estrategia política fuertemente centralizada en los partidos y sindicatos no se podría lograr una victoria, para lo cual era necesario alcanzar al Estado. De ahí la aparición del socialismo científico, marxismo, y su estrategia de dos pasos que significaba llegar al poder estatal por medio de diferentes mecanismos, para luego iniciar el proceso de reformas estructurales.  Esta fue la estrategia comúnmente adoptada por socialistas, socialdemócratas y comunistas.

En este sentido podemos decir que a partir de la revolución de 1848, que fue estéril en el corto plazo, pero en el largo plazo totalmente fructífera, provocó que las ideologías, teóricamente negadas al Estado, se acercaran al mismo como ente que funcionaba para sus intereses, y, además, con el pasar del siglo XIX tanto el socialismo como el conservadurismo tomaron un perfil mucho más cercano al liberalismo, el cual tenía unos objetivos políticos claros.

El liberalismo como quintaesencia del sistema

Desde 1848 el programa político liberal fue adoptado tanto por la izquierda, el socialismo, como por la derecha, el conservadurismo. Los objetivos políticos liberales son tres: i) el sufragio, ii) el Estado de bienestar y iii) la identidad nacional.  Los liberales esperaban que que una combinación de los tres objetivos apaciguara a las clases peligrosas.

El debate del sufragio duró más de un siglo, tuvo un comportamiento ascendente en el que, en la práctica, la expansión llevó a todos a poseer el derecho a votar. En un principio los hombres con propiedades, después los hombres sin propiedades, luego los jóvenes y finalmente las mujeres y las etnias excluidas (como minorías raciales o étnicas). Se pensaba que con el derecho a sufragio, las personas antes excluidas, ahora integradas al sistema política, dejarían de lado las ideas más radicales sobre la participación política y toma de decisiones colectivas.

El debate sobre el Estado de bienestar era en el fondo, un debate sobre la distribución de la plusvalía nacional. Este desarrollo también fue continuo y ascendente a nivel mundial hasta por lo menos la década de 1980 que es cuando se puso en tela de juicio la capacidad del Estado para seguir aplicando las políticas de bienestar. En esencia el Estado de bienestar significaba un salario social expresado en una serie de servicios que entregaba el Estado como derecho universal de una sociedad, estos servicios no se costeaban directamente a partir del usuario, sino que los costeaba el Estado a través de los impuestos que imponía, especialmente al empresario. El Estado de bienestar se expresaba en última instancia en servicios como la salud, educación y sistema de pensiones públicas, además de transferencia de ingresos y empleo público.  Se creía que un buen Estado de bienestar podía asegurar un nivel de equidad aceptable que evitara por una parte el descontento social, y por otra que pudiera seguir asegurando un nivel de plusvalía para el crecimiento económico.

Además de las dos reformas mencionadas anteriormente, era necesaria agregar una tercera para poder lograr los objetivos de forma completa. Para ello era necesario crear una identidad nacional. Esta reforma era altamente necesaria toda vez que, en vista de la situación social imperante durante el siglo XIX, la lectura hecha en aquel entonces diera constancia de una doble realidad dentro de los países, en la que, la identidad nacional no existe sino como un proyecto que debe concretarse. La solución entonces consistía en volver a estos países una unidad nacional, en un solo sentimiento y lealtad. Para esto el Estado era fundamental, ya que a través de la educación y las fuerzas armadas el Estado podía asegurar una lengua común, una historia común y una lealtad nacional en común.

Este paquete de tres reformas significó un ofrecimiento a las capas populares que significaba esperanza y bienestar que se vería conforme pasaba el tiempo. Significó a su vez una mejora de las condiciones de vida de las capas populares que, para los liberales, podría asumirse como una disminución de las diferencias y de las distantes naciones existentes hasta aquel entonces.

Más todavía, a partir de 1848 el programa político liberal comienza a ser adoptado tanto por conservadores (quienes tienden a girar a la izquierda, con destino al centro), como por socialistas (quienes tienden a girar hacia la derecha con destilo al centro). A partir de este fenómeno se explica que conservadores como Disraelí, Bismarck y Napoleón III hayan sido importantes actores en la construcción de las metas políticas liberales, promoviendo la construcción de, por ejemplo, el Estado de bienestar incipiente. Y también se entiende que los  socialistas  hayan pasado a convertirse en importantes voces en apoyo de las reformas liberales dentro del Congreso, y, a través de sus partidos y sindicatos ejercieron presión para poder cumplir con los objetivos del liberalismo, es decir calmar a las clases trabajadoras.

El liberalismo entre 1800 y 1900 pasó a ocupar diferentes lugares y a aunarse en diferentes estrategias. En una primera etapa, que va desde fines de la revolución francesa hasta 1848 los intereses en común llevaron a los liberales a establecer una alianza con los socialistas, alianza que tiene como raíz  el pensamiento liberal e igualitario del siglo XVIII. Hacia 1830 esta alianza comenzó a debilitarse en vista de que los intereses comenzaron a distanciarse, separación que en 1848 se hace total. Luego de este año los liberales se reconcilian con los conservadores, de manera que los liberales «moderados» se separan de los liberales «radicales» esto porque en el proceso tanto liberales como conservadores coinciden en su preocupación sobre la protección de la propiedad, esto porque a pesar de las diferencias la amenaza de una revolución los llevaba a estar unidos. La consecuencia de la alianza entre liberales y socialistas fue el surgimiento de un liberalismo socialista, y la consecuencia de la alianza de liberales y conservadores fue una suerte de liberalismo conservadores.

En otras palabras, el liberalismo pasó a mezclarse e influenciar a sus rivales, tanto izquierda socialista como derecha conservadora y la realidad política de los países del mundo paneuropeo pasó a converger en una centro derecha «liberal conservadora» y una centro izquierda «liberal socialista«. Esto explica porque con el pasar de las décadas y del siglo, los liberales como esencia autónoma e independiente comienza a desaparecer en vista de su mezcolanza tanto con socialistas como con conservadores.

Si bien el liberalismo no era antiestatista, pues en su práctica llevó al Estado a una mayor participación e importancia dentro de los países, sí es antidemocrático. El liberalismo se construye reemplazando al antiguo régimen. Ahora quienes gobiernan ya no son más los privilegiados, ya no era una nobleza hereditaria la que gobernaba, sino que se trataba del «gobierno de los mejores», en este sentido el régimen de la meritocracia es fundamental para comprender la realidad política imperante desde entonces.

La base del liberalismo no es, técnicamente, que gobierne el pueblo, sino que gobiernen los mejores, y para ello se proponen una serie de mecanismos para asegurar que los mejores sean siempre los que gobiernan. El principal mecanismo propuesto por el liberalismo es el régimen de la partidocracia.

Es decir, serían los partidos políticos los que decidirían quienes se postularían para los cargos políticos. De esta forma, por más que sea el pueblo quien elija, el filtro en última instancia lo ponen los partidos. Estos partidos deben ser diferentes y deben proponer proyectos políticos diferentes, pero la realidad del sistema los lleva a ser funcionales a los intereses del liberalismo. Esto porque el régimen de la partidocracia sobrevive siempre y cuando tenga intereses en común con el gran capital, de tal forma que el financiamiento de estos proviene de los grandes capitales. Así, empresarios y banqueros se aseguran de tener fuertes alianzas con quienes gobiernan. El liberalismo fue propuesto como ideología justamente para impedir que el «gobierno de todos» llegara al poder, de ahí el régimen de la partidocracia que es tan eficaz al momento de filtrar a los candidatos que pueden llegar al poder, pues, si existe un partido político con demandas poco accesibles a los ojos de las élites, ese partido está destinado a disolverse, a desaparecer, a tener una vida testimonial o a tener que sumarse a un bloque mayor donde sus puntos desaparecerán irremediablemente.

El liberalismo durante el siglo XX

Una vez configurada la política en el mundo paneuropeo la situación en el resto del mundo aún era incierta. Había lugares donde los regímenes absolutos eran realidad, había otros donde el desarrollo liberal no estaba al nivel de Europa, así como había otras regiones sumidas en caudillismos y fenómenos similares en los que el Estado no era un actor central como debía ser.

Luego de la primera guerra mundial se comenzaron a manifestar por todo el tercer mundo (Asia, Oriente medio, África y América Latina) diferentes movimientos sociales y nacionales en múltiples formas y con diferentes grados de éxito. Las revoluciones que se dan en México, China, Irlanda, Turquía, la India, los Balcanes, Persia, Afganistán, son muestra de que hacía su aparición una nueva clase que hacía peligrar la situación, ahora ya no a nivel nacional sino que internacional. Ante esta realidad, los grandes líderes que promovieron el liberalismo a nivel internacional debieron de, como hacía más o menos 100 años había sucedido, realizar una serie de concesiones.

Principalmente dos fueron las concesiones que los Estados centrales dieron al tercer mundo. La primera de ella era la autodeterminación de las naciones propuesta por el presidente norteamericano Woodrow Wilson, la misma garantizaba un grado de libertad y autonomía de las naciones  y países siempre que no se salieran del margen permitido dentro del sistema (esto es, la acumulación económica capitalista y funcional a Estados Unidos, de ahí a la justificación de diferentes intervenciones en el tercer mundo). La segunda de ella era el desarrollo económico de las naciones subdesarrolladas que significaba un constante apoyo económico y político hacia las naciones más pobres con tal de superar los problemas relacionados a la pobreza y la marginalidad. Esta segunda propuesta fue llevada a cabo por Roosvelt, Truman y Kennedy, y para el caso de América Latina se manifiesta en la «Alianza para el Progreso» que buscó a toda costa evitar una segunda Cuba en la región.

Además, la emergencia de un bloque socialista en el otro lado del mundo no puso en riesgo al liberalismo, porque así como el liberalismo logró hacer del socialismo, un socialismo liberal a nivel de ideología, en términos internacionales la situación fue similar. El socialismo leninista propuso al tercer mundo concesiones similares. Por una parte propuso la lucha antiimperialista que no es más que otra cara de la moneda, la versión «marxista» de la autodeterminación de las naciones, esta vez propuesta por Lenin, y por otra la construcción del socialismo la otra cara del desarrollo económico de las naciones subdesarrolladas, implementado principalmente por Stalin y Jruschov. Es decir, lo que vemos durante el siglo XX es un tándem entre el liberalismo y el marxismo-leninismo, mientras por una parte se refleja en la figura de Wilson contrastada con la de Lenin, por otra se refleja en la figura de Roosvelt y Truman contrastada con la de Stalin y Jruschov.

De esta forma, iniciada la guerra fría el liberalismo estaría ganando hegemonía en el mundo, y, a pesar del bloque socialista teóricamente enemigo del socialismo, aseguraba en la realidad su existencia.

Como síntesis, esta realidad política dominante a nivel mundial determinó que las premisas básicas en el mundo y que todos debieron cumplir fueran:

  1. Tanto el socialismo como el liberalismo defendía la autodeterminación de las naciones.
  2. Tanto el socialismo como el liberalismo abogaba por el desarrollo económico de todos los Estados. Es decir, urbanización, industrialización, prosperidad y crecimiento.
  3. Tanto el socialismo como el liberalismo afirmaban su creencia en valores universales aplicables a todos los pueblos por igual (como la igualdad).
  4.  Tanto el socialismo como el liberalismo basaba su fe en la ciencia como conocimiento válido para lograr un desarrollo tecnológico y económico.
  5. Tanto el socialismo como el liberalismo afirmaba que el progreso humano era inevitable como deseable, para lo cual, debían existir Estados centralizados, fuertes y estables.
  6. Tanto el socialismo como el liberalismo defendían la idea de la democracia (o gobierno del pueblo) como creencia, pero siempre y cuando los expertos estuvieran al mando.

La realidad del liberalismo en la actualidad

Hay muchos cientistas políticos e historiadores, además de otros cientistas sociales, que piensan que el liberalismo como ideología central del sistema está perdiendo validez y está entrando en crisis.

Si tomamos en consideración lo desarrollado anteriormente, y decimos que la construcción de los socialismos fue, en buena medida, funcional al liberalismo, podemos decir entonces que la caída del socialismo no fue una victoria del liberalismo, sino que una derrota. Ya que la mitad del planeta entró en un caos del cual no ha habido un balance positivo, y en una parte importante de este planeta han surgido tendencias políticas que amenazan seriamente los avances del liberalismo. El fundamentalismo islámico por ejemplo, no encaja en la Weltanshauung que ha gobernado el mundo a través de los regímenes liberales y marxistas, y el ejemplo de Irán es preciso para este tema, ya que la revolución encabezada por Jomeini ha denunciado al sistema moderno, tanto a Estados Unidos como la URSS, y se ha mostrado completamente contrario a los valores heredados de la ilustración.

En el mundo occidental la abstención es el gran fantasma que recorre los países, se ha visto un incremento en el nivel de abstención en diferentes países, lo cual es un problema si consideramos que un alto grado de abstención es, técnicamente, un alto grado de desaprobación al régimen político imperante. Y, un alto grado de desaprobación a los valores políticos existentes.

Es la consecuencia del sistema liberal, que no es democrático, que no existe para darle el poder al pueblo, sino que existe para evitar -bajo una variable ilustrada y moderna- que el pueblo, la sociedad, la gente, la nación se apodere del poder en contra de los intereses y las aspiraciones resguardados. 

Como última idea se afirma que en vista del desmoronamiento continuo de los pilares esenciales del liberalismo (como, el Estado de bienestar), se puede pensar que el régimen mismo vaya a vivir en un futuro un cambio abrupto en su consistencia, o incluso, que pueda ser superado absolutamente. El hecho de que en buena parte del mundo musulmán esté girando de manera importante alejándose del liberalismo a través de revueltas, rebeliones y revoluciones no es un tema menor, especialmente si consideramos que representa a cerca de un sexto de la población mundial.



Categorías:Historia, Política

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